En octubre de 2019, el término algoritmo irrumpió con fuerza por primera vez en el debate político dominicano. La denuncia del expresidente Leonel Fernández de que un algoritmo incorporado al software de votación electrónica de la Junta Central Electoral (JCE) había alterado el resultado de las primarias del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) provocó el abandono del voto electrónico y puso en evidencia las dificultades institucionales para enfrentar los desafíos de una política crecientemente mediada por las tecnologías digitales. La preocupación, sin embargo, trascendía el episodio dominicano. Aún era reciente el escándalo de Cambridge Analytica, que reforzaban la percepción de que las democracias liberales habían entrado en una nueva etapa. El problema ya no era únicamente la integridad de los sistemas de votación, sino el surgimiento de un nuevo poder capaz de moldear opiniones, amplificar emociones y condicionar decisiones políticas a una escala hasta entonces desconocida.
Todo ello bajo el influjo de un debate de fondo sobre las ramificaciones políticas y culturales de la Californian Ideology, concepto acuñado por Richard Barbrook y Andy Cameron en un artículo seminal publicado en Science as Culture en 1996. En pleno despegue del Internet, los autores describieron una ideología profundamente contradictoria que fusionaba la contracultura hippie con el libertarismo económico y sostenía que las tecnologías digitales, el emprendimiento y el mercado constituían fuerzas intrínsecamente liberadoras, capaces de resolver los problemas sociales sin un Estado interventor. No obstante y como parte de las contradicciones de esta ideología, los autores mostraron que el desarrollo de Silicon Valley había dependido decisivamente de la financiación pública de la ciencia y del ecosistema universitario del norte de California, por lo que el progreso tecnológico debía entenderse como el resultado de una economía mixta y no como una simple victoria del libre mercado.
Un cuarto de siglo después, aquella ideología ha mutado en varias corrientes. Una de las más influyentes ha radicalizado sus postulados hasta el punto de combinar transhumanismo, poshumanismo, libertarismo económico y conservadurismo religioso. Las tensiones entre empresas como Anthropic, Palantir Technologies u OpenAI reflejan que ya no es solo una disputa tecnológica, sino una confrontación sobre el significado político de la inteligencia artificial y sobre el tipo de sociedad que se pretende construir. El programa político de la corriente más conservadora difunde un bizarro oxímoron retórico: el Estado y la democracia representativa son el principal enemigo de la libertad (una palabra confundida con el libertarismo ideológico, cuyo sentido ilustrado vale la pena recuperar, pero ese es otro tema). El argumento puede simplificarse en que el Estado debe desaparecer o reducirse a su mínima expresión (el ideal libertario) ya que es una barrera para el avance tecnológico, todo esto bañado por una extraña fusión de aceleracionismo, teorías conspirativas, anarcocapitalismo y mesianismo sociológico, tan rocambolesca como la misma californian ideology en sus inicios.
Este programa ha encontrado eco político tanto en América Latina como en Europa en las corrientes neopopulistas que en mayor o menor medida promueven lo que Fareed Zakaria denominó en 1997 democracias iliberales, es decir, sistemas políticos con elecciones, con gobiernos electos que restringen libertades y derechos civiles, que prácticamente anulan los contrapesos de los otros poderes públicos y se afanan en reducir el tamaño y alcance del Estado. En otras palabras, el regreso de los hombres fuertes, de los nuevos mesías para arreglar el fracaso de la democracia liberal en temas como la seguridad o la inmigración, pero nunca en los temas clave como la productividad, la innovación para el desarrollo, la inclusión, la educación, la salud, el deterioro ambiental, la investigación científica o los efectos del cambio climático en la sociedad o en los sectores productivos. Sobre este discurso se ha superpuesto la llamada batalla cultural, focalizada en hacer de los valores conservadores un estandarte moral contra la supuesta decadencia de Occidente. Todo esto untado de un cóctel de ideas de distinto cuño que hace dos décadas se considerarían absurdas: el negacionismo climático, el movimiento antivacunas, el terraplanismo, o el movimiento anticiencia, bajo una lógica que simplifica temas complejos en unos contra otros, de unos dentro y de otros fuera. Todas estas ideas en principio han sido inofensivas de forma individual pero se tornan tóxicas cuando se combinan y amplifican.
Cabe preguntar: ¿cómo hemos llegado, en relativamente poco tiempo, al actual orden de cosas en el que la democracia liberal y representativa parece un ideario desfasado? Antes de continuar vale aclarar dos cosas. En primer lugar que no podemos negar los beneficios de las nuevas tecnologías y en particular de las denominadas tecnologías 4.0 y que más bien debemos abrazarlas con responsabilidad, dentro de un marco deontológico claro que promueva su uso para fortalecer la autonomía moral y el crecimiento de las personas, así como el abordaje de los grandes retos compartidos. En segundo lugar, que el batiburrillo ideológico del que se alimentan los movimientos neopopulistas no tiene nada nuevo y que es tan antiguo como la idea de que la tierra es plana. Aclarado los puntos anteriores, podemos avanzar en la interpretación sociológica y filosófica de esta transformación política.
En La Rebelión de las Masas de 1930 de José Ortega y Gasset; en El Hombre Unidimensional de 1964 de Herbert Marcuse; en La Sociedad del Espectáculo de 1967 de Guy Debord; en Ciencia y Técnica como Ideología de 1968, del recién fallecido Jürgen Habermas y finalmente, en The Age of Surveillance Capitalism de 2019, de Shoshana Zuboff, encontramos un marco para orientarnos en este tránsito. Aunque escritas en contextos muy distintos, estas obras forman parte de un canon que dibuja una inquietante secuencia sobre la transformación del sujeto político en las democracias contemporáneas. De la cultura popular, añadiría dos referencias sugerentes: Idiocracy (2006) y Majority Rule, el séptimo episodio de la primera temporada de The Orville (2017).
Ortega señaló que el problema de la modernidad no era la existencia de las masas, sino la irrupción del fenómeno sociológico del hombre-masa como sujeto político: un sujeto que no reconoce autoridad intelectual no distingue entre opinión y conocimiento y considera que el simple hecho de tener una opinión le confiere el derecho a imponerla. La consecuencia social de este dominio es una democracia cada vez menos deliberativa y cada vez más impulsiva. Tres décadas después, Marcuse añadió una pieza decisiva: las sociedades industriales avanzadas no solo producían prosperidad material, sino también conformidad intelectual. El sistema era capaz de absorber incluso sus propias críticas, reduciendo progresivamente la capacidad de pensar fuera de los marcos establecidos. La amenaza ya no era la censura, sino la desaparición del pensamiento crítico. El ciudadano dejaba de ser un sujeto autónomo para convertirse en un individuo unidimensional perfectamente adaptado a la lógica del sistema.
Si Ortega describió el sujeto y Marcuse explicó su simplificación intelectual, Guy Debord mostró el escenario en el que ese proceso alcanzaría su máxima expresión. En la sociedad del espectáculo, la representación sustituye a la realidad: la imagen desplaza al argumento, el titular al análisis y la emoción a la evidencia. La política deja de ser un ejercicio de gobierno para convertirse en una competencia permanente por captar la atención. Habermas, en Ciencia y técnica como ideología, plantea que estas no son neutrales y que, a partir de la razón instrumental vis-à-vis la racionalidad técnica que les otorga fundamento ideológico constituyen una fuerza que legitima el control social y reduce la acción política a la gestión técnica, suprimiendo el debate ético sobre los fines de la sociedad.
Cabe recordar que Marcuse y Habermas son representantes de la teoría crítica y de la Escuela de Frankfurt: Marcuse pertenece a la primera generación que emigró de la Alemania nazi a los Estados Unidos, mientras que Habermas es su continuador en la segunda generación, desarrollada durante la posguerra alemana. Ambas generaciones padecieron de distintas formas los horrores y consecuencias del nazismo y con sus diferencias hermeneúticas, lo interpretaron como una forma de dominación basado racionalidad técnica. ¿Podemos imaginar lo que haría un Joseph Goebbels con las redes sociales modernas? (Ya sabemos lo que hizo).
Zuboff dio un paso más: las grandes plataformas digitales descubrieron que el comportamiento humano podía convertirse en la principal materia prima de un nuevo modelo económico: el capitalismo de la vigilancia. Ya no basta con conocer nuestras preferencias ya que el verdadero negocio consiste en anticiparlas, modelarlas e influir en ellas. El algoritmo, empotrado en las redes, deja de ser una herramienta tecnológica para convertirse en una arquitectura de modificación de la conducta. Por medio del algoritmo se puede ampliar la ventana de Overton (el marco de ideas consideradas como aceptables en la sociedad): se normaliza el tabú, la procacidad, el insulto, el racismo, la deshumanización de grupos étnicos enteros, de modo que ideas consideradas inaceptables pasan a ser parte de una nueva normalidad. Esto puede ocurrir con la deshumanización de un individuo, grupo de personas o comunidades enteras (inmigrantes, minorías u otros grupos), lo que las puertas de la barbarie y una vez abiertas son difíciles de cerrar. Debord explicó el espectáculo y Zuboff explicó quién y cómo lo administra y conocemos con más claridad el programa político iliberal insuflado por algunas de las corrientes más oscuras de la californian ideology.
De Ortega hasta Zuboff se dibuja con claridad un arco narrativo que enmarca el surgimiento de una nueva especie: el hombre-algoritmo. Se trata de un homínido que ya no necesita deliberar y que entrega su libertad y autonomía porque otros seleccionan la información que recibe, que ya no necesita contrastar porque el algoritmo confirma y amplifica permanentemente sus prejuicios y que tampoco necesita reflexionar porque la indignación se ha convertido en una forma más rentable de participación política. Es el cogito ergo sum (pienso luego existo) cartesiano vaciado de sentido y contenido.
El ecosistema cognitivo de este homínido es la infoesfera: un entorno unidimensional definido por la retroalimentación permanente de sus preferencias, emociones y prejuicios. Los algoritmos optimizan la exposición selectiva, fortalecen el aislamiento intelectual y reducen progresivamente la capacidad de la evidencia para modificar las convicciones. La posveracidad constituye el ethos de esa infoesfera no porque la verdad haya desaparecido, sino porque ha dejado de ser el criterio principal para formar opiniones o tomar decisiones: la verdad ya no libera. Lo decisivo ya no es la correspondencia con los hechos, sino la capacidad de una narrativa para confirmar y conformar identidades, movilizar emociones y reforzar creencias previas. Es, en esencia, una nueva caverna platónica: un espacio donde el individuo permanece rodeado de representaciones cuidadosamente personalizadas por el algoritmo, convencido de que contempla la realidad cuando solo observa una proyección de sí mismo.
La ciencia ficción llevó esa lógica hasta sus últimas consecuencias. En Idiocracy se concibe una sociedad en la que el entretenimiento ha sustituido por completo al conocimiento y en la que el presidente gobierna como una celebridad del espectáculo. Cuesta no establecer paralelismos con ciertos episodios recientes, en los que incluso una celebración en la Casa Blanca puede terminar convirtiéndose en un espectáculo de violencia cuidadosamente amplificado para el consumo mediático. En Majority Rule, cada ciudadano vota en tiempo real sobre el comportamiento de cualquier otra persona; cuando la desaprobación supera un umbral, la sanción es inmediata. No existen jueces independientes, ni debido proceso ni deliberación. Solo el tribunal permanente de la opinión pública. Las redes sociales son la nueva ágora: una gran plaza pública sin garantías, sin contexto y sin memoria, donde millones de personas pueden convertirse simultáneamente en jueces, fiscales y verdugos. No importa tanto quién tiene razón como quién consigue movilizar primero la indignación colectiva.
Del mundo distópico se deriva una cuestión directa que concierne a las democracias liberales actuales: la democracia necesita escuchar a todos los ciudadanos, pero no necesita convertir cada opinión viral en política pública. Esa confusión constituye uno de los síntomas más evidentes del surgimiento del hombre-algoritmo como sujeto político y del auge de las corrientes iliberales. Así, la política queda convertida en entretenimiento y la democracia incapaz de enfrentar problemas complejos. No hay memoria, no se sabe de dónde venimos ni lo que ha costado a nuestras sociedades la democracia liberal y representativa o la conquista de los derechos fundamentales. Se trata del asesinato conjurado de Mnemósine. Vale precisar que la democracia liberal representativa, no existe para reproducir de inmediato cada estado de ánimo colectivo. Existe precisamente para moderarlo a través de la deliberación, la evidencia, la ponderación y la responsabilidad que media entre la emoción del momento y la decisión pública que conduce a un linchamiento.
Con respecto al meta-algoritmo de nuestro tiempo, la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV, sobre la IA y la dignidad de la persona, es una lectura obligatoria que permite navegar con equilibrio en un debate que va más allá de las simplificaciones dualistas y de la que tomamos la siguiente cita: “En la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor.”
Con el trasfondo anterior, dejo las siguientes preguntas para la reflexión: ¿Acaso el hombre-algoritmo está construyendo su propia divinidad algorítmica? ¿Se le está dando forma a una divinidad nacionalista e identitaria que refleja, valida y amplifica identidades etnocéntricas y heteronormativas, una que habla de la piedad pero niega su eficacia? ¿Sepulcros blanqueados vacíos de alma? ¿Se le está dando forma a un cristianismo sin Jesús, sin el incómodo mensaje de dar al César lo que es del César, de amar al prójimo como a uno mismo y de comportarnos como el Buen Samaritano sin hacer distinción de quién es nuestro prójimo? ¿Se trata de una proyección desde la caverna de una individualidad colectivizada en una nueva y homogeneizante babel tecnológica? Como a los promotores de las corrientes más radicales de la californian ideology y sus acólitos (conscientes o no de ello) les encanta el lenguaje mesiánico y escatológico, quizá convenga que se miren en la imagen del Apocalipsis 13,15 y respondan: ¿Quién es o qué es la imagen que habla? “Y se le permitió infundir aliento a la imagen de la bestia, para que la imagen hablase e hiciese matar a todo el que no la adorase.”
Para concluir, en el caso dominicano, en términos sociológicos parece que el hombre-algoritmo se ha instalado como sujeto político y, de persistir en la deriva actual, el panorama electoral de 2028 difícilmente estará dominado por el debate de ideas. Se parecerá mucho más a un reality show de veinticuatro horas, donde la visibilidad sustituye al mérito, el espectáculo a la deliberación y el algoritmo al juicio político. El algoritmo de 2019 del presidente Fernández terminará convirtiéndose en árbitro y juez y elegirá mediante likes al próximo presidente de la República.
Colofón: Esta nota debe mucho a “El Primate Alineado”, un ensayo publicado ya hace cuatro años que anticipó algunos de estos temas.
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