¿Se habrán preguntado por qué Trump nos mantiene en vilo con sus ataques a sus rivales políticos, a los países, a la ciudanía, a diestra y siniestra, a todo el mundo? ¿Y por qué, además de acaparar todos los micrófonos y cámaras de los medios tradicionales, postea en las redes sociales como más de veinte veces al día? Además de satisfacer su éxtasis de comunicación, lo hace para perpetuar el mito de su liderazgo. Aunque es un hombre inseguro, se proyecta como un individuo lleno de resistencia a física, astucia y habilidad en todo tipo de combate, las cualidades más valoradas o temidas por el público espectador.
Trump no es el único que lo hace y la hostilidad performativa o textual tampoco es el único medio. Hay otros tipos de individuos que, igual, deliran por hacerse seguir y existen otros modos de conseguir seguidores, más sutiles que los de Trump. Igual, con o sin el morbo de un Trump, estos hijos distinguidos de la nación, premiados, elegidos de Dios, prometen ser la columna vertebral de la seguridad y el sistema social.
Unos días después que se hicieron públicas las denuncias de corrupción y malversación de fondos (más de 15 mil millones de pesos) en el Seguro Nacional de Salud de República Dominicana (SeNaSa), recibí unas capturas de pantallas, enviadas por un lector mío, un simpático dominicano que se encuentra en la diáspora. Las fotos contenían la interacción en las redes sociales entre Santiago Hazim y Luis Abinader durante un par de años.
En estas, se juraban admiración y cariño de amistad. En un twit del 11 de diciembre de 2016, el presidente Abinader posteó “gracias mi hermano @santiagohazim, su compañera de vida Maribel, @sectorexternoLA, y cada división. Son ejemplo de divinidad. Continuamos [puntualizado con un emoji de la bandera dominicana].” En un twit del 6 de julio de 2020, Hazim expresó “nos sentimos orgullosos de nuestro aporte para que la República Dominicana tenga un mejor futuro. Misión cumplida Presidente.”
Al día siguiente, Abinader respondió: “Muchas gracias Chago y a todos los hombres y mujeres del sector externo por su dedicación y esfuerzo a favor del Cambio. Ganamos todos. Ahora nos toca trabajar unidos.” Los líderes, uno del estado y el otro de la sociedad civil, hacían manifiesto su liderazgo cariñosamente. No sé ustedes, pero a mí, este diálogo teatral tras hacerme reír me incita a deplorar el orden político y el mito del liderazgo.
Casi todo en nuestro entorno social parece señalar que lo político es ineludible. La vida humana es sólo posible gracias al esfuerzo de organización de la relación de las cosas y de las personas dentro de algún tipo de sociedad. De ese esfuerzo por vivir emerge un sinnúmero de conflictos ligados al establecimiento, la legitimación o rechazo de un orden o autoridad específica. La historia humana reciente sugiere que no hay otro modo de organización y que sólo los individuos excepcionales son capaces de asegurar el mejor orden. Sin embargo, ¿qué tal si sólo se trata de un mito, el mito del liderazgo?
El mito del liderazgo es la idea problemática, criticada por el analista afroestadounidense Cedric J. Robinson, de que el liderazgo asegura el orden político que, a su vez, asegura el orden social. Se trata de una creencia que es, no sólo fruto de la sociedad neoliberal moderna, sino también un producto de la tradición occidental de la filosofía política que surgió y racionalizó la sociedad de mercado.
El mito del liderazgo reduce la experiencia de la vida a crisis perpetuas que solo pueden resolver los individuos autorizados a decidir por los demás. Estos individuos son considerados o seleccionados como los más capaces, los más excepcionales, física e intelectualmente para intervenir y decidir todos los detalles de las reacciones ante dichas crisis y las situaciones o relaciones que resultan de sus decisiones. Los seguidores, por supuesto, hacen lo que los líderes mandan, sin cuestionar ni imaginar otras posibilidades.
Lo que no siempre es tan obvio, como explica Robinson en la página 44 de su extraordinario libro The terms of order, es que el liderazgo político determina estas relaciones mediante los instrumentos de coacción, violencia, dominación, la usurpación y control efectivos de la información y la comunicación. Esta última consideración explica tanto de lo que estamos viviendo ahora mismo alrededor del mundo. Todo este sufrimiento y destrucción es resultado de la competencia económica y de la violencia con la cual se articula.
Por impulso, nosotros los intelectuales acudimos a nuestros libros para lograr una mejor compresión o buscar algo de alivio o esperanza. Yo, por ejemplo, estos días ando orando con los poemas de José Marti a mano, pero el amor al libro y a las finas sensibilidades no basta.
Francamente, la propia cultura del saber juega un papel fundamental en la creación del mito del liderazgo. En muchos casos, tiende a proponer la posesión de libros como la solución al problema de la desigualdad. La dinámica de nuestros problemas está mal identificada, sus soluciones o alternativas mal informadas. Por lo tanto, es un paso adelante reconocer que, como insiste Robinson, “contrario a la apariencia, la cultura del saber es fundamentalmente inestable [y] que aún no ha formado en ningún texto una constelación mundial que quizá sea la base del desarrollo humano general.”
Y si los mitos y el mitologizar son ineludibles, debido a la estrechez del cerebro humano, regresemos aquellos mitos que hacían reverdecer al mundo y llenaban los cielos con los pájaros, regenerando la vida para la mayor parte de los seres vivientes, sin necesidad de un ser todopoderoso.
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