En dos artículos anteriores me referí a las enormes desigualdades de ingreso y nivel educativo, y a cómo estas influyen en los valores y posiciones políticas de las clases sociales y las mujeres. En esta ocasión, el objetivo es destacar cómo las desigualdades afectan también, de forma diferenciada, el imaginario político de la juventud dominicana.

Partimos del supuesto de que la juventud no es homogénea, sino que está estratificada por clases y género; por tanto, el mito esencialista de la juventud «apática», de «cristal», «conservadora» o «revolucionaria» hay que deconstruirlo y situar a los jóvenes en su contexto, como un sujeto histórico y socialmente determinado.

Por otro lado, proponemos entender que los imaginarios políticos son los valores, las creencias y los soportes simbólico-culturales que le dan sentido a la participación de los ciudadanos en la esfera pública. «Lo imaginario social —dice Castoriadis— es, primordialmente, creación de significaciones y creación de imágenes o figuras que son su soporte». Tiene que ver con la construcción del sentido de nosotros, a partir de los ideales y principios culturales que hacen posible la integración y cohesión de las naciones y las sociedades.

Sin embargo, en la actualidad, las enormes desigualdades que predominan en la sociedad dominicana están deteriorando los valores y principios de igualdad, integración y solidaridad que hacen posible que podamos vivir juntos en una sociedad de ciudadanos.

Desde este punto de vista, partimos del supuesto de que el proceso de modernización neoliberal experimentado por la sociedad dominicana en las últimas cuatro décadas está configurando grandes desigualdades sociales que erosionan el imaginario de los valores democráticos en la juventud dominicana.

Lo primero es destacar que legalmente en la República Dominicana se considera joven el segmento de población entre los 15 y 35 años (Ley 49-00). Desde esta noción ampliada de juventud, los jóvenes representan casi el 50 % de la población dominicana. Sin embargo, para fines estadísticos internacionales se suele medir entre los 15 y 24 años; aun así, constituyen una cantidad significativa, entre el 17,98 % y el 18 %, de la población total del país.

La República Dominicana tiene una de las economías más dinámicas y de mayor crecimiento en la región, por encima del 4 % anual. Pero, paradójicamente, en ese mismo proceso produce una juventud con grandes desigualdades. El desempleo juvenil ronda entre el 12 % y el 14,8 %, una tasa que duplica el promedio nacional que, según el Banco Central (BC), se sitúa por debajo del 5 %.

Actualmente, según los datos del Banco Central (BC), el salario promedio de los jóvenes dominicanos varía significativamente. Para quienes recién ingresan sin experiencia al mercado laboral (generalmente entre 25 y 29 años), el salario se sitúa cerca de los 17 000 pesos mensuales. Para aquellos que tienen estudios, el sueldo medio es de aproximadamente 25 000 pesos al mes. A nivel general (incluyendo todas las edades), el salario promedio de los trabajadores formales está entre los 21 825 y los 23 357 pesos, muy por debajo de la canasta familiar, que ronda los 45 000 y 50 000 pesos mensuales. Sin mencionar que los jóvenes del sector informal perciben un salario menor.

Además, la juventud es el grupo mayoritario que percibe el salario mínimo legal según el tamaño de la empresa. En todos los escenarios, el salario promedio de los jóvenes dominicanos es muy precario, muy por debajo de la canasta familiar, lo que pone en evidencia que crecemos económicamente, pero sin igualdad ni solidaridad social.

En términos del acceso a la educación superior, la juventud actual se puede dividir en tres categorías o tipos ideales. En primer lugar, los herederos: aquellos que provienen de familias con una posición económica privilegiada de clase alta y media alta, y que pueden costear universidades privadas —nacionales o extranjeras— para sus hijos. En segundo lugar, los subsidiados: los jóvenes de los campos y los barrios populares de las grandes ciudades, provenientes de familias de clase media baja, que acceden al sistema de educación superior pública financiado por el Estado. Y, en tercer lugar, una categoría que podemos llamar jóvenes precarizados del campo y los barrios populares, que por provenir de familias en condiciones económicas precarias y tener un nivel educativo bajo no logran acceder a la educación superior, y muchos no consiguen terminar el bachillerato.

Según los datos estadísticos disponibles en la web, que solo alcanzan hasta el 2024, la matrícula de estudiantes universitarios rondaba los 520 524. De ese total, las instituciones privadas (incluyendo universidades e institutos de educación superior) reciben aproximadamente 360 463 estudiantes, lo que representa el 69,2 %, con una representación femenina que supera el 65 %. Mientras tanto, la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), que es la mayor institución de educación pública, registró para la misma fecha 160 061 estudiantes del total universitario, para un 30,7 %, con una fuerte presencia femenina del 71,22 %.

Asimismo, del total de jóvenes que cursan el bachillerato solo el 75 % logra concluirlo —una deserción del 25 %— y, de esa población que termina el bachillerato, solo el 55-57 % continúa con estudios universitarios. Es decir que más de la mitad de los estudiantes del bachillerato no logran alcanzar estudios universitarios, lo que reproduce las condiciones socioeconómicas de jóvenes precarizados: desempleados, trabajadores ocasionales e informales con salarios precarios.

Por un lado, los jóvenes herederos de la clase alta y media alta, por su posición social familiar y su burbuja de privilegios, tienden a identificarse con el individualismo libertario, la ideología meritocrática y las políticas neoliberales, y a rechazar la intervención pública del Estado orientada a reducir las brechas sociales. Es un grupo generacional que procura derrumbar la escalera después de haber alcanzado un mayor prestigio y estatus social.

Los subsidiados de la clase media baja son quienes más dependen de la solidaridad y la intervención social del Estado; por tanto, tienden a apoyar políticas públicas que garanticen la equidad laboral y la educación pública para los más necesitados. Políticamente reivindican la ideología progresista y revolucionaria, y están más dispuestos a participar en protestas y movimientos sociales que garanticen la sostenibilidad medioambiental, la equidad de género y la justicia social.

Por otro lado, los precarizados, que por su incertidumbre económica y bajo nivel educativo dependen de los servicios públicos del Estado, tienden a identificarse con los discursos y los líderes autoritarios que prometen seguridad, certidumbre y salvación, como las ideologías conservadoras y el neopopulismo.

Como conclusión, debemos reconocer que, en el marco de este escenario de modernización, crecimiento económico, informatización, individualización y desigualdades múltiples, la juventud actual está siendo impactada por un nuevo imaginario político que pone en peligro los valores que le dan sentido a la democracia dominicana. Detener o revertir esta tendencia es el gran reto de la sociedad dominicana.

Wilson Castillo

Sociólogo, profesor.

Wilson Castillo es un sociólogo dominicano, investigador y docente universitario, reconocido por sus aportes al estudio de la sociedad dominicana, particularmente en las áreas de teoría social, sociología política, cultural y, su impacto en la juventud dominicana. Es egresado de la Escuela de Sociología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), institución en la que también ha desarrollado una destacada trayectoria como profesor e investigador.

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