Recientemente, un partido de fútbol entre las selecciones de República Dominicana y Haití trajo a colación una serie de comentarios y decires, tanto de un lado como del otro, que hicieron aflorar actitudes nacionalistas que en nada ayudan a la situación que ambos pueblos están viviendo actualmente en este ámbito.

Por parte del Gobierno se tomaron decisiones que en nada ayudan, cuando previamente debió estudiarse el caso con cierta objetividad, como lo hizo la Fundación Zile, que ofreció un estudio pormenorizado de los hechos, buscando ayudar más que echarle leña al fuego.

La situación es que la gente, tanto dominicanos como haitianos, ve con simpleza lo que está pasando. Es triste cómo cada día crece la desconfianza entre ambas naciones y sus nacionales. Somos conscientes de la triste situación de Haití, de su pobreza, falta de institucionalidad, orden y paz, y del conformismo de que la solución a sus problemas venga de fuera, en lugar de que se geste un verdadero esfuerzo de sus fuerzas internas para estabilizar la nación, hacer que el orden y el respeto institucional vuelvan al país y comenzar a trabajar de manera orgánica por el desarrollo económico y social de la sociedad haitiana, con una agenda bien definida para luchar contra la pobreza que allí existe.

También a todo esto hay que unir lo nuestro, pues en parte nos beneficiamos de toda esta situación. En su desesperación por buscar alternativas de vida, los haitianos vienen en masa a nuestro país de manera ilegal a hacer lo que sea, sobre todo esos trabajos fuertes en la construcción y la agricultura, aunque ya tienen presencia en casi todos los renglones de producción y oficios dominicanos. El Gobierno, cada cierto tiempo, sale con las llamadas «camionas» a recoger a los haitianos que encuentra para deportarlos, pero en todo el trayecto que va desde el apresamiento del haitiano hasta la frontera hay toda una estela de corrupción por parte de los agentes del servicio migratorio, y la situación sigue igual. Las medidas gubernamentales y los pronunciamientos del Ejecutivo en nada ayudan a paliar la situación, pues tal parece que hoy, como nunca antes, ha habido una verdadera agenda para tratar el problema y buscar soluciones reales por parte nuestra.

Entonces, ahí es donde se ceban los nacionalismos de ambos lados, nutridos por la ignorancia y la irracionalidad de ambos pueblos. Haitianos que ni saben lo que dicen, pues tal parece que poco les importa su país, sino simplemente salir y, desde la diáspora, pronunciar sandeces en torno a una «leyenda urbana» —como dicen los jóvenes de hoy— alrededor de una indivisibilidad isleña que estuvo en la mente de un personaje de la historia, pero que la historia transcurrida y actual nos enseña e invita a vivir en función de lo que tenemos.

Dominicanos que no ven más allá de sus narices, nutridos también de «leyendas urbanas» en torno a los migrantes haitianos, algunas promovidas por líderes que todavía destilan ignorancia, pues ni siquiera terminaron el bachillerato. Estos convocan a la gente, y muchos los siguen como borregos, sin pensar ni medir lo que la torpeza de un chovinismo barato puede producir, con consecuencias de las cuales podríamos lamentarnos por el resto de nuestra existencia y de las que pedimos al Todopoderoso que nos libre.

El camino de estas dos alas de una misma ave que surca las aguas del Caribe es crear lazos y un clima de confianza que nos ayuden a superar nuestros problemas propios de nación, así como a ayudarnos y caminar juntos, creando puentes entre las dos naciones, como el deporte y otras iniciativas, y no muros nacionalistas e irracionales que nos separen más de lo que estamos y creen tensiones que no deben darse entre nosotros como pueblos.

William Arias

Vicario de Pastoral de la Arquidiocesis de Santiago. Administrador parroquial de la parroquia santuario Divino Niño. Director de la Escuela de Teología de la PUCMM Santiago. Secretario de la Comisión Nacional de la Animación Bíblica de la Pastoral.

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