A las tres de la madrugada alguien escribe una frase que describe exactamente lo que está viviendo. No piensa en la gramática ni en el estilo. Escribe porque necesita sostenerse durante una noche que parece no terminar. Lee el mensaje dos veces. Luego lo borra. No lo borra porque tema que los demás lo juzguen. Tampoco porque haya cambiado de opinión. Lo borra por una razón mucho más profunda: todavía no sabe cómo termina la historia que está viviendo.
Esa escena ocurre todos los días, aunque casi nunca la vemos. Lo que llega a nosotros suele ser la versión posterior: cuando la enfermedad quedó atrás, cuando la crisis encontró una salida, cuando la pérdida terminó convirtiéndose en aprendizaje. Compartimos el cáncer que vencimos, no el diagnóstico que acabamos de recibir; hablamos de la depresión superada, no de la que todavía nos mantiene despiertos; y llamamos, después, reconstrucción a lo que, mientras ocurría, ni siquiera teníamos cómo nombrar.
Creemos que ocultamos el sufrimiento por vergüenza, por orgullo o por miedo al juicio ajeno. Es posible que esas razones existan. Pero quizá no sean las más profundas. Puede que no escondamos el dolor porque resulte demasiado difícil mostrarlo, sino porque todavía carece de una forma que nos permita comprenderlo. Existe una diferencia profunda entre un sufrimiento que ya puede narrarse y otro que aún está sucediendo. El primero ha encontrado un lugar dentro de nuestra historia; el segundo continúa desordenándola. Mientras una experiencia permanece abierta, las palabras no solo resultan insuficientes: también parecen prematuras.
Por eso el sufrimiento sin desenlace produce una incomodidad particular. No solo para quien lo vive, sino también para quienes intentan acompañarlo. Nos sentimos más seguros frente a las historias que ya conocen su final que ante aquellas cuyo desenlace permanece abierto. Sabemos escuchar un testimonio. Nos cuesta permanecer junto a una incertidumbre.
Casi sin advertirlo, hemos aprendido a esperar. Esperamos que la herida cicatrice. A veces basta con que aparezca una explicación, aunque sea parcial; otras veces necesitamos que el caos, simplemente, deje de sentirse como caos. Solo entonces creemos tener derecho a hablar, y el dolor empieza a parecerse a un relato que otros pueden comprender. Como si el sufrimiento necesitara concluir antes de merecer ser pronunciado.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han observó que vivimos en una cultura que privilegia la positividad permanente1. Se exalta aquello que puede exhibirse como logro, superación o rendimiento. En cambio, lo roto, lo incierto y lo inconcluso apenas encuentran espacio para hacerse visibles. Nadie prohíbe hablar del dolor. Simplemente, el dolor que todavía no puede presentarse como una historia de superación deja de encajar en una cultura acostumbrada a celebrar resultados antes que procesos.
Pero esa explicación cultural solo responde una parte del problema. Explica por qué el sufrimiento deja de verse. Todavía no explica por qué, precisamente cuando más duele, también deja de poder decirse.
Mucho antes de las redes sociales, Simone Weil describió una realidad aún más profunda2. Distinguió entre el dolor y la aflicción. El dolor hiere; la aflicción transforma la manera misma de existir. Hay sufrimientos que no solo producen lágrimas: alteran la identidad. Quien los atraviesa descubre que las palabras comienzan a faltar precisamente cuando más las necesita.
Weil comprendió que quien vive una verdadera aflicción rara vez consigue narrarla mientras la está atravesando. No porque carezca de inteligencia o sensibilidad, sino porque la experiencia todavía no posee una forma reconocible: no hay argumento que seguir ni desenlace que anticipar. Solo hay un peso que hay que sostener sin saber, todavía, para qué.
Acaso por eso las conversaciones más difíciles no sean aquellas en las que alguien nos cuenta una historia dolorosa. Son aquellas en las que una persona intenta hablarnos desde un lugar donde la historia todavía no existe. Nos resulta mucho más fácil escuchar una victoria que acompañar una agonía. Preferimos los relatos donde la esperanza ya venció antes que aquellos donde todavía lucha por sobrevivir. Y, sin embargo, toda vida verdaderamente humana conoce momentos en los que el sufrimiento aún no puede convertirse en testimonio. Hay noches que todavía no saben cómo terminarán. Hay oraciones cuya respuesta aún no ha llegado. Hay lágrimas que todavía no encuentran un lenguaje capaz de contenerlas.
Ahí aparece, quizá, una de las verdades más difíciles de aceptar: el sufrimiento no deja de ser verdadero porque todavía no pueda interpretarse. Su forma más auténtica es, precisamente, la que aún resiste cualquier explicación.
Hasta aquí, la filosofía y la psicología permiten comprender una parte importante del problema. La primera explica la cultura que hemos construido; la segunda ayuda a entender lo que sucede en el interior de quien atraviesa la aflicción. Pero ambas encuentran un límite. Ninguna responde por completo a una pregunta decisiva: ¿es necesario comprender el sufrimiento para poder compartirlo?
Viktor Frankl mostró que el ser humano puede soportar casi cualquier sufrimiento cuando descubre un sentido por el cual vivir. Su intuición sigue siendo una de las reflexiones más luminosas sobre la capacidad humana para resistir la adversidad. Pero incluso esa verdad necesita una precisión. Una cosa es descubrir, con el paso del tiempo, el significado que una experiencia terminó teniendo. Otra muy distinta es exigir que ese significado exista antes de concedernos permiso para hablar. Con demasiada frecuencia no mostramos nuestras heridas; mostramos el sentido que logramos encontrar en ellas. Necesitamos comprender antes de atrevernos a decir, y sanar antes de permitirnos ser vulnerables; solo cuando ya nos hemos reconstruido nos animamos, por fin, a mostrar aquello que alguna vez nos destruyó.
Sin advertirlo, dejamos de compartir el sufrimiento. Compartimos únicamente la interpretación que hicimos de él. Esperamos comprender para poder hablar; esperamos sanar para poder mostrarnos vulnerables. Como si el dolor solo pudiera hacerse visible después de haber sido explicado. Y aquí aparece una pregunta que ni la filosofía ni la psicología consiguen responder del todo.
¿Es verdad que el sufrimiento necesita haber encontrado un sentido antes de poder compartirse?
La respuesta del Evangelio resulta sorprendente. No porque niegue la importancia del sentido, sino porque desplaza el momento en que ese sentido aparece. Antes de toda explicación hubo una noche. Antes de toda resurrección hubo un jardín. Antes de la resurrección estuvo Getsemaní. Cristo no esperó el domingo para dejarse ver sufriendo.
Por eso, antes de llegar a la cruz, hay que atravesar Getsemaní. La noche antes de la cruz, Jesús no fue directamente al patíbulo. Fue primero a Getsemaní, y allí pidió a quienes más amaba que se quedaran despiertos con él mientras oraba. No pidió que resolvieran nada. No pidió una explicación ni una salida. Pidió, únicamente, compañía. "Mi alma está muy triste, hasta la muerte", les dijo (Mateo 26:38). Y ellos, agotados, se durmieron.
Volvió tres veces. Las tres veces los encontró dormidos. "¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?", preguntó (Mateo 26:40). En esa pregunta hay algo que reconocemos, aunque nunca lo hayamos dicho en voz alta: la soledad no llega necesariamente cuando nadie nos acompaña, sino cuando quienes nos acompañan no logran permanecer despiertos ante un dolor que todavía no tiene forma de historia.
Ese es el jardín que nadie quiere habitar. No porque sea oscuro, sino porque exige quedarse despierto junto a algo que no se puede resolver esa misma noche. Getsemaní no ofrece a quien entra en él ningún papel que representar: ni el de consejero, ni el de quien trae una solución, ni el de testigo de una victoria. Solo ofrece la posibilidad, incómoda y silenciosa, de quedarse.
Y, también, dice el relato, un sudor como grandes gotas de sangre cayó sobre la tierra aquella noche (Lucas 22:44). Nadie lo vio, salvo Dios. La aflicción más honda de Jesús ocurrió, primero, sin público: en un jardín donde ni siquiera sus amigos más cercanos consiguieron permanecer despiertos. Lo que ocurrió después, a la luz del día, fue distinto en un solo sentido: se hizo público. La misma agonía que en el jardín no había encontrado testigos despiertos, en la cruz encontró demasiados. Isaías ya lo había anunciado: un hombre "de dolores, experimentado en quebranto, y como que escondimos de él el rostro" (Isaías 53:3). Y en medio de esa exposición, sin la certeza de un desenlace, Jesús no pronunció una frase de victoria anticipada. Preguntó, como quien todavía no sabe la respuesta: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mateo 27:46).
Nadie que escuchó esa pregunta aquel viernes sabía todavía que existiría un domingo.
Dios no esperó a tener resuelto lo que sentía —ni en el jardín, ni en la cruz— para dejarse ver sintiéndolo.
Esto reorganiza todo lo anterior. Byung-Chul Han explica por qué nuestra cultura no sabe qué hacer con un sufrimiento que todavía no puede exhibirse como logro. Simone Weil explica por qué, incluso ante quien quiere escuchar, la aflicción no siempre encuentra las palabras para decirse. Frankl explica por qué buscamos, con razón, que el dolor termine teniendo sentido. Pero ninguno de los tres había estado antes en el jardín: el lugar donde ni siquiera Jesús esperó tener resuelto lo que sentía para dejarse ver sintiéndolo. Y ninguno había estado, tampoco, en la cruz: el lugar donde ese mismo sufrimiento, ya expuesto ante todos, seguía sin la certeza de un final feliz.
Si eso es cierto, entonces la exigencia que nos imponemos —espera a que la herida cicatrice, encuentra el sentido antes de hablar, entra solo cuando el relato ya tenga un final feliz— no es prudencia. Es, sin que lo notemos, una forma de incredulidad práctica: actuamos como si el sufrimiento solo mereciera ser visto una vez resuelto, cuando la fe que decimos profesar se sostiene sobre un Dios que se dejó ver primero en un jardín donde nadie logró quedarse despierto, y después en una cruz donde nadie sabía todavía cómo terminaría.
Alguien, en algún lugar, está escribiendo esta noche la frase que describe exactamente lo que siente. La leerá dos veces. Y probablemente la borrará, porque todavía no sabe cómo termina. Tal vez no necesite que se la resolvamos, sino que alguien, por una vez, no se quede dormido.
Referencias
- Byung-Chul Han, La sociedad de la transparencia (Barcelona: Herder, 2013).
- Simone Weil, La gravedad y la gracia (Madrid: Trotta, 1994).
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