Vivimos en la era de una hipocresía monumental, donde el cinismo contemporáneo ha normalizado el vicio macroeconómico mientras persigue las faltas menores. El verdadero poder en las sombras ya no se sostiene principalmente sobre el cañón de los fusiles o las botas militares; se ejecuta con tinta, prensas de alta velocidad y la ilusión del papel. Un imperio que ha roto todo freno con la realidad y la producción verdadera imprime moneda fíat sin respaldo real y, con esa ficción flotante, desembarca en las repúblicas de América Latina para comprar el mapa, los recursos y las conciencias. Es la alquimia invertida de la modernidad: el truco de convertir el papel pintado en soberanía y recursos estratégicos ajenos.

El juego político actual está arreglado mucho antes de que los ciudadanos acudan a las urnas. Mediante el sofisticado mecanismo del lobby institucionalizado y el subsidio de candidaturas, el gigante financiero inyecta su excedente fiduciario en los bolsillos de candidatos de todo el espectro político. Financian las voluntades en paquete para asegurarse de que, gane quien gane, el proyecto extractivo o la entrega del territorio permanezca intacta.

Este vicio del patrocinio colonialista tiene un propósito ulterior aún más perverso: producir la división crónica del conjunto social, atomizar a los pueblos para evitar a toda costa su despertar y su despegue definitivo. Para mantener esta hegemonía artificial, el poder en las sombras crea obstáculos insalvables a través de la guerra y el conflicto inducido. Así, se aseguran de que el tiempo histórico de nuestras naciones se congele; obligan a que generaciones enteras inviertan su sudor, su vida y sus recursos no en el progreso o la innovación, sino en la eterna e inacabable reparación de pueblos destruidos. Es aquí donde entran en escena las instituciones financieras internacionales, bancos creados con el propósito deliberado de financiar la reconstrucción a cambio de una hipoteca perpetua. Las naciones quedan atrapadas en la telaraña del endeudamiento, extirpadas de raíz de toda competencia global, condenadas a pagar los intereses de su propia tragedia.

Aquí se desmitifica la idea romántica de que el poder corrompe a los puros. No estamos ante la trágica caída de líderes íntegros; es, en verdad, la caída en pecado de aquellos que nunca conocieron la virtud. Son hombres grises, desprovistos de vocación histórica y compromiso con su suelo, que alcanzaron la cima del Estado estando ya comprometidos con las sombras, actuando como simples gerentes de enclave o liquidadores a sueldo de su propia patria. En la cúspide de este tinglado, mentes megalómanas sostienen las riendas con una ceguera histórica absoluta: atrapados en su propia hybris, son incapaces de reconocer su culpa o de detener la marcha para restaurar el sentido original de las naciones. Pero ningún gigantismo hipertrofiado elude las leyes de la gravedad económica. Cuando el costo de sostener la mentira global supera la capacidad de saqueo, el poder se torna más hambriento, desesperado y violento, acelerando una implosión inevitable de la que nadie podrá salvarlo.

¿Dónde reside, entonces, la esperanza en medio de este panorama crepuscular? No en la ingenuidad de esperar un pasado idílico, sino en la virtud de los despiertos. La verdadera esperanza camina en la dignidad de aquellos que, mirando la trampa en el sebo, se niegan a morderla. Es la lucidez de detectar el veneno oculto en la promesa del progreso rápido, de rechazar la división impuesta y tener el valor de denunciar la trampa ante los demás.

Cada ser humano, tarde o temprano, se enfrenta al reto definitivo: el instante crucial en que el sistema toca a su puerta exigiendo que empeñe su fe, su palabra y su lealtad a cambio de la comodidad de las sombras. Resistir a ese embate, mantener la mirada limpia frente al soborno de la abstracción, es el mayor acto de soberanía individual y colectiva. Es la palabra convertida en armadura.

Para aquellos que eligen el camino de la entrega y la deshonra, no hay olvido posible. Caiga la maldición del desierto sobre los gobernantes y traficantes que venden a su pueblo, siembran la discordia entre hermanos y rematan la herencia de sus hijos por un puñado de papeles sin valor; que sus nombres queden sepultados bajo el polvo del desprecio histórico, que el dinero que recibieron se convierta en ceniza en sus manos y que sus conciencias no encuentren paz ni en el día ni en la noche, señalados para siempre como los liquidadores de la esperanza de sus hermanos.

Y para los justos, los que permanecen en la trinchera del honor, vaya el reconocimiento de la tierra. Reciban la bendición de la lluvia y la luz los que exigen un juego limpio, los que buscan la unidad de sus pueblos, los que defienden la verdad con el pecho abierto y se niegan a transigir con la mentira del imperio. Que sus palabras tengan el peso de la roca, que sus hogares sean templos de abundancia real y que su descendencia camine con la frente en alto, sabiendo que sus padres no vendieron la fe del pueblo, sino que mantuvieron encendido el faro de la redención humana.

Ricardo Toribio

Artista visual y poeta

Ricardo Arsenio Toribio, Santiago de los Caballeros (1965). Creador dominicano. Pintor, músico, artesano y aprendiz de poeta. Tiene 42 años de experiencia creativa. En el (1991) tuvo su primera individual “Carnaval”en el Dominico Americano". En (1996) obtuvo el primer premio de pintura en la bienal Eduardo León Jimenez. En (1998) exhibe la individual “Paisaje de los dioses secretos” en el Museo de Arte Moderno, Santo Domingo. Ese mismo año se muda a San José de las Matas para trabajar en un proyecto artesanal de sillas y mecedoras. En el 1999 crea el grupo cultural “La Parcelita” junto con sus hijos y los hijos de los artesanos. Desde entonces vive en La Sierra trabajando con la comunidad, escribiendo textos que se cantan en la escuela y pintando la realidad que lo rodea. Sus pinturas son un auténtico referente del realismo mágico latinoamericano

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