El Partido Reformista (PR) ocupó la presidencia durante 22 años, siendo una de las organizaciones dominantes en el sistema político dominicano. Treinta años después de su última gestión gubernamental, su principal apuesta para recuperar la visibilidad política y mejorar su posición electoral consiste en acercarse al universo de los influencers. Pocas imágenes resumen mejor los profundos cambios experimentados por la sociedad dominicana.

La República Dominicana de las décadas de 1960 y 1970 era un país predominantemente rural, articulado por fuertes vínculos comunitarios, familias tradicionales y una marcada cultura de respeto a la autoridad. La radio era el principal medio de comunicación, el analfabetismo seguía siendo elevado y las lealtades personales y partidarias estructuraban la vida política. En ese contexto, el liderazgo fuerte y el contacto directo entre dirigentes y ciudadanos eran determinantes.

Tras la caída de la dictadura de Trujillo, el país atravesó una profunda crisis política que tuvo su punto más alto con la Guerra de Abril de 1965 y la intervención militar estadounidense. En ese escenario llegó al poder, en 1966, el entonces Partido Reformista (PR), convertido en el instrumento político de Joaquín Balaguer para estabilizar el sistema político y reconstruir la hegemonía de los sectores conservadores.

El reformismo logró articular a la mayoría rural, a sectores marginados urbanos y a la burocracia estatal, implementando un régimen autoritario. El PR se convirtió en el principal canal de articulación entre el Estado y la sociedad, sustentado en la figura indiscutible de Balaguer.

Sin embargo, durante los llamados Doce Años comenzaron a producirse transformaciones que terminarían debilitando esa hegemonía. Los grupos económicos consolidaron nuevos espacios de poder, la oposición fortaleció su capacidad organizativa y el contexto internacional favoreció procesos electorales más competitivos. Todo ello permitió la victoria del PRD en 1978 y el paso del reformismo a la oposición, aunque conservó una importante presencia en el Congreso y en los gobiernos municipales.

Lejos de desaparecer, el partido aprovechó esos ocho años para reorganizarse bajo el liderazgo de Balaguer. En 1984 se fusionó con el Partido Revolucionario Social Cristiano y adoptó el nombre de Partido Reformista Social Cristiano (PRSC). El desgaste de los gobiernos perredeístas, la crisis económica y el descontento social facilitaron su regreso al poder en 1986.

No obstante, el país ya no era el mismo. La economía basada en la agricultura y la sustitución de importaciones cedía paso a un modelo sustentado en los servicios, el turismo y las zonas francas. La urbanización se aceleraba, aumentaba la emigración, surgían nuevos sectores medios y se modificaban las relaciones sociales y políticas. Mientras el PRSC seguía gobernando, la sociedad que había hecho posible la hegemonía del balaguerismo comenzaba a desaparecer.

Aunque Balaguer conservaba una importante base de apoyo entre campesinos y sectores marginados urbanos, el desgaste de su liderazgo era evidente. Incluso instituciones tradicionalmente cercanas al balaguerismo, como las Fuerzas Armadas, experimentaron cambios generacionales y culturales que reducían la influencia del viejo liderazgo, como evidencia José Miguel Soto Jiménez en Los muchachos de la democracia.

La crisis electoral de 1994 y la reforma constitucional que impidió una nueva candidatura de Balaguer marcaron el inicio del declive definitivo del reformismo como partido de poder. El Frente Patriótico, la victoria de Leonel Fernández en 1996 y la llegada del PLD al gobierno no solo representaron una alternancia política, sino el surgimiento de una nueva correlación de fuerzas en una sociedad cada vez más urbana, educada y menos vinculada a las lealtades tradicionales.

Entre 1996 y 2002 ocurrió el proceso más trascendental para el futuro del PRSC. Las sucesivas derrotas electorales, la ausencia de un mecanismo de sucesión y, finalmente y la muerte de Balaguer privaron al PRSC del liderazgo que articulaba las fuerzas sociales que le daban sustento. A ello se sumaron las divisiones internas, el transfuguismo y su transformación en un partido bisagra.

En el centro de esta involución se desarrolló un fenómeno poco estudiado, el cual pudiera dividirse en dos partes interrelacionadas. La primera fue el trasvase, concepto desarrollado por Manuel Salazar para describir la transferencia gradual de las fuerzas sociales y políticas que históricamente habían respaldado al reformismo hacia el PLD.

El segundo aspecto fue el transformismo, en el sentido planteado por Antonio Gramsci. Mientras absorbía dirigentes y bases reformistas, el PLD abandonó progresivamente buena parte de su identidad de centroizquierda y asumió posiciones cada vez más pragmáticas y conservadoras para garantizar su permanencia en el poder. Así, el reformismo perdió no solo su liderazgo político, sino también gran parte del espacio social que había representado durante décadas.

Como resultado de ese doble proceso, el PRSC dejó de ser uno de los partidos determinantes del sistema político dominicano y pasó a desempeñar un papel secundario, dependiente de alianzas electorales para preservar su representación institucional.

Es en este contexto donde debe entenderse su actual estrategia de acercamiento a figuras mediáticas o influencers con amplia presencia en las redes sociales. Más que una decisión coyuntural, constituye la incapacidad para superar sus limitaciones y el reconocimiento implícito de que la sociedad dominicana ha cambiado profundamente. Las viejas lealtades partidarias han cedido espacio al individualismo, al clientelismo, a la fragmentación social y a una comunicación dominada por plataformas digitales, donde la imagen suele imponerse al debate de ideas y los algoritmos condicionan cada vez más la formación de la opinión pública.

El PRSC probablemente sea el primero, pero difícilmente será el último partido tradicional que intente adaptarse a esta sociedad del espectáculo.

La trayectoria del PRSC demuestra que los partidos pierden protagonismo cuando la sociedad que les dio origen se transforma y son incapaces de construir una nueva identidad que interprete los cambios históricos. Entre Balaguer y Alofoke no solo median dos figuras públicas opuestas, sino también dos formas distintas de hacer política y dos sociedades profundamente diferentes. Comprender esa transición es, quizá, la mejor manera de entender no solo la historia reciente del PRSC, sino también uno de los caminos hacia donde pudiera dirigirse el sistema político dominicano.

Luis Salazar

Luis Salazar es analista e investigador social. Sus trabajos abordan los procesos de transformación de la sociedad dominicana, el sistema de partidos, los liderazgos políticos y los movimientos sociales. Actualmente es dirigente de Alianza País.

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