El therianismo es una corriente de identidad contemporánea donde los individuos, conocidos como therians, se identifican espiritual o psicológicamente como animales no humanos (lobos, felinos, aves, entre otros). Aunque a menudo es despachado por la opinión pública como una simple excentricidad juvenil o una moda pasajera, un análisis sociológico riguroso revela que este fenómeno no es aleatorio: adquiere un marcado carácter de clase que se expresa a través del territorio, la gestión del tiempo y el poder adquisitivo.

En la geografía social de nuestras ciudades, el territorio dibuja la naturaleza de la identidad. Los barrios populares operan bajo una lógica de resistencia y sobrevivencia. En estos espacios, la identidad se construye cara a cara, cuadra a cuadra y calle a calle; el individuo es parte de una colectividad antes que cualquier otra cosa. En el entorno del barrio popular no hay espacio para el therianismo, porque no existe el tiempo ni el entorno simbólico para trazar un camino que aloje a un individuo que sienta y viva como un animal.

Por el contrario, en los sectores residenciales de clase media y alta, la identidad se presenta fragmentada, rota y volcada al consumo. Aquí, el joven no lucha por la sobrevivencia física, sino por la significación personal. El therianismo florece en estos entornos porque allí existe el “privilegio del tiempo”: ese excedente de horas y recursos que permite al individuo desconectarse de su entorno inmediato para vincularse, vía dispositivos globales, con neotribus que validan su deseo de ser "otro".

El joven therian de clase media busca en lo animal una autenticidad que el entorno urbano y tecnificado no le ofrece. Es un intento de romper con la artificialidad del asfalto y la pantalla, aunque, paradójicamente, utilice la misma pantalla para aprender a ser animal. En los sectores populares, el camuflaje es una herramienta de seguridad o pertenencia social (la jerga, la vestimenta). Adoptar una identidad animal en un sector popular resultaría en un camuflaje infuncional; una excentricidad que el código de calle no permite, pues no aporta a la red de protección colectiva.

Entre los sectores de baja renta y los de ingresos medios y altos, se dibujan fronteras claras entre la funcionalidad para la seguridad y la "humanización" animal. En el barrio popular, el animal es una herramienta: el perro que cuida el patio o el gato que controla las plagas. El animal posee un valor de uso y una distancia biológica marcada. En la clase media, por el contrario, el animal ha sido elevado a la categoría de "miembro de la familia", reconociéndosele derechos a la salud, a una dieta específica y, crucialmente, al cuidado de sus emociones; incluso, su muerte se procesa con el llanto ritual y el entierro solemne en cementerios especializados.

Esta elevación del animal a un plano de igualdad de derechos es el caldo de cultivo perfecto para el therianismo. Si el perro es un "igual" en términos de cuidado y afecto en el hogar de clase media, el joven encuentra un camino allanado para identificarse con esa criatura. La "humanización" de la mascota termina facilitando la "animalización" del individuo.

Es indiscutible la desigualdad en el acceso a la globalización digital, clave para interactuar con sujetos alineados en intereses y niveles de renta. Mientras en los sectores populares el internet se usa para la conexión social inmediata, en las clases medias y altas se utiliza para navegar en subculturas globales que requieren algoritmos específicos, manejo de idiomas y tendencias estéticas que solo pueden costear los jóvenes que deciden habitar el submundo del therianismo.

América Latina ha pasado de una visión rural, donde el animal era una herramienta de trabajo, a una visión urbana y posmoderna donde el perro, el gato o el animal silvestre son vistos como "prójimos".

Existe la tentación, ante este auge del animalismo —que muchos cuestionan por el olvido de los "sin techo" y el hambre—, de considerarlo una extensión extrema de la pérdida de identidad con la solidaridad humana. Sin embargo, como sociólogos, debemos entenderlo como un síntoma de la crisis de la identidad antropocéntrica. ¿Es que el ser humano ya no se siente cómodo estando solo en la cima de la creación?

El reto para nuestra sociedad no es la estigmatización o el diagnóstico clínico apresurado, sino la comprensión de estas nuevas formas de diversidad. El fenómeno therian nos obliga a hacernos una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿Es nuestra definición de "humano" lo suficientemente amplia para albergar a quienes encuentran su esencia en lo natural?

Estamos ante una revolución de la sensibilidad y una nueva construcción de la identidad desde la individualidad. Los permisos otorgados al campo religioso o al Estado para promover el “yo auténtico” están pasando al plano del "dejar hacer". El therianismo es el espejo de una época donde el "yo" es el territorio de la última libertad, y donde la frontera entre el cemento de la ciudad y el instinto de la selva se vuelve cada vez más delgada. El yo, el ego y la actuación sin la opinión del otro están secando en la sociedad el sentido de pertenencia al colectivo.

Domingo Matías

Municipalista

Sociólogo con más de 25 años al análisis de la institucionalidad municipal y a la investigación socio-política. Experto en temas de desarrollo local y reforma de la Administración Pública. Se desempeña como consultor para organismos nacionales e internacionales. Ha escrito varios libros enfocados en la descentralización del Estado y la participación democrática. Es uno de los sociólogos dominicanos más dedicado a la cuestión municipal.

Ver más