El depredador sexual absuelto por la sociedad, sin que al menos exista un juicio moral que implique una acción justa y reparadora para las víctimas, lo empodera y legitima.

La victimización a la que están expuestas las mujeres no siempre ocurre de manera expresa, sino a través de un proceso que pone en marcha la articulación de una serie de estrategias silenciadoras que las acallan por años. Es gradual, confusa e intimidante.

El victimario ejercerá la violencia o abuso sexual, no tan solo tomando en cuenta el grado de vulnerabilidad de la víctima, sino que tiene la capacidad de preparar el escenario para ganar confianza, crear espacios de cercanía y aparentar ser buena persona, lo que bloquea la posibilidad de darse cuenta de que se trata de una situación abusiva. Incluso, el acosador le hace creer a través de ciertos comentarios, toques y exigencias de sus comportamientos sexualizados que se trata de algo inocuo y sin intención de dañar, que no se lo tome en serio.

Mediante una serie de comentarios e intimidaciones el acosador sexual suele atribuir la responsabilidad a la mujer haciéndola sentir culpable de una situación en la que realmente es víctima. Parte de su modus operandi es crear confusión y desasosiego para que ella no pueda nombrar lo que le sucede, como una situación abusiva. La mujer puede tardar años en reconocerlo, dado que la narrativa del victimario es ejercer el poder y el control silenciándola.

Cuando la mujer reconoce lo que ocurre, teme que todos sus intentos por defenderse y salir de esa situación temen no serán creíbles y que las enjuiciarán socialmente, por lo que tiende a callar y abandonar todos los esfuerzos de salir del control de la persona hasta que un día reacciona, siente rabia por lo que ha sufrid, trata de visibilizar lo sucedido y decide denunciar.

En el caso de que la persona implicada cuente con poder social, político o económico y goce de credibilidad, se siente segura y tranquila de que nada le ocurrirá, de que está por encima de la ley, puede controlar todo y desvirtuar la intencionalidad de la víctima de ser creída y de que el sistema judicial la apoye y se haga justicia por el daño sufrido.

Pero, como hemos visto, si el hombre goza de fama y fortuna, es más que suficiente para que todos los comentarios se enfoquen en contra de la víctima alegando que “inventa historias” y “que quiere aprovechase y obtener beneficios económicos”.

Sin embargo, se refieren al denunciado como una persona con cualidades excepcionales, incapaz de comportarse de esa manera, y alegan que se trata de alguien cuyo trato con los demás es exquisito y humano, sin darse cuenta de que el depredador sexual sabe cómo esconderse, ocultar lo que hace y elegir a quien acosa porque cree que contará con el silencio para siempre.

Cuando estalla la situación y se evidencian los abusos, aparecen los agitadores que favorecen al abusador tratando de desviar la atención y dirigirse a la víctima con comentarios degradantes y culpabilizadores. En contraposición, el victimario es exaltado como persona correcta, de moral incuestionable y de gran calidad humana. Se asume el “no veo que no veo”.

Otras acciones revictimizantes son atacar, devaluar y distorsionar la narrativa de los hechos evidenciados por la víctima.

Y todavía se preguntan: ¿por qué se retractan las mujeres? ¿Por qué no continúan con el proceso judicial?

La respuesta es que, si el contexto social las reprime, culpabiliza y denigra, también las invisibiliza y acalla.

Soraya Lara Caba

Psicóloga

Psicóloga Terapeuta Familiar PhD en Salud, Psicología y Psiquiatría. Centro de Asistencia Familiar Presidenta PACAM

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