La primera mitad del siglo XX antillano produjo dos inteligencias destinadas a medirse en el terreno más arduo: el de la interpretación de la historia y del destino de sus pueblos. Jean Price-Mars quiso reconciliar a Haití con su herencia africana, combatir el desdén de las élites por lo propio y demostrar que la nacionalidad podía fundarse en la reivindicación de una comunidad racial y espiritual nacida de la epopeya emancipadora. Manuel Arturo Peña Batlle, por el contrario, sostuvo que la nación es una creación de la historia y que la dominicana había madurado bajo el influjo de la lengua española, la tradición jurídica castellana y una cultura hispánica y cristiana que el tiempo había sedimentado.
El conflicto era inevitable. Price-Mars veía en la isla una unidad humana escindida por accidentes políticos y atribuía la resistencia dominicana a prejuicios heredados y a una conciencia histórica falseada. Peña Batlle respondía que la raza no constituye una nacionalidad y que los pueblos se forman lentamente por la acción de la lengua, las instituciones, la religión y la memoria. Allí donde el haitiano descubría afinidades raciales, el dominicano advertía dos experiencias históricas divergentes y dos culturas llamadas a perseverar separadamente.
La controversia adquirió un relieve mayor cuando Price-Mars quiso extender los orígenes de Haití hasta la época colombina y presentar la historia de la isla como una continuidad. Peña Batlle replicó con la fuerza de los documentos. Demostró que la colonia francesa surgió tardíamente, después del Tratado de Ryswick de 1697, sobre una ocupación progresiva del occidente insular y sobre circunstancias históricas radicalmente distintas de las que habían dado forma a Santo Domingo. La tesis del Haití precolombino quedaba así reducida a una construcción literaria sin asidero histórico. Peña Batlle reconstruyo como un arqueólogo los antecedentes de la formación de la colonia de Saint Domingue, en su inigualable Isla de la Tortuga.
Y, sin embargo, aquel duelo estuvo presidido por una singular admiración recíproca. Price-Mars reconocía en Peña Batlle al intérprete más acabado del pensamiento dominicano y sabía que debía refutarlo para hacer triunfar sus propias tesis. Peña Batlle, a su vez, leyó con atención a su adversario y encontró en muchos de sus análisis la confirmación involuntaria de la singularidad histórica haitiana. No fue una disputa de hombres, sino una confrontación entre dos concepciones de la nación: una fundada en la raza y en la reivindicación histórica; la otra, en la cultura, la tradición y la continuidad espiritual. Desde entonces, esa discusión silenciosa continúa gravitando sobre la conciencia de la isla.
La raza no es la cultura
¿Por qué entre las dos lumbreras de la isla de Santo Domingo, Peña Batlle y Jean Price-Mars, se libraba una lucha sorda? ¿Por qué el primero insistía en el carácter hispánico de la cultura dominicana, mientras el segundo procuraba introducir a los negros y mulatos dominicanos, a fuerza de analogías raciales, dentro de la órbita espiritual de Haití? La respuesta no está en la biología, sino en la historia; no en la sangre, sino en las formas de vida; no en la naturaleza, sino en la cultura.
Toda la tragedia intelectual de esa controversia proviene de la confusión de dos órdenes distintos. El hombre pertenece simultáneamente a la naturaleza y a la cultura, pero ambos dominios obedecen a leyes diferentes. La raza es un hecho de la naturaleza; la cultura es una creación de la historia. Los rasgos físicos se heredan; las lenguas se aprenden. El color de la piel se recibe; la memoria colectiva se construye. La filiación biológica puede ser semejante entre dos pueblos, mientras sus universos morales, sus símbolos, sus instituciones y sus ideales resultan enteramente diversos.
Price-Mars comprendió admirablemente a Haití. Su grandeza consiste en haber explicado que aquella nación nació de una experiencia histórica excepcional: una masa de esclavos arrancados a múltiples pueblos africanos, privados de lenguas comunes, mezclados deliberadamente por los colonizadores para impedir la solidaridad, debió inventar, en medio de la opresión, los instrumentos de su unidad. Allí la raza se convirtió en una necesidad política antes que en una categoría antropológica. No existía todavía una cultura nacional acabada; era preciso fundarla. Y la fundación comenzó por la afirmación de una comunidad de destino.
De ahí la extraordinaria operación jurídica de la Constitución de 1805: todos los haitianos serían denominados negros, cualquiera que fuese el matiz de su piel. La ley abolía las diferencias cromáticas para afirmar una soberanía colectiva nacida del sufrimiento. Era una respuesta histórica a la esclavitud, una manera de impedir el regreso del antiguo amo. Sobre esa conciencia racial se injertaron luego el vudú, que había servido como sistema de cohesión espiritual, y el criollo, aquella lengua de encuentro que permitió la comunicación entre etnias africanas dispersas. Raza, religión popular y lengua se soldaron en un mismo bloque identitario.
Price-Mars elevó esa experiencia a la categoría de filosofía nacional. Combatió el "bovarismo colectivo" de las élites haitianas, su afán de convertirse en franceses de color, y les recordó que la dignidad no consiste en negar el origen, sino en asumirlo. Hasta ahí, su obra posee la nobleza de las grandes reivindicaciones culturales.
Pero cuando intentó explicar la República Dominicana tropezó con un fenómeno distinto. Quiso aplicar a una realidad histórica una fórmula nacida de otra experiencia. Confundió la semejanza física con la identidad cultural. Pensó que la proximidad racial debía producir afinidades espirituales. Y la historia se encargó de demostrarle que no era así.
La sociedad dominicana no surgió de una guerra de razas ni de una ruptura absoluta con Europa. Se formó lentamente, durante siglos, alrededor de instituciones hispánicas, de la lengua castellana y del catolicismo. En ella convivieron blancos, negros y mulatos, no como compartimentos estancos, sino como elementos de una comunidad que encontró su cohesión en una tradición cultural compartida. El mestizaje dominicano no fue únicamente biológico; fue, sobre todo, histórico y espiritual.
Peña Batlle comprendió este hecho con una claridad que a menudo se ha querido reducir a una polémica política. Para él, la dominicanidad no descansaba en la pureza de la sangre, porque tal pureza era inexistente. Descansaba en la continuidad de una tradición. Ser dominicano significaba participar de una lengua, de una memoria y de una concepción del mundo heredada de España y transformada en América. La Hispanidad no era una raza; era una cultura.
Aquí reside el equívoco esencial de Price-Mars. Acostumbrado a una sociedad donde la raza había sido el primer fundamento de la nacionalidad, le resultaba difícil admitir que un negro o un mulato pudiera sentirse plenamente identificado con una tradición cultural europea sin experimentar por ello alienación alguna. Interpretaba esa adhesión como un rechazo de sí mismo, cuando en realidad era la consecuencia natural de una historia distinta.
Porque el hombre no vive únicamente de sus genes. Vive también de las palabras que habla, de los dioses que venera, de las leyes que respeta y de las historias que escucha desde la infancia. Dos pueblos pueden compartir un mismo origen biológico y habitar universos culturales opuestos. El Mediterráneo separó durante siglos a cristianos y musulmanes de razas semejantes; la India alberga pueblos físicamente próximos que pertenecen a civilizaciones diversas; América Latina ofrece innumerables ejemplos de comunidades racialmente mezcladas cuya identidad se define por la cultura antes que por la sangre.
La antropología moderna ha terminado por reconocer esta evidencia: las culturas no son el reflejo de las razas. Entre unas y otras no existe una relación necesaria. Las diferencias culturales proceden de acontecimientos históricos, de contactos, de aislamientos, de migraciones y de decisiones colectivas. La naturaleza establece ciertas condiciones; la cultura inventa los significados.
En este sentido, la controversia entre Peña Batlle y Price-Mars constituye una de las discusiones más profundas del Caribe. No enfrentaba a un hispanista contra un africanista. Enfrentaba dos concepciones del hombre. Una, nacida de la revolución haitiana, veía en la raza el punto de partida indispensable de la identidad nacional. La otra, heredera de la tradición hispánica, consideraba que la cultura podía absorber y trascender las diferencias biológicas.
Ambas posturas eran comprensibles dentro de sus respectivas experiencias históricas. Pero sólo una de ellas podía explicar la singularidad dominicana. Porque la nación dominicana, con todos sus matices étnicos y sociales, jamás se pensó a sí misma como una comunidad racial. Se pensó como una continuidad histórica. Su conciencia colectiva se alimentó del idioma español, de la tradición cristiana y de la pertenencia a un mundo cultural más vasto que las determinaciones del color.
Y acaso ésta sea la lección última que la antropología puede extraer de aquella disputa silenciosa. Los hombres nacen en la naturaleza, pero sólo existen plenamente en la cultura. La raza pertenece al orden de los hechos; la cultura, al reino de las significaciones. Confundirlas es empobrecer a ambas. Separarlas no implica negar la historia biológica del hombre, sino reconocer que su verdadera grandeza reside en haber creado, por encima de la sangre y del instinto, ese inmenso universo simbólico que llamamos civilización.
El drama intelectual que separó a Peña Batlle de Price-Mars no puede comprenderse si se le reduce a una querella de historiadores o a un antagonismo de temperamentos. Ambos eran hombres cultos, profundamente patriotas y sinceramente convencidos de servir a la verdad histórica. Pero estaban prisioneros, cada uno, de una experiencia nacional distinta, y acaso irreconciliable. Uno veía la historia desde la continuidad de una cultura; el otro, desde la memoria de una liberación. Uno creía que la nación se funda en una tradición; el otro, que nace de una reivindicación. Y de esas dos matrices surgieron dos maneras opuestas de concebir el destino de la isla.
Peña Batlle jamás concibió la desaparición de Haití; al contrario, deseaba su estabilidad y su progreso, porque sabía que la paz dominicana dependía de la existencia de un vecino organizado y seguro de sí mismo. Pero afirmaba, con igual firmeza, que cada pueblo debía realizarse dentro de sus propios moldes históricos. La República Dominicana tenía derecho a ser dominicana y Haití a ser haitiano. Entre ambos debía existir no sólo una frontera política, sino una frontera espiritual: la que separa dos lenguas, dos tradiciones religiosas, dos memorias colectivas y dos maneras de comprender la vida. Su nacionalismo, tantas veces reducido a fórmulas simplistas, era, en esencia, una teoría del pluralismo histórico. Los pueblos no son agregados biológicos ni piezas intercambiables; son organismos morales cuya cohesión depende de una memoria compartida. Exigirles que renuncien a ella equivale a pedirles que abdique de sí mismos.
Price-Mars contemplaba el problema desde otro ángulo. La tragedia de Haití consistía, a sus ojos, en haber conquistado la libertad sin alcanzar todavía el reconocimiento universal. El haitiano seguía siendo juzgado por el color de su piel, seguía sintiéndose aislado y seguía percibiendo el peso de los prejuicios heredados del mundo colonial. Esa experiencia de exclusión le llevó a sospechar que la afirmación dominicana de su singularidad ocultaba una negación de la comunidad racial insular. Ahí aparece la contradicción más profunda de su pensamiento. Porque fue suficientemente lúcido para denunciar los prejuicios raciales y suficientemente generoso para proclamar la dignidad espiritual del hombre por encima de sus características físicas; pero se resistía a admitir que un pueblo compuesto mayoritariamente por negros y mulatos pudiera definirse culturalmente fuera de la órbita haitiana.
Esperaba de los dominicanos un gesto semejante al que reclamaba de sus compatriotas: la aceptación de una identidad fundada primordialmente en la raza y en una experiencia histórica de raíz africana. Y cuando comprobaba que los dominicanos persistían en reconocerse en la lengua española, en el catolicismo y en una tradición hispánica secular, interpretaba esa fidelidad como una alienación o una negación de sí mismos. He ahí el límite de su admirable inteligencia. Porque los pueblos no eligen su historia en abstracto. Son el resultado de siglos de acontecimientos acumulados. La cultura no es una doctrina que pueda imponerse desde fuera; es una sedimentación de hábitos, recuerdos y símbolos. Un dominicano de piel negra podía sentirse heredero de la tradición hispánica con la misma naturalidad con que un haitiano se reconocía en la epopeya de Dessalines. Ninguno estaba obligado a renunciar a su memoria para satisfacer las categorías intelectuales del otro.
Y, sin embargo, en las últimas páginas de su obra, Price-Mars deja escapar una inquietud sombría. Observa la persistencia del nacionalismo dominicano y cree ver en ella la manifestación de un prejuicio insuperable. Invoca a Casandra y llega a insinuar que, si una de las dos comunidades no modifica radicalmente su actitud, la isla podría encaminarse hacia la destrucción de una por la otra. Es una afirmación terrible, no porque anuncie una guerra, sino porque revela un fatalismo histórico: la idea de que la coexistencia sería imposible mientras subsistan dos soberanías, dos memorias y dos voluntades nacionales.
Precisamente ahí Peña Batlle se aparta de él. Para el pensador dominicano, la soberanía no era un accidente político ni una concesión transitoria, sino la expresión jurídica de una personalidad histórica. Renunciar a ella habría significado admitir que la nación dominicana carecía de legitimidad propia y debía disolverse en una entidad superior determinada por la geografía o por la raza. Peña Batlle rechazaba esa conclusión porque conocía una verdad elemental de la historia: las naciones no desaparecen cuando son diferentes; desaparecen cuando dejan de creer en sí mismas. La diferencia no conduce fatalmente al exterminio. Lo que conduce al exterminio es la convicción de que la diversidad constituye una anomalía intolerable.
Acaso ahí resida la tragedia intelectual de Price-Mars: haber defendido con pasión el derecho de Haití a ser distinto y no haber comprendido plenamente el derecho de la República Dominicana a perseverar en su propia diferencia. Su profecía nace del temor; la doctrina de Peña Batlle, de la voluntad. Uno veía en la soberanía dominicana una barrera artificial levantada por el prejuicio; el otro la consideraba el fruto legítimo de una evolución secular. La experiencia demuestra que la isla de Santo Domingo no es una unidad natural condenada a una sola solución política. Es una dualidad histórica. Y las dualidades históricas no se resuelven por absorción ni por aniquilamiento, sino por el reconocimiento recíproco de sus diferencias. Sólo cuando cada pueblo acepta que el otro tiene derecho a existir según sus propias leyes espirituales, la frontera deja de ser una trinchera y se convierte en una forma superior de convivencia.
El meollo de la fractura haitiana, tal como la percibía Peña Batlle, era simple y a la vez difícil de superar: Haití convirtió una circunstancia histórica —la lucha del esclavo negro contra el amo blanco— en el principio permanente de su identidad nacional. Mientras otras naciones fundaron su conciencia colectiva sobre una lengua, una tradición jurídica, una religión o una cultura compartida, Haití la edificó sobre una experiencia de liberación racial. La independencia no fue solamente la conquista de la soberanía; fue también la derrota de una raza por otra. De ahí que la figura del blanco dejara de ser un adversario histórico para convertirse en una categoría moral y política, excluida jurídicamente durante más de un siglo y asociada al temor de una restauración colonial.
Pero una identidad fundada sobre la negación del otro termina por reproducir sus antagonismos en su propio seno. Desaparecido el blanco del escenario, la fractura no desapareció con él: se desplazó. Negros contra mulatos, Norte contra Sur, élites contra masas, ciudad contra campo. La Guerra de los Cuchillos, las matanzas bajo Dessalines, las persecuciones de Soulouque y el negrismo radical de Duvalier representan, desde esta perspectiva, episodios diversos de una misma dificultad: sustituir la solidaridad racial de la revolución por una ciudadanía asentada en instituciones y cultura comunes.
Price-Mars comprendió admirablemente la herida originaria, pero creyó posible resolverla mediante una síntesis armoniosa entre África y Francia. Su obra es, en gran medida, un esfuerzo por transformar un desgarramiento en una armonía y una guerra de memorias en una conciencia nacional reconciliada. Peña Batlle objetaba precisamente ese punto. Porque si una nación se define primordialmente por la raza, tenderá a interpretar las diferencias culturales como desviaciones o traiciones. Y si considera que la cultura es apenas una manifestación secundaria de la raza, le resultará difícil aceptar que un pueblo vecino, compuesto también por negros y mulatos, se reconozca en otra lengua, otra religión y otra tradición histórica.
Lo que Peña Batlle rechazaba no era Haití, sino la pretensión de universalizar su experiencia histórica. Cada nación tiene derecho a elaborar su propia síntesis espiritual. Haití puede reivindicar la epopeya de Dessalines, el criollo y sus tradiciones populares; la República Dominicana puede afirmarse en la lengua española, el catolicismo y su herencia hispánica. El conflicto comienza cuando una de esas experiencias pretende convertirse en paradigma obligatorio para la otra. En el fondo, la fractura no es racial sino filosófica: consiste en sustituir la cultura por la raza como fundamento último de la nacionalidad. Cuando eso ocurre, la historia deja de ser un diálogo entre memorias para convertirse en una disputa interminable sobre agravios y exclusiones.
No hay hispanofilia en quien ama la lengua que habla, la memoria que lo formó y la tradición espiritual en que nació. La incomprensión comienza cuando se pretende reemplazar la historia por la biología y la cultura por la raza. Un pueblo no es una pigmentación ni una suma de caracteres físicos: es una continuidad moral, una manera de sentir el mundo, un legado de palabras, creencias y recuerdos transmitidos de generación en generación. Quienes imaginan que la República Dominicana debe deshispanizarse para encontrarse a sí misma olvidan que nadie se encuentra negando su pasado. La negritud, convertida en principio exclusivo de identidad, representa un retorno a la naturaleza; la hispanidad es una forma de cultura, una victoria de la historia sobre el instinto. Se puede renegar de la tradición, pero no abolirla; se puede injuriar la memoria, pero no reemplazarla por el vacío. Porque los pueblos que dejan de reconocerse en lo que son, terminan por no saber tampoco lo que desean ser
Los seguidores dominicanos de Price Mars
Una parte considerable de la historiografía dominicana del siglo XX abandonó la defensa de la tradición para abrazar una filosofía de la negación. Tomó de Jean Price-Mars la idea de una comunidad insular fundada en la raza y la biología; del marxismo, la reducción de la cultura a simple reflejo de intereses económicos; y de ambas doctrinas elaboró una síntesis precaria que terminó por combatir aquello mismo que explicaba la existencia histórica de la nación dominicana.
ras Peña Batlle se alinearon historiadores de vasta erudición, como Emilio Rodríguez Demorizi y Máximo Coiscou Henríquez, convencidos de que la dominicanidad era una construcción histórica asentada en la lengua española, en la tradición jurídica castellana y en una memoria colectiva forjada durante siglos. Ninguno de ellos ignoró la diversidad racial del pueblo dominicano; simplemente entendieron que la raza no basta para explicar una nación y que la cultura es una realidad más profunda y más duradera que la biología.
Pero a partir del llamado Movimiento Renovador y del influjo de las ideologías revolucionarias de la segunda mitad del siglo XX, apareció una corriente distinta. Sus representantes adoptaron el vocabulario del marxismo, aunque muchas veces su verdadera inspiración procedía de las tesis fusionistas elaboradas décadas antes por Price-Mars. Combatieron la hispanidad como si fuera una máscara colonial, denunciaron la tradición como una forma de alienación y reinterpretaron la historia nacional como un largo error que debía ser corregido mediante una solidaridad insular superior. Bajo la consigna del antiimperialismo, insinuaron que la soberanía dominicana era una noción secundaria y que la isla debía marchar hacia una comunidad política o cultural más amplia, opuesta al poder norteamericano.
Así, la antigua controversia cambió de escenario. Ya no era solamente un diálogo entre Puerto Príncipe y Santo Domingo; era una discusión librada en el interior mismo de la conciencia dominicana. De un lado, quienes afirmaban que una nación sólo puede existir si permanece fiel a su memoria histórica; del otro, quienes juzgaban esa memoria como un obstáculo para alcanzar una identidad nueva. Y acaso ahí resida la permanencia de Peña Batlle: en haber advertido que los pueblos no desaparecen únicamente por la fuerza de las armas, sino también cuando dejan de creer en las razones espirituales que justifican su existencia.
En el pensamiento antillano del siglo XX pueden distinguirse tres grandes corrientes. La primera es la corriente historicista e hispánica, para la cual la nación dominicana constituye una realidad histórica singular, fundada en la lengua española, la tradición jurídica castellana y la continuidad de una cultura propia. A ella pertenecen Manuel Arturo Peña Batlle, Emilio Rodríguez Demorizi, Máximo Coiscou Henríquez y, con matices diversos, Sócrates Nolasco. Todos ellos entienden que la nación es una obra de la historia y no una consecuencia de la raza.
La segunda corriente es la del indigenismo haitiano y la unidad insular, cuyo exponente más brillante fue Jean Price-Mars. Su tesis central consiste en afirmar que la isla posee un sustrato humano común, un magma racial y cultural que las contingencias históricas separaron artificialmente. Desde esta perspectiva, la hispanidad dominicana sería una construcción ideológica destinada a ocultar una realidad étnica compartida y a justificar la separación política.
La tercera corriente surgió en la República Dominicana al calor del marxismo universitario y del llamado Movimiento Renovador. Sus representantes adoptaron la crítica social marxista, pero terminaron convergiendo, muchas veces sin declararlo expresamente, con las tesis fundamentales de Price-Mars. Importaron las tesis de la igualdad biológica con los haitianos como forma de unidad. Figuras como Emilio Cordero Michel, Hugo Tolentino Dipp, Franklin J. Franco y una cuadrilla de autores revisionistas cuestionaron la hispanidad como fundamento del ethos nacional, interpretaron la independencia como un episodio condicionado por intereses de clase y vieron en la solidaridad insular una alternativa frente al imperialismo extranjero. La raza sustituyó gradualmente a la cultura; la negritud pasó a ser presentada como horizonte identitario; y la tradición hispánica fue descrita como una alienación histórica.
Así quedó planteada una controversia que aún no concluye. De un lado, quienes sostienen que la nación es una herencia espiritual, una memoria y una cultura; del otro, quienes creen que la historia debe ser rehecha desde la raza, la lucha social o la geografía insular. Entre ambas posiciones discurre, desde hace un siglo, el gran debate dominicano: si la República es una continuidad histórica que debe preservarse o una construcción provisional llamada a disolverse en una entidad más amplia. Y acaso no exista cuestión más grave, porque en ella se decide no sólo cómo interpretar el pasado, sino también si la nación posee, o no, el derecho de perseverar en aquello que la hizo posible.
La hispanidad dejó de ser para ellos una tradición viva y se convirtió en una impostura; la lengua española, en instrumento de dominación; la religión, en superestructura; la memoria nacional, en un prejuicio colectivo. Bajo el disfraz de una ciencia inexorable, rehabilitaron la tesis de la isla una e indivisible, exaltaron el "intercambio genético" como destino histórico y presentaron la soberanía dominicana como una anomalía nacida del miedo. Pero los pueblos no se sostienen sobre abstracciones biológicas ni sobre resentimientos ideológicos. La nación dominicana existe porque una comunidad humana decidió perseverar en una tradición particular, conservar una lengua, una memoria y una forma de civilización. Y quien combate esos fundamentos, aun creyéndose revolucionario, no inaugura una patria nueva: contribuye, consciente o inconscientemente, a la disolución de la que recibió en herencia.
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