En el evangelio de Mateo 23,9 Jesús le dice a sus discípulos: ´´Y no llamen padre a nadie en la tierra, porque uno solo es su padre: el del cielo´´, con esto Jesús previene a sus discípulos ante la actitud del grupo fariseo tradicionalista, que se cree tan conocedor de las cosas de Dios, que los demás son unos ignorantes, y deben escucharles a ellos, como padres que enseñan a sus hijos, además de la soberbia que en esos momentos entrañaba la categorización del sustantivo ´´padre´´.  En nuestra Iglesia Católica llamamos Padre a esos que el Señor ha puesto en nuestro camino para guiarnos  en los entramados de la fe. Así fue como en Licey y Las Palomas de Santiago, llamaban al hoy fallecido Mons. Jesús María de Jesús Moya, Obispo Emérito de la Diócesis de San Francisco de Macoris: Padre Moya. No hablaré de sus datos biográficos y pastorales, pues de eso ya se ha oído bastante, sino de esa época de su vida sacerdotal, en la que desde el Seminario San Pio X acompañaba la vida pastoral de las mencionadas comunidades, ganándose el aprecio y el respeto de todo mundo. Vestía siempre de traje clerical, con unas eucaristías que encantaban a todos, pues no era muy extenso en sus homilías, pero siempre bien profundo y pastoral. Le encantaba el Platano de denominación musa, al cual los campesinos nuestros llaman ´´Rulo´´; recuerdo que mi abuelo tenía unas cuantas matas en sus tierras, y no permitía que nadie las tocases, pues nos decía, que esos ´´Rulos´´ eran para el Padre Moya.

Fue un hombre que supo ser amigo, en todo el sentido que dicha palabra conlleva. Solidario con quien le necesitase y requiriese, sostenedor de muchas familias y jóvenes que requirieron su ayuda en ciertos momentos de sus vidas.

En sus años de trabajo en el Seminario, Mons. Diómedes Espinal, Obispo de Mao-Montecristi, nos hablaba de la rectitud y el sentido de disciplina que le caracterizó como Prefecto de Disciplina y algunas anécdotas suyas, como aquella de alguien que llego último a una reunión, el P. Moya le llamó la atención y la persona en cuestión dijo que era solo un minuto, a lo que él respondió ocurrentemente, diciendo que lo que estaban allí eran 60 y que cada uno le espero un minuto, que sumado eran una hora, por lo tanto se había perdido una hora esperándolo a él.

Cuando ya era Obispo auxiliar de Santiago, el Padre Moya,  nunca dejó esa sencillez y cariño hacia la gente de las mencionadas comunidades, muchos siguieron en contacto con él, en la búsqueda de sus sabios consejo y acompañamiento espiritual. Siempre saludando con afabilidad y de puerta abierta para quien llegará hasta a él. Luego cuando fue nombrado Obispo de San Francisco de Macoris, si se enteraba de que alguien conocido suyo había fallecido o algún familiar, en las ya mencionadas localidades, siempre se hacía presente ya sea en la misa de entierro o en  los ´´nueve días´´, sin importar la condición social de dicha persona, simplemente la relación que tenía o el conocimiento de ella.

El Padre Moya nos dejó, pero nos legó un maravilloso recuerdo a los que somos de Licey y Las Palomas, su vida se inscribió en la nuestra, como pastor, guía y padre en la fe de muchos de nosotros. Su paternidad espiritual es algo que fortaleció nuestro seguimiento de Cristo y nuestro amor a la Iglesia, pues eso siempre fue: un hombre de Iglesia, consciente de que la tarea es hacerla presente en la vida de la gente y fomentar a Cristo desde ella. Que el Señor le dé el premio de los justos, de los que cumplen con la voluntad de Dios y la misión que él tiene para ellos, y que su paternidad espiritual siga presente en nosotros a través de la vivencia de los valores que acompañaron su vida.

William Arias

Vicario de Pastoral de la Arquidiocesis de Santiago. Administrador parroquial de la parroquia santuario Divino Niño. Director de la Escuela de Teología de la PUCMM Santiago. Secretario de la Comisión Nacional de la Animación Bíblica de la Pastoral.

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