La generalidad de los analistas sobre geopolítica son contundentes en argumentaciones que los llevan a plantear que el mundo no será como antes. De esos analistas, los más lúcidos, en general, plantean que ya entramos en la era del fin del sueño de un multilateralismo basados en reglas que, por lo menos mínimamente, limitaba las acciones/abusos del imperio de la era y/o de las potencias regionales.  Pero, no queda claro hacía dónde se dirige el mundo, cómo será el que se está delineando, ni cuándo se inició este proceso. La discusión de estas cuestiones es crucial, no solo para tener ideas sobre cómo enfrentar desmanes como el secuestro de Maduro, la guerra en Ucrania, el holocausto en Gaza, entre otros, sino para orientan la condena a esos hechos en la perspectiva de algo que no ha cambiado: el poder de la acción colectiva para enfrentar los abusos de los poderes.

El mundo que quedó atrás fue, básicamente, ese que surgió después de la Segunda Guerra Mundial con la creación de los organismos multilaterales para impedir o limitar los excesos que se cometieron en la primera mitad del siglo pasado en cuestiones de conflictos bélicos, de violaciones a la soberanía de algunos países, el respecto a las áreas de influencias pactadas entre las grandes potencias y en materia de respeto de derechos humanos fundamentales, para lo cual se crearon reglas intencionalmente de obligado cumplimiento de los estados que la suscribieron. Pero cabe destacar que de ese nuevo mundo surgido del sacrificio de millones de seres humanos, que de las formas más inhumana murieron en el conflicto bélico mundial recién finalizado, emergió una democracia política con contenidos nunca vistos.

El dínamo principal que impulsó esa nueva forma de la democracia política fueron las luchas políticas y sociales que encabezaron los movimientos y organizaciones gremiales de orientación socialistas/comunistas, eclesiales de base, la intelectualidad y pensadores de sólida raigambre en la sociedad que pugnaron por un mundo solidario, democrático y con reglas que defendieran y extendieran esos valores. Pero a partir de finales de los años 70 ese clima moral e ideal comenzó a declinar, y con ello el contenido de esa democracia y el papel de esos actores y sujetos que la impulsaron. Entre otras limitaciones, el referido clima se vivió fundamentalmente en Europa por lo cual, como siempre, por vivirse fundamente allí se idealizó como realmente mundial e inmutable.

A pesar de esa circunstancia, saltarse algunas reglas se pensaba dos veces y las presiones de las diversas formas de manifestaciones contra determinados actos de barbarie de determinadas potencias incidían poderosamente en los organismos multilaterales y estos sobre algunas potencias o países. De otra manera no podría entenderse el papel de esas protestas en el estado de ánimo y de las políticas de la dirección vietnamita que resistió y venció el ejército más poderoso de la tierra, el de los EEUU. Todavía. La resistencia y las formas de luchas, incluyendo la armada, de Mandela y sus compañeros que quebró el régimen del Apartheid, el apoyo a la resistencia vencedora chilena, brasileña, uruguaya, argentina, nicaragüense, dominicana etc., y que abatieron sangrientas dictaduras en diversos países y regiones del mundo.

Esa irrupción de los movimientos de masas e individualidades en los procesos políticos y sociales que, articulándose, se constituían en el motor de la historia por sus expresiones decididamente mundial parece ser cosas del pasado. Pero en su esencia no es así, no está demostrado teórica ni prácticamente que hemos llegado al final de la irrupción de la acción colectiva como forma de limitar la acción de los poderes, sean estos locales regionales e incluso mundiales. Pienso que, todavía, la acción colectiva es la única forma de limitar o impedir las tropelías de proyectos de poder de un individuo o de estados pensados sin reglas y/o con poder ilimitado. Los diversos obstáculos institucionales y de la acción colectiva e individuales que se oponen a Trump son reales y además potencialmente importantes.

Pero estas acciones no pueden pensarse teniendo como fuerza impulsora la búsqueda de idílicos proyectos de sociedad, como de diversas formas se han pensado desde la antigüedad en todo el mundo. Esas idílicas sociedades que en cierta forma Umberto Eco llama tierra y lugares legendarios. Utopías absolutas y puras, agrego yo. Tampoco creer que en este reparto del mundo en área de interés de las grandes potencias ningún país se salva cobijándose en la sombrilla de una potencia. Esto es forma pusilánime de elegir su presunto protector, un vicio del pasado que ha castrado la posibilidad de producir cambios en algunos países mediante la construcción de un modelo de sociedad cónsono con las peculiaridades locales, apoyando satrapías.

Venezuela, Europa, Ucrania, los EEUU jamás serán como antes; son solo ejemplos de que la catástrofe que muchos auguran está en curso. Algunos piensan que aún hay tiempo para evitarla, pero es difícil identificar con claridad cómo hacerlo, ni cómo salir de la maraña y, más aún, cómo será la sociedad del futuro. Lo único claro, sin asumir la tabla rasa, es que esta no se construirá con nostalgia, ideas y formas de sociedad que por momentos tuvieron existencia en el pasado.

César Pérez

Sociólogo, urbanista y municipalista

Sociólogo, municipalista y profesor de sociología urbana. Autor de libros, ensayos y artículos en diversos medios nacionales y extranjeros sobre movimientos sociales, urbanismo, desarrollo y poder local. Miembro de varias instituciones nacionales y extranjeras, ex director del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y ex dirigente del desaparecido Partido Comunista Dominicano, PCD.

Ver más