Los resultados electorales de varios países de América Latina durante el último año muestran que la política en la región experimenta un giro hacia la derecha. En Chile, Perú y Colombia ganaron las opciones de derecha: en Chile por amplio margen, en Perú y Colombia por una pequeña diferencia.
En esos mismos países gobernaron antes presidentes identificados con la izquierda, y antes de ellos, presidentes de derecha. Lo mismo puede decirse de Argentina, Brasil, Ecuador, Bolivia, Costa Rica, Honduras.
O sea, más que de un giro a la derecha, habría que hablar de giros, o de política pendular.
¿Qué significa esto? Que el gobierno, independientemente de la posición ideológica que asuma, no ha logrado satisfacer suficientemente las expectativas de la mayoría de la ciudadanía.
Así que, donde no han caído las democracias electorales competitivas, y existen opciones polarizantes, la insatisfacción social se canaliza con giros políticos. Ni contigo ni sin ti.
Claro, hay consecuencias políticas para cada país según la orientación ideológica del gobierno de turno, pero el punto a resaltar aquí es que, en las sociedades contemporáneas, los gobiernos, independientemente de su orientación ideológica, enfrentan grandes dificultades para impulsar políticas públicas que sean populares y se sostengan en el tiempo.
Esta situación se presenta no solo en América Latina. En Estados Unidos, en la última década, se han alternado con un solo período de gobierno el Partido Republicano y el Partido Demócrata. Gran Bretaña, en los 10 años del Brexit, ha tenido seis primeros ministros de distintas orientaciones ideológicas.
En Alemania, ninguno de los dos partidos políticos principales (demócrata cristiano y socialdemócrata) ha podido por sí solo formar gobierno de mayoría. En Francia, en los últimos años, el presidente ha tenido dificultad para elegir y mantener un primer ministro, por las coaliciones precarias en el parlamento entre partidos de derecha e izquierda.
La explicación de este fenómeno radica en que, si bien los partidos políticos y los candidatos movilizan el electorado para conquistar su voto con proclamas ideológicas, una vez en el poder enfrentan dificultades para impulsar políticas públicas que mantengan compactas sus bases electorales, o ampliarlas. Con un electorado disminuido en el poder, al llegar el nuevo proceso electoral tienden a perder.
Esas dificultades no son solo el resultado de la incapacidad de los gobernantes, sino también de sus limitaciones para impulsar reformas económicas sostenibles que satisfagan amplios segmentos de la sociedad, dadas las expectativas de bienestar de la población y los altos niveles de acumulación de riqueza que predominan.
Las políticas públicas elitistas de la derecha (aun si tienen retórica populista) son excluyentes de las mayorías, y las políticas públicas populistas de la izquierda pueden producir distorsiones económicas; pero si los gobiernos no las impulsan, pierden credibilidad por abandonar sus promesas de campaña.
Entre insatisfacciones, la política se mueve en un vaivén entre derecha e izquierda. Quien está en la oposición hace grandes promesas; quien está en el gobierno debe ingeniársela para no naufragar rápidamente.
En este momento prevalece la ultraderecha, hasta que se agote su ciclo. Lo mismo ocurrió con la ola previa de izquierda.
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