Para muchos, la celebración de la Semana Santa es simplemente un periodo de vacaciones, pero para quienes profesan la fe cristiana se trata de un momento que debe invitar a una profunda reflexión sobre nuestro accionar, que nos permita valorar cada una de las virtudes que debemos emular, e identificar las malas acciones y defectos humanos que debemos rechazar.
Contrario a lo que muchos piensan, las malas acciones humanas y la pérdida de valores no es un hecho exclusivo de la actual sociedad, simplemente está más expuesta a todos porque vivimos frente al telón del espectáculo de las redes sociales que exhiben y exaltan lo que hace la gente, pero la dicotomía del bien y del mal es parte de la naturaleza humana y existe desde el inicio de los tiempos.
Al leer los evangelios sabiamente escogidos para el tiempo de la Cuaresma comprobamos que la hipocresía, la arrogancia, la ambición, la injusticia, el egoísmo, la traición, la debilidad, la irresponsabilidad, la falta de misericordia, la maldad y la crueldad, fueron sufridas incluso por el hijo de Dios, pues su Reino no era de este mundo y no podía ser comprendido y aceptado por quienes despreciaban su humildad y rechazaban la Verdad expresada en sus palabras que cuestionaba sus malas conductas, a pesar de que pretendían hacerlas en nombre de Dios.
Un Cristo Rey que buscó a las personas más simples para acompañarlo, y a un burro para montarse en su lomo para hacer su entrada triunfal a Jerusalén, es el portavoz de un mensaje que muchos en su tiempo no estaban preparados para escuchar y mucho menos aceptar, y que todavía hoy a más de dos mil años resulta difícil asumir, porque la vanidad, el poder, las riquezas terrenales desgraciadamente deslumbran las almas de muchos y vivir conforme a las enseñanzas de Jesús, aun cuando seamos cristianos, sigue siendo un arduo camino que las tentaciones hacen desviar.
Probablemente casi todo el que lea la crueldad con que despreciaron, humillaron y maltrataron a Jesucristo sienta indignación, así como sentirá repugnancia respecto de Judas Iscariote, el apóstol que lo traicionó y vendió por 30 monedas de plata, y los sumos sacerdotes que, nublados por el odio, pagaron ese precio de sangre para desaparecer al Mesías que no estaban dispuestos a aceptar porque los sacaba de su cómoda visión de Dios, y rechazo por la irresponsable y cobarde acción de Poncio Pilato, que simplemente lavó sus manos ante la injusticia de entregar a un inocente para que una muchedumbre enardecida por el odio le diera el peor castigo, la crucifixión y muerte; y al mismo tiempo sentirá admiración por la infinita devoción de su madre, la Virgen María, quien junto a María Magdalena lo acompañaron hasta su muerte, por la misericordia del Cirineo que ayudó a Jesús a cargar con la cruz hasta el Gólgota, y la valentía de José de Arimatea que se atrevió a pedir a Pilato su cuerpo para darle sepultura.
Sin embargo, lo más importante sería que podamos de forma sincera auscultar nuestro interior para pasar balance a nuestras acciones e identificar en cuáles momentos hemos actuado como algunos de estos deleznables personajes, si nos hemos dejado llevar por el rito de la forma farisaicamente y despreciamos la bondad del alma, y si nuestras acciones son las de un buen o un mal prójimo con respecto a los más débiles, o si erróneamente pensamos que basta honrar a Dios de palabra y no en los hechos.
Las 30 monedas con que vendieron a Cristo representan la más abominable de las traiciones, y ese acto de vil entrega, el mayor pecado cometido, así como el accionar de los líderes del momento, los sumos sacerdotes, la más cruel injusticia e hipocresía, pero a diario otras tantas monedas siguen seduciendo a muchos que sucumben a la tentación de la codicia y venden sus almas, su honra, su dignidad y sacrifican a personas con tal de acumular poder y fortuna en esta tierra, así como otros utilizan sus posiciones de poder para erigirse en dueños del destino de sus pueblos, buscando enriquecerse, exaltarse, controlar a la gente y adueñarse de todo sembrando tempestades, olvidando la levedad y finitud de nuestro paso por esta tierra y el testimonio de humildad de Jesús a lomos de un burro. Que en estos días nuevamente resuenen estas verdades para que se caigan muchas máscaras, pongamos a prueba nuestra fe antes de que el gallo cante tres veces, y comprendamos cuán frágil es la vida, y que la mayor bendición es poder ser dignos de alcanzar la eternidad.
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