A lo largo de estas semanas hemos venido desarrollando una línea argumental que incorpora elementos de arquitectura, urbanismo, gentrificación e inmigración. En nuestros artículos hemos realizado un recorrido mental por calles, barrios y plazas, en definitiva espacios públicos, intentando comprender un fenómeno que con frecuencia se analiza desde la política o desde la perspectiva socioeconómica, olvidando que la ciudad es, antes que ninguna otra cosa, un constructo humano y, por ende, social.
Entre otras cosas, la aspiración del autor ha sido recordarle al lector que las ciudades no son únicamente una suma de edificios, sino una suma de relaciones entre personas y entre los sistemas que sirven a esas personas.
Los arquitectos proyectan viales, alineaciones, plazas, parques, equipamientos públicos y, desde luego, las edificaciones. Los urbanistas ordenan los usos del suelo, las densidades y las infraestructuras. Los responsables de las políticas públicas aprueban normas y planeamientos. Pero ninguno de ellos puede garantizar, de manera unilateral, aquello que convierte un conjunto de edificios en una verdadera ciudad. Porque una ciudad comienza donde aparece la convergencia de múltiples factores: la convivencia.
La inmigración no constituye un problema urbanístico por el simple hecho de existir. Las ciudades europeas llevan siglos transformándose mediante sucesivas oleadas migratorias. Madrid, Barcelona, París o Londres son, precisamente, el resultado de innumerables mezclas culturales acumuladas durante generaciones, especialmente durante las dos últimas. En todos los casos, el verdadero desafío aparece cuando esa diversidad deja de encontrarse en armonía o, lo que es lo mismo, cuando los distintos grupos humanos comienzan a compartir únicamente el espacio físico, pero dejan de compartir el espacio social; cuando aparecen barrios donde los vecinos ya no se reconocen mutuamente como parte de un mismo proyecto colectivo. Entonces, la segmentación en guetos o similares, deja de ser únicamente una cuestión sociológica para convertirse también en un problema urbano.
A partir de esta realidad, el debate nunca debería plantearse como una confrontación entre inmigración y rechazo, entre apertura y cierre, entre solidaridad y miedo. Ese planteamiento supone un reduccionismo excesivo para explicar una realidad extraordinariamente compleja.
Con todo ello, la gran pregunta es inevitable: ¿qué tipo de ciudad queremos construir? Pero de ella nacen otras igualmente necesarias: ¿Queremos ciudades donde cada comunidad permanezca encerrada en sus propios códigos culturales? ¿Queremos ciudades físicamente próximas, pero emocionalmente lejanas? ¿O aspiramos a construir espacios donde la diversidad no sea un motivo de fragmentación, sino una oportunidad para fortalecer la comunidad?
Si, por el contrario, somos capaces de crear espacios donde las personas compartan escuelas, comercios, asociaciones, instalaciones deportivas, centros culturales y, en definitiva, la vida cotidiana, entonces la integración dejará de ser un discurso para convertirse en una experiencia.
Hace unas semanas, hacíamos una pausa para hablar de Peter Zumthor y de sus Termas de Vals; descubríamos que la arquitectura no consiste únicamente en levantar muros, sino en construir experiencias de habitar. Aquella reflexión, que en apariencia se alejaba del tema central de esta serie, quizá constituía una de sus claves.
Porque, haciendo una extrapolación, podríamos afirmar que lo mismo debe ocurrir con nuestras ciudades: no basta con construir espacios para ser ocupados; debemos crear lugares que inviten a ser habitados.
El urbanismo del siglo XXI no debería limitarse a ordenar el territorio; debe favorecer el encuentro entre las personas. Una plaza bien diseñada puede resultar mucho más eficaz que un centenar de campañas institucionales. Una acera inclusiva, accesible y universal puede favorecer más conversaciones que muchas declaraciones políticas. Un parque utilizado por niños de distintas procedencias puede generar más integración que innumerables discursos.
Ni la arquitectura, ni el urbanismo pueden resolver los conflictos sociales por sí solos,. Pero tampoco existe una convivencia duradera sin una arquitectura y un urbanismo capaces de favorecerla. Las ciudades no fracasan cuando cambia su población; las ciudades han cambiado siempre. Comienzan a fracasar cuando quienes las habitan dejan de reconocerse como parte de un mismo proyecto común.
Después de este recorrido, quizá la conclusión sea mucho más sencilla de lo que parecía al principio. No necesitamos ciudades donde todos sean iguales. Necesitamos ciudades donde personas diferentes quieran seguir viviendo juntas; donde las diferencias no impidan el reconocimiento mutuo; donde el espacio público vuelva a ser el lugar en el que una comunidad aprende, cada día, a convivir. Ese es, probablemente, el verdadero significado de habitar. Y quizá también el mayor desafío de la arquitectura y del urbanismo contemporáneos.
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