La amenaza más seria para la verdad no aparece cuando alguien miente, sino cuando una sociedad pierde la capacidad de distinguir entre una afirmación, una sospecha, una acusación, una evidencia y una sentencia.

La fuerza destructiva del discurso mediático contemporáneo no reside únicamente en que alguien diga algo falso, porque esa sería todavía la forma más sencilla del problema y quizá la más fácil de identificar, mientras que el poder verdaderamente perturbador comienza antes, cuando una voz con capacidad de amplificación selecciona lo que merece ser visto, establece el tono con que deberá ser escuchado, confiere credibilidad diferencial a unas fuentes frente a otras e introduce una sospecha donde solo había incertidumbre. El medio no transmite simplemente una realidad, sino que contribuye a construir el escenario perceptivo y emocional dentro del cual esa realidad será comprendida, de modo que conviene distinguir con precisión entre el hecho que ocurrió y el reflejo mediante el cual terminamos conociéndolo.

Los estudios sobre el discurso televisivo han mostrado que esa comunicación es polifónica, que las voces se retoman, reformulan y reinterpretan unas a otras hasta el punto de que la interacción deja de ser sucesión de argumentos para volverse negociación y apropiación de palabras ajenas, aunque lo decisivamente nuevo de nuestro tiempo no sea ese fenómeno lingüístico, presente desde siempre en la conversación humana, sino la escala que ha adquirido gracias a un participante que no habla pero interviene de manera permanente, un sistema de distribución digital que decide qué fragmento reaparecerá, qué controversia obtendrá nueva circulación y qué emoción encontrará millones de oportunidades de reproducción. El Digital News Report 2026 del Reuters Institute permite dimensionar esa transformación, dado que en los 48 mercados estudiados las redes sociales y las plataformas de video se convirtieron por primera vez, en promedio, en la vía más utilizada para acceder a noticias, con el 54% de los encuestados, mientras la confianza general cayó al 37%, el nivel más bajo desde 2015 (Egan et al., 2026).

Ese desplazamiento hacia plataformas que las audiencias tienden a considerar menos confiables coincide con una alteración de la escala que resulta, a mi juicio, más grave que la mentira aislada, porque cuando cada irregularidad se presenta como el mayor escándalo, cada dificultad económica como una catástrofe inminente y cada adversario como un delincuente, las palabras siguen existiendo aunque pierdan su capacidad de gradación, dejando a la sociedad sin el vocabulario necesario para distinguir torpeza de dolo, negligencia de corrupción o desacuerdo de traición. La investigación empírica ayuda a comprender por qué ese aprendizaje se produce con tanta eficacia: Vosoughi, Roy y Aral (2018) analizaron cerca de 126 000 historias difundidas en Twitter entre 2006 y 2017, encontrando que las falsedades verificadas viajaban significativamente más lejos, más rápido y más profundamente que las informaciones verdaderas, además observaron que las falsedades eran más novedosas y sus respuestas contenían con mayor frecuencia sorpresa, miedo y disgusto, sin que los robots explicaran la diferencia, puesto que aceleraban contenidos verdaderos y falsos a ritmos similares, lo cual sitúa la responsabilidad principal en el comportamiento humano y no exclusivamente en la arquitectura técnica que lo amplifica.

Existe aquí una forma particularmente contemporánea de lo escatológico. El discurso apocalíptico clásico anunciaba un desenlace, mientras cierta comunicación actual parece necesitar que el desenlace nunca llegue. La crisis definitiva de hoy deberá ser sustituida por otra mañana, porque el miedo necesita continuidad, la indignación necesita culpables y el espectáculo necesita renovación. Podríamos hablar, en ese sentido, de una escatología secular de la noticia, una narración que mantiene a la sociedad permanentemente a las puertas del colapso sin permitir que el colapso se consume, porque el fin debe volver a anunciarse en la siguiente emisión. Su consecuencia más profunda no es únicamente exagerar los acontecimientos, sino desgastar la escala con la que una comunidad distingue lo grave de lo excepcional y lo excepcional de lo verdaderamente terminal.

Brady, Wills, Jost, Tucker y Van Bavel (2017) encontraron, al estudiar más de medio millón de mensajes políticos moralizados, que cada palabra moral-emocional adicional incrementaba la difusión en aproximadamente un 20%, efecto que bautizaron como contagio moral, mientras que Brady, McLoughlin, Doan y Crockett (2021), tras estudiar más de doce millones de mensajes y experimentos preregistrados, comprobaron que la recompensa social recibida tras expresar indignación aumentaba la probabilidad de futuras expresiones de indignación, de manera que el comunicador termina aprendiendo cómo debe indignarse para conservar a su audiencia en lugar de limitarse a descubrir lo que ella ya piensa. Ese circuito transforma la vieja representación de un emisor activo que manipula a una audiencia pasiva en una relación circular donde el comunicador estimula una emoción, la audiencia la recompensa, la plataforma registra esa recompensa y el algoritmo devuelve mayor visibilidad al contenido, hasta que la repetición empieza a funcionar como sustituto de la corroboración y una sensación colectiva de evidencia se instala aunque ninguna evidencia nueva haya aparecido realmente.

El resultado es un fenómeno más profundo que la simple repetición. Una afirmación puede comenzar como insinuación, reaparecer como pregunta, convertirse después en controversia y regresar finalmente como antecedente conocido. Ninguno de esos desplazamientos tiene que haber añadido una prueba. Sin embargo, la acumulación produce una impresión social de consistencia. La repetición fabrica densidad. Lo reiterado parece más documentado, lo compartido más cierto y lo indignante más probado, aunque numerosas voces puedan estar remitiendo en realidad a una única afirmación originaria.

Cinelli et al. (2021), al estudiar más de cien millones de contenidos en Facebook, Reddit, Twitter y Gab, hallaron agrupamientos homofílicos relevantes junto con diferencias sustanciales entre plataformas, lo que impide sostener que las redes sociales produzcan un único efecto universal y obliga a mantener frente al alarmismo el mismo rigor que le reclamamos al periodismo. Hannah Arendt (1958) sigue resultando pertinente aquí, porque una sociedad plural puede vivir de perspectivas distintas sobre una realidad compartida siempre que conserve el mundo común que hace posible discutir, de modo que la dificultad radical no aparece cuando discrepamos sobre el significado de un hecho, sino cuando dejamos de necesitar el hecho para sostener la discrepancia.

Wardle y Derakhshan (2017) distinguieron entre misinformation, disinformation y malinformation, siendo esta última la categoría que mejor explica buena parte del daño reputacional contemporáneo, puesto que permite exhibir una cifra verdadera ocultando su denominador o repetir obsesivamente una excepción hasta convertirla en regla, de manera que una reputación puede destruirse sin necesidad de inventar una sola frase falsa. Habermas (2022) ha vuelto sobre la esfera pública transformada por la digitalización advirtiendo que su preocupación no reside en que existan más voces, sino en que las arquitecturas algorítmicas fragmenten la conversación en espacios cerrados que dejan de encontrarse en una deliberación común, lo que exige preguntarse no solo quién puede hablar sino bajo qué condiciones podemos escucharnos, dado que multiplicar los emisores democratizó la palabra pública sin garantizar la calidad epistémica de lo que circula.

La UNESCO (2023) sostiene que enfrentar la desinformación debe hacerse preservando simultáneamente la libertad de expresión y la rendición de cuentas, lo cual descarta la censura como respuesta razonable y obliga a distinguir un hecho comprobado de una inferencia, una inferencia de una sospecha y una sospecha de una acusación, diferencias aparentemente técnicas que en el fondo son profundamente morales. Si el viejo poder mediático podía influir sobre lo que una población pensaba y la teoría de la agenda mostró posteriormente su capacidad para determinar sobre qué asuntos pensaba, el ecosistema contemporáneo añade una dimensión más íntima. Estamos ante una forma de poder sobre la percepción. No necesita ordenar una conclusión. Le basta organizar la atención, distribuir temores, anticipar culpables y predisponer emocionalmente aquello que después creemos examinar racionalmente. El poder ya no consiste solamente en decirnos qué pensar ni sobre qué pensar, sino en contribuir a establecer qué debemos sentir antes de haber pensado.

De ahí que la responsabilidad intelectual de quien posee una voz pública no se agote en evitar la mentira explícita, sino que exija resistirse a transformar la incertidumbre en certeza por conveniencia, impedir que la repetición adquiera categoría de prueba y sostener, frente a la tentación permanente de la indignación rentable, una disciplina de la evidencia proporcional a la mediación que hoy atraviesa casi todo lo que llamamos realidad compartida.

 

Referencias

Arendt, H. (1958). The human condition. University of Chicago Press.

Brady, W. J., McLoughlin, K., Doan, T. N., & Crockett, M. J. (2021). How social learning amplifies moral outrage expression in online social networks. Science Advances, 7(33), eabe5641. https://doi.org/10.1126/sciadv.abe5641.

Brady, W. J., Wills, J. A., Jost, J. T., Tucker, J. A., & Van Bavel, J. J. (2017). Emotion shapes the diffusion of moralized content in social networks. Proceedings of the National Academy of Sciences, 114(28), 7313–7318.

https://doi.org/10.1073/pnas.1618923114

Cinelli, M., De Francisci Morales, G., Galeazzi, A., Quattrociocchi, W., & Starnini, M. (2021). The echo chamber effect on social media. Proceedings of the National Academy of Sciences, 118(9), e2023301118. https://doi.org/10.1073/pnas.2023301118

Egan, J., Robertson, C. T., Ross Arguedas, A., Newman, N., Nielsen, R. K., Mukherjee, M., & Fletcher, R. (2026). Reuters Institute Digital News Report 2026. Reuters Institute for the Study of Journalism. https://doi.org/10.60625/risj-4vgf-s811

⁠Habermas, J. (2022). Reflections and hypotheses on a further structural transformation of the political public sphere. Theory, Culture & Society, 39(4), 145–171.

https://doi.org/10.1177/02632764221112341

Newman, N., Fletcher, R., Robertson, C. T., Eddy, K., & Nielsen, R. K. (2026). Digital News Report 2026. Reuters Institute for the Study of Journalism.

UNESCO. (2023). Directrices para la gobernanza de las plataformas digitales. Salvaguardar la libertad de expresión y el acceso a la información con un enfoque de múltiples partes interesadas.

Vosoughi, S., Roy, D., & Aral, S. (2018). The spread of true and false news online. Science, 359(6380), 1146–1151.

https://doi.org/10.1126/science.aap9559

Wardle, C., & Derakhshan, H. (2017). Information disorder: Toward an interdisciplinary framework for research and policy making. Council of Europe.

Pedro Ramírez Slaibe

Médico

Dr. Pedro Ramírez Slaibe Médico Especialista en Medicina Familiar y en Gerencia de Servicios de Salud, docente, consultor en salud y seguridad social y en evaluación de tecnologías sanitarias.

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