Una mirada desde “The Labrador Pact”, de Matt Haig, sobre la lealtad, la fragilidad humana y esa incómoda frontera en la que cualquiera de nosotros puede ser víctima y villano.
Matt Haig publicó esta novela originalmente con el título "The Last Family in England". En otras ediciones, particularmente en el mercado estadounidense, apareció con un nombre que, a mi juicio, revela mucho mejor el corazón de la historia: The Labrador Pact, porque esta no es solamente la historia de una familia inglesa que comienza a desmoronarse, sino también la historia de un perro que no entiende por qué los seres humanos destruyen aquello que dicen amar.
Prince es un perro de raza Labrador. Vive con la familia Hunter y contempla el mundo desde una certeza que para él no necesita explicación: que su familia debe permanecer unida. Protegerla no es una elección ni una demostración extraordinaria de virtud; es simplemente lo que se hace cuando se pertenece a alguien.
Los labradores de la novela obedecen un código. Un pacto. Hay que cuidar a la familia, protegerla de los peligros externos y, sobre todo, impedir que se destruya por dentro; pero es que el problema es que Prince conoce perfectamente las reglas de su especie, pero no comprende las nuestras; y quizá nosotros tampoco.
Los seres humanos hemos dedicado siglos a escribir sobre el amor. Lo hemos convertido en poemas, canciones, novelas, promesas matrimoniales y declaraciones solemnes. Hemos construido alrededor de la familia instituciones, leyes, tradiciones y hasta religiones. Sin embargo, somos capaces de herir precisamente a quienes decimos amar, de traicionar aquello que queremos conservar y de poner en peligro, por decisiones momentáneas, relaciones que tardaron años en construirse.
Para Prince, semejante contradicción resulta incomprensible. Él no necesita definir la lealtad porque la practica, no necesita explicar el compromiso porque vive dentro de él y no se pregunta constantemente qué recibe a cambio de amar. Él simplemente ama.
Ahí está una de las ironías más hermosas de The Labrador Pact: Matt Haig entrega la narración a un animal y, desde esa mirada aparentemente sencilla, nos obliga a examinar algunas de las contradicciones más complejas del comportamiento humano. Pero hay algo todavía más perturbador en esa mirada: Prince contempla a los Hunter desde fuera; nosotros, en cambio, conocemos lo difícil que resulta mirar una historia humana desde un lugar tan limpio, porque en las relaciones humanas rara vez existen personajes completamente inocentes y personajes completamente culpables.
Una persona puede ser víctima a las nueve de la mañana y convertirse en villano antes de que termine el día. Puede recibir una herida y, sin haber aprendido todavía qué hacer con ella, utilizarla para herir a otro. Puede amar sinceramente y comportarse cruelmente. Puede abandonar porque alguna vez fue abandonada. Puede mentir porque tiene miedo. Puede traicionar mientras continúa convencida de que ama.
Nada de esto convierte el daño en aceptable. Comprender una conducta no significa absolverla, pues la responsabilidad continúa existiendo. La vulnerabilidad humana hace que las categorías de víctima y villano sean mucho menos estables de lo que nos gustaría admitir.
Nos sentimos seguros cuando podemos dividir una historia en dos columnas: quién hizo daño y quién lo recibió. El problema es que la vida casi nunca permanece quieta el tiempo suficiente para permitir semejante clasificación. La víctima también toma decisiones. El villano también sangra y algunas veces ambos habitan dentro de la misma persona. Quizá por eso Prince necesita un pacto. Un código absoluto resulta reconfortante cuando se contempla una especie llena de contradicciones. Para él, proteger a la familia es correcto y destruirla es incorrecto. Punto.
Nosotros vivimos en un territorio mucho más incómodo. Vivimos en el gris. Ahí se encuentran las buenas personas que toman decisiones terribles.; las personas heridas que terminan hiriendo; los padres que aman y fallan; los hijos que necesitan y rechazan; las parejas que se prometieron permanecer y un día descubren que ya no saben cómo hacerlo. Y ahí también aparece una de las preguntas más difíciles que deja la novela: ¿cuánto de aquello que llamamos maldad comenzó alguna vez como dolor? No para justificarla, sino para comprenderla.
Porque quizá una de nuestras mayores vulnerabilidades consiste precisamente en eso: ninguno de nosotros posee inmunidad moral. Todos podemos convertirnos, bajo determinadas circunstancias, en aquello que alguna vez juramos que jamás seríamos. El cansancio puede volvernos indiferentes; el miedo, egoístas; la humillación, crueles; la soledad, imprudentes; el deseo, desleales. Entonces, una herida que nunca aprendimos a sanar puede terminar convirtiéndose en un arma que utilizamos contra alguien que jamás nos la causó. Prince no comprende eso.
Él solo sabe que algo está ocurriendo con su familia y que debe salvarla, haciendo aquello que cree que debe hacer: intenta mantenerla unida, pero existe una verdad dolorosa que ni siquiera la lealtad de un Labrador puede cambiar. No podemos salvar a todo el que nos importa, mucho menos podemos salvarlo de sí mismo.
Hay una enorme diferencia entre acompañar a alguien y vivir por él; entre proteger y controlar; entre amar profundamente y creer que nuestro amor tiene el poder suficiente para corregir las decisiones de otra persona. Prince tarda en comprenderlo porque su concepto de familia está construido alrededor de una idea absoluta: si todos pertenecemos a la misma manada, nadie debería hacer nada que pueda destruirla. Qué idea tan sencilla y qué extraordinariamente difícil parece para nosotros.
Tal vez por eso prefiero el título "The Labrador Pact". The Last Family in England nos invita a mirar a los Hunter. The Labrador Pact nos obliga a mirar a Prince. El primer título habla de una familia; el segundo, de una promesa, y las familias, al final, también están hechas de promesas. Algunas se pronuncian; otras jamás necesitan palabras. Prometemos cuidar, permanecer, proteger, perdonar y regresar; estar allí cuando las cosas dejen de ser fáciles. Pero quizá el verdadero pacto no consista en prometernos que jamás nos haremos daño, pues esa sería una promesa imposible para seres tan imperfectos como nosotros.
Quizá consista en algo más difícil: reconocer el daño cuando somos nosotros quienes lo causamos, aceptar que alguna vez podemos ser la persona herida y alguna vez la persona que hiere; pedir perdón sin convertir nuestra propia herida en excusa y entender que ningún sufrimiento pasado nos concede licencia para producir sufrimiento futuro.
Prince quiere mantener unida a su familia porque, para él, pertenecer implica responsabilidad. Los humanos que lo rodean, en cambio, nos recuerdan que pertenecer también significa aceptar que nuestras decisiones nunca terminan exclusivamente en nosotros. Tal vez esa sea la razón por la que resulta tan incómodo contemplarnos a través de sus ojos.
El perro de la novela posee muchas de las virtudes que hemos decidido llamar humanas: fidelidad, sacrificio, compasión, protección y entrega. Nosotros poseemos todas las palabras necesarias para describirlas. También poseemos algo que Prince quizá no necesita: la capacidad de inventar explicaciones para justificar por qué no las practicamos.
Tal vez los perros nunca hicieron realmente un pacto con nosotros. Tal vez fuimos nosotros quienes, durante cientos de años, los acercamos a nuestras casas, les dimos un lugar junto al fuego y los convertimos en parte de nuestras familias y desde entonces ellos han cumplido su parte. Nosotros seguimos intentando comprender la nuestra.
Quizá porque ser humano significa vivir permanentemente con esa posibilidad incómoda: ser héroe en el recuerdo de alguien, villano en el de otro y, a veces, ambas cosas en nuestra propia historia. Prince solo sabe que debe proteger a su familia. Nosotros tenemos una tarea mucho más difícil: aprender a reconocer cuándo somos nosotros quienes necesitamos ser protegidos y cuándo somos nosotros quienes debemos proteger a los demás.
Matt Haig no pertenece, debo admitirlo, al tipo de literatura que habitualmente consumo. Y quizá sea precisamente por eso que me ha resultado tan interesante descubrirlo. Hay, en su contemporaneidad, una mirada brutalmente realista sobre un mundo que, en realidad, siempre ha existido, pero cuyas contradicciones parecen sentirse con especial intensidad en nuestra generación y en nuestras propias vidas.
The Labrador Pact no se limita a contarnos una historia. Mientras Prince observa, intenta comprender y juzga, desde la sencilla lógica de un perro, el absurdo comportamiento de los seres humanos, ocurre algo incómodo: dejamos de ser simples lectores. En algún momento hemos sido el que protege, el que abandona, el que perdona, el que traiciona, el que intenta desesperadamente mantener todo unido y también, quizá, el que alguna vez contribuyó a romperlo.
Hemos sido víctimas y hemos sido villanos, a veces sin siquiera advertir el instante exacto en que cambiamos de lugar. Y tal vez ahí radique la fuerza de Haig: no nos pide que entendamos a un perro que contempla el extraño mundo de los humanos; utiliza los ojos de ese perro para obligarnos a reconocer los distintos lugares que nosotros mismos hemos ocupado dentro de él.
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