"La política se hace con la cabeza, pero en modo alguno solamente con la cabeza". M. Weber

Recientemente el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) dio a conocer el informe sobre Democracia y Desarrollo 2026 en América Latina y el Caribe. El documento escrito por varios autores, coincide en señalar que la democracia de la región está bajo presión.

De forma general, el informe identifica cuatro variables en el actual escenario político que están ejerciendo presión en la democracia de América Latina y el Caribe: la primera, el contexto geopolítico regional dominado por la política autoritaria del gobierno de Donald Trump; segunda, la que viene de la revolución de la tecnología de la comunicación, la inteligencia artificial, las plataformas digitales, los influencers y el tribalismo mediático en la opinión pública; tercera, la falta de desarrollo humano y la desigualdad social; y la cuarta, la creciente desconfianza en las instituciones políticas convencionales como el Estado y los partidos.

Por tanto nuestro objetivo, en este contexto de auge de autoritarismo y presión a la democracia de la región, es destacar la variable de la polarización cultural que, de forma diferenciada por países y grupos sociales, está afectando los partidos, líderes, ideologías, y la esfera civil de la opinión pública, las iglesias, las asociaciones, los movimientos sociales y las preferencias políticas de los ciudadanos en general.

La política y la construcción de sentido

Por tanto, lo primero que nos interesa destacar es que la política no se reduce a una lucha por intereses materiales. Desde una perspectiva realista –weberiana- la política moderna puede entenderse como una acción racional, consciente e intencional de los ciudadanos en búsqueda de poder para participar en la administración y el control de las instituciones públicas del Estado. De ahí que la política sea un campo de lucha de intereses materiales: poder, dinero, puesto público, un espacio de competencia y antagonismo por el control del poder político.

Sin embargo, la política moderna o posmoderna –como prefieren llamarla algunos- no se puede reducir exclusivamente a intereses materiales, sino que también es una lucha por la construcción de sentido. La política se hace con la cabeza, pero también con valores, pasión y el corazón. Ya lo decía Gramsci hace bastante tiempo atrás: la política es también una lucha por la hegemonía cultural.

Las luchas por la fidelidad de los ciudadanos a la causa del partido, del líder o del proyecto electoral no es solo una cuestión racional e instrumental sino también de comunicación cultural: se trata de construir un discurso, un relato, un enemigo y una acción política que tenga la capacidad de conectar con los valores, creencias, miedos y deseos que afectan, de forma diferenciada, a los ciudadanos en general —trabajadores, precariados, clase media, jóvenes, mujeres, religiosos, para fortalecer la institución o el proyecto político.

De manera que los conflictos políticos, son también una expresión de la polarización cultural que se expresa en las sociedades. Los discursos ideológicos incorporan relatos, mitos, imaginarios, valores y utopías que hacen posible la construcción de sentido en la comunidad de seguidores y la producción y reproducción del poder político.

La función binaria del discurso político-ideológico

Desde la perspectiva de la sociología cultural, el discurso político-ideológico se funda en una temporalidad binaria, articulada en dos movimientos complementarios. Por un lado, se construye un diagnóstico catastrófico -el derrumbe, el ocaso- del presente, apoyado en un mito de los buenos tiempos del pasado: la igualdad del comunismo primitivo, la libertad y el progreso del libre mercado, la pureza y grandeza de la nación, la deliberación racional, la integración familiar y la buena costumbre de la tradición.

Por otro lado, ese diagnóstico se proyecta hacia una utopía y un final feliz en el futuro donde todos los seres humanos seremos libres e iguales, donde habrá progreso y prosperidad de la nación, el fortalecimiento de los valores religiosos y familiares y el retorno de la seguridad de los ciudadanos. En el discurso político, los relatos del presente, el pasado mítico y futuro utópico, funciona en conjunto como mecanismo binario de polarización e integración cultural.

Ahora bien, es preciso reconocer que resulta normal y hasta necesario tener preferencias ideológicas, creencias normativas, ideales y utopías en la medida que funcionan como orientación de sentido. Por demás, pensamos, hablamos y actuamos a partir de nuestros valores, creencias e ideologías. Nadie escapa a la influencia cultural de su época. El problema comienza cuando a partir de mis ideas, creencias y valores particulares, nos atribuimos el derecho de imponérselos a los demás mediante el poder de las leyes o la fuerza militar, presentándolos como valores universales.

La polarización cultural en América Latina

En ese sentido, debemos tener claro que la polarización cultural en América Latina es el resultado de los grandes conflictos, antagonismos e incertidumbres creadas por los cambios sociales: como son los procesos de globalización y la llamada perdida de autonomía de las naciones, los movimientos migratorios y el resurgimiento de los movimientos nacionalistas, la revolución de la tecnología de la comunicación y el auge del tribalismo mediático, la caída del muro de Berlín y la crisis de la ideología socialista, los déficits del proceso de democratización y la falta de confianza en las instituciones políticas, el apogeo del individualismo utilitario -del sálvese quien pueda- y la búsqueda de seguridad en el comunitarismo.

A partir de estas grandes transformaciones ocurridas en los países de la región desde la década de 1980-90, se ha configurado una polarización cultural entre discursos ideológicos —neoliberales frente a neopopulistas, progresistas frente a conservadores, nacionalistas frente a globalistas, individualistas libertarios frente a comunitaristas igualitarios, la ultraderecha contra los comunistas —que impacta la cultura cívica de los ciudadanos y ejerce presión en la democracia de América Latina.

Esta polarización cultural se expresa de manera concreta en la fractura del debate público en distintos países de la región. En Brasil, se manifiesta en el enfrentamiento entre proyectos de nación antagónicos que han desbordado el terreno electoral para instalarse en el de los valores familiares y religiosos. En Argentina, la disputa entre el liberalismo libertario y el estatismo popular redefine el papel del mercado y del Estado. En El Salvador, el discurso de la seguridad ciudadana redefine el lenguaje de los derechos humanos. Y, recientemente en Colombia, el discurso de la ultraderecha ha polarizado a la sociedad no entre clases sociales, hombres o mujeres, élite y pueblo, sino entre "democráticos" y las amenazas de los "comunistas".

En todos estos casos, la pugna por el poder, por el voto, y la seducción de los ciudadanos no solo se expresa como una lucha estructural por intereses materiales: poder, dinero, sino también como un conflicto cultural por la construcción del sentido de la justicia social, la pureza de la nación, la preservación de la religión, la integración familiar y la libertad, prosperidad y seguridad de los ciudadanos.

Por ello, la polarización cultural en América Latina y el Caribe no debe entenderse como un fenómeno paralelo a la presión que ejerce la geopolítica del trumpismo, la revolución de la comunicación, la falta de desarrollo humano y la desconfianza institucional como destaca el informe del PNUD, sino como una variable con influencia recíproca en la democracia latinoamericana.

Wilson Castillo

Sociólogo, profesor.

Wilson Castillo es un sociólogo dominicano, investigador y docente universitario, reconocido por sus aportes al estudio de la sociedad dominicana, particularmente en las áreas de teoría social, sociología política, cultural y, su impacto en la juventud dominicana. Es egresado de la Escuela de Sociología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), institución en la que también ha desarrollado una destacada trayectoria como profesor e investigador.

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