El periodista, en cualquier contexto epocal, estaría llamado a jugar una labor orientara, investigativa, educativa e informativa. La misma habría de ser dignificante, auténtica y de gran calidad, siempre y cuando se corresponda con la moral y la ética periodística, la cual, como es bien sabido, establece normas, derechos y deberes esenciales que regulan el ejercicio de la profesión de periodista en el seno de la vida social.
El periodista, sin importar su especialidad y radio de acción, nunca mentiría y respetaría los preceptos, pautas y directrices de la ética profesional.
Rafael Núñez Grassals, considera necesario, entre otros, el siguiente mandato de la ética periodística:
“El periodista debe de abstenerse de toda actuación profesional deshonesta, como el plagio, la difusión de noticia falsa, los escritos tendenciosos; y protegerá la honra de las personas, evitando servir información calumniosa, injuriosa o difamatoria”.
Como se puede apreciar, ese mandato, especie imperativo categórico, guía y orienta la práctica del periodística.
De su lado, el Código Internacional de Ética periodística de la UNESCO establece, entre otras cosas no menos importantes, que
“El verdadero periodista defiende los valores universales del humanismo, en particular de la paz, la democracia, los derechos del hombre, el progreso social y la liberación, y respetando el carácter distintivo, el valor y la dignidad de cada cultura (…)”.
Se podría decir, con sobrada razón, que el cumplimiento radical de tales obligaciones es fundamental para desarrollar una labor periodística de elevada calidad moral, que garantice el respeto a la verdad, la dignidad y libertad de expresión en circunstancias engorrosas o de relativa calma.
Además de lo anterior, sería justo decir, que la Federación Internacional de periodistas adoptó en su 30 Congreso Mundial, celebrado en Túnez el 12 de junio del 2019, la Carta Mundial de la Ética para periodista, en la cual figuran normas y deberes del periodista, como por ejemplo:
“Respetar la verdad de los hechos y el derecho del público a conocerla constituye el deber primordial del periodista”.
Esos y otros deberes son vitales para la realización de una correcta labor periodística, ya sea en el espacio- tiempo de una sociedad democrática o de un régimen dictatorial. Y no podría ser de otro modo, porque el periodista tendría que respetar al pie de la letra los principios, normas y presupuestos teóricos del Código de Ética de su profesión.
Escritores relevantes que dejaron su impronta en el prestigioso ámbito del periodismo estuvieron de acuerdo con el quehacer periodístico objetivo y, a la vez, respetuoso de los derechos universales.
En tal sentido, cabría mencionar solamente algunos de ellos: José Saramago, quien consideró que el periodista debería cultivar, ante todo, la reflexión dubitativa y no aceptar nada ciegamente; Fiador Dostoyevski; José Donoso; Truman Capote; Ernest Hemingway; Freddy Gatón Arce; César Nicolás Penson; José Ortega y Gasset; Alfonso Reyes; Oriana Fallaci; Pedro Henríquez Ureña y Arturo Pérez-Reverte, entre otros.
Al igual que ellos, Camilo José Cela creyó en el periodismo de gran calidad moral y profesional. Por eso, consideró necesario que el periodista, en todo momento, debería “decir la verdad anteponiendo a cualquier consideración y recordando siempre que la mentira no es noticia y, aunque por tal fuera tomada, no es rentable”.
Albert Camus acarició la creencia, por decirlo de algún modo, de que el periodista es un intelectual con ideas propias y el deber moral de expresar la verdad; mientras que Elena Poniatowska, sin contradecirlo, entiende que el periodismo habría de ser crítico, ético y comprometido..
La talentosa escritora Harriet Martineau, relegada, injustamente, al silencio y el olvido, abrazó, digamos, con ardiente pasión, el periodismo, el cual, ciertamente, habría de darle disciplina y experiencia escritural indispensable para que pudiese producir, sin el fácil impulso de la espontaneidad, cerca de 50 obras y enorme cantidad de artículos periodísticos.
Con su estilo ágil, sobrio, impecable y fluido, revolucionó la forma de hacer periodismo en el contexto de la Inglaterra victoriana del siglo X1X.
Cabría recordar que Martineau, además de buena periodista y brillante escritora, fue filósofa, economista, feminista y madre de la sociología, que supo denunciar, sin temor ni temblor, los males de la sociedad donde vivió.
Mario Vargas Llosa, conocedor del pensamiento de Martineau, expresaría en una ocasión, digna de recordación que: "después de la literatura, no hay actividad o profesión más apasionante que el periodismo. Ninguna que haga vivir tanto la vida como una permanente aventura, que exponga a quien lo práctica a tantas experiencias sobre la condición humana”.
Gabriel García Márquez, autor de la obra maestra “Cien años de soledad, dijo alguna vez que “el periodismo es el mejor oficio del mundo”.
Desde su sabio punto de mira, reflexionó la significación del periodismo y , a la vez, diría, con deslumbrante claridad seductora: “El periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad. Nadie que no la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las improvisaciones de la vida. Nadie que no la haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el órgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso”.
Esa importante valoración del creador de “Crónica de una muerte anunciada” es, por así decirlo, testimonio fehaciente de su profunda devoción pasional por el periodismo, el cual, además de diversos principios, exige, como condición eneludible, dominio claro y preciso de las palabras, cuya fuerza significativa, afectaría las emociones, al tiempo que dejaría recordaciones indelebles en la memoria de los lectores.
El periodista es, sin más, verdadero artífice de la palabra. Con reposada calma, estudia profundamente sus significaciones, sonidos y matices. Esa y no otra sería la razón fundamental por la cual lograría el dominio pleno del buen decir.
De ahí que escriba con elegancia y corrección, sin sofismas, ni trivialidades contrapuestas a la verdad de los hechos, preceptos, principio y nociones de la ética periodística.
Sin pero que valga, el periodista auténtico y responsable utiliza la palabra no para mentir, engañar y desinformar, sino más bien orientar, informar e instruir. De no ser así, se hundiría, quizás para siempre, en el marasmo de la posverdad, la inmoralidad y la incerteza.
Se podría decir, con toda seguridad, que el periodista genuino y veraz, no es pusilánime, ni mucho menos comulga con la delación, ni la conciencia distraída en los cánticos agoreros del egoísmo, la lujuria y la impudicia.
En definitiva, el periodista, conocedor de su oficio y deberes, es dueño de sí; domina las palabras; sirve a la sociedad y respeta, sobre todo, con sagrada rectitud, el Código de Ética periodística que habría de regular todo cuanto hace y piensa dentro del entramado social en que vive, piensa y valora los hechos del diario vivir.
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