“Más que maquinaria, necesitamos humanidad. Más que astucia, necesitamos bondad y gentileza. Sin estas cualidades, la vida será violenta y todo estará perdido”. —Charlie Chaplin—
La política es el arma del hombre moderno que, abandonando la beligerancia para la obtención de la obediencia, optó por la defensa de unos principios básicos instaurados en su psique y parte de un conjunto de herramientas filosóficas destinadas a la conquista del poder con sólida convicción ideológica y ejecución pragmática de los deseos colectivos, por vía de la persuasión que le permita la participación de otras voluntades.
Es la fuente primigenia de la interpretación del espectro social desde un prisma particular con el que el hombre aspira, desde su entendimiento de los hechos, a lograr o encaminar la resolución de problemas de la comunidad y el establecimiento de una nación que surja del consenso y la aprobación de las masas. No es una mera interpelación del influencer a las emociones humanas, mucho menos una estratagema electorera que juega a la distracción para evitar una confrontación temática sobre aspectos cotidianos en la escala de necesidades de la gente.
Es una actividad que involucra y necesita gente que replique y promueva un conjunto de ideas en torno a las garantías sustentadas en una administración capaz de enderezar el curso de una historia que, vista desde esa realidad espectral, difiere o afirma una visión grupal del manejo de lo público. Convoca al esfuerzo individual de hombres y mujeres unidos y comprometidos con la causa, formados y forjados bajo los influjos de otros hombres de valía ancestral y reconocimiento irrefutable ante sus pares.
De esa disciplina, noble y justa, surge una herramienta biológica mecánicamente diseñada para la captación de adeptos que, como él, hagan del grupo un estilo de vida. Vida que se circunscribe a la plataforma que se convierte en su razón de ser. Podrá, por carencia o ambigüedades epistemológicas, no entender del todo el ideario impuesto como regla desde la instancia superior, pero daría sus mejores años por una causa asumida como propia y defendida con garras y dientes.
Es el artífice natural de esas victorias que se obtienen en espacios pequeños, solo visibles a partir de la muestra general emitida por algún órgano oficial, muchas veces ignoradas por los usufructuarios de su capacidad de convencer y persuadir. Como toda máquina, ha perdido, por desconsideración e ingratitud, el valor que poseía antes de la moderna forma de medir el éxito; es obsoleto para gobernar, necesario para ganar e ignorado para lo demás.
El dirigente, otrora campeón de batallas, ya no forma parte del inventario del poder ni juega papeles estelares en la dirección de lo público; su misión está exclusivamente diseñada para dar forma desde abajo al traje que brilla en los despachos donde las decisiones escapan a su limitado conocimiento. Es un pasivo coyuntural en la contabilidad partidaria, un activo insuficiente para entender la naturaleza del poder. Un activo roto, reemplazable, cuyo fin es defender la causa y regalar el beneficio sin derecho a quejarse o a replegarse.
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