Yo nací y me vi muchas veces más nacer, de mil nuevas formas y a mil nuevas modas, en un barrio.

Y en ese barrio encontré mi primer antes y después: cuando nada importaba y cuando todo empezó a importar.

Y en ese barrio aprendí todo lo que me podía enseñar, y un poco más. De él y en él, aprendí lo que no se puede olvidar y lo que no se debe recordar.

También aprendí a escuchar y callar, a cantar y bailar, a reírme a carcajadas y a reciclar mis lágrimas en soledad; a burlarme y a pelear; y sin dejar de trabajar, a divertirme como el que más; y sin dejar de soñar, a reinventar mi realidad, no por necesidad, sino por tener con qué poner en práctica todo eso que el barrio me habría de enseñar.

Y es que siempre pensé que después del barrio habría algo más, quizás allá, a donde iba y volvía cada noche mi papá, y al regresar a casa, a veces con un sándwich y un juguito que me llenaba de felicidad, y otras solo un cuerpo que necesitaba descansar, pero que igual me llenaba de felicidad saberlo en su habitación al escucharlo roncar, un torrente de truenos rítmicos que solo mi mamá podía soportar. Supongo que eso era su técnica para lograr la perfección en su relación: adaptarse a la imperfección.

Mientras fui de él -mi barrio-, nunca dejé de aprender a caminar haciendo caminos: en esa casa tan llena de barrio, como en mi habitación, en el baño, en el comedor, frente a un televisor, en la cocina, en la sala, en el balcón, en la terraza y mucho más en el patio, por donde también tracé un camino para llegar a la calle, y se llamó “por atrás”. Y es que mi casa estaba llena de ese barrio y de otros barrios, porque mis padres siempre estuvieron conmigo en cada paso: ambos de otros barrios y ahora de este, el mío.

Mi barrio fue un politécnico de autodidactas y discípulos de los errores, los crímenes, los abusos, la pobreza, la irresponsabilidad y todo lo demás que puede enseñar a no fracasar, como la iglesia, la escuela pública y el club social. Pero también fue una comunidad de vasos y platos de confraternidad, un equipo donde no todos saben cómo jugar, pero sí que hay que jugar, para no ser como el vecino que se quedó atrás, o para ser como el vecino que tiene más, o simplemente porque no hay otra posibilidad.

En ese barrio la inspiración nunca faltó: los más bakanos en la cancha, imitando a Jordan o haciendo chistes en las gradas, cuando no un dominican yol, el pelotero que firmaron, o un político saludando. El consenso siempre se lograba en un colmado.

Con hileras de callejón cosí patios de dos en dos, y de cada esquina escribí un guión; protagonistas los yous, los carajitos, los tiguerazos, el palomo y el palomazo, los enamorados, los agarres, el cuero, el cuerito y los tecatos. De todos me fui con algo valioso y, cada día -de estos días-, más cotizado: los códigos del barrio.

Por todo eso y mil razones más, nunca sabré cómo sería no ser de un barrio.

Pero desde el barrio también pavimenté mi camino para salir del barrio, cuando la Ciudad había dejado de ser mi Universo, para ser solo eso: mi Ciudad, donde está mi barrio, donde está mi casa y donde fue mi hogar. Más tarde sucedió lo que nunca sospeché: que de mi barrio -el Invi-, hoy solo sé lo que alguna vez me fue.

Manuel A. Rodríguez

Abogado

Licenciado en Derecho magna cum laude, Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (2006), Master en Argumentación Jurídica, Universidad de Alicante (2014) y Master di Secondo Livello in Argomentazione Giuridica, Universitá degli Studi Di Palermo (2014). Investigador Senior del Centro Universitario de Estudios Políticos y Sociales de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, CUEPS-PUCMM. Abogado en ejercicio, historiador, numismático, filántropo, poeta y rapero.

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