Sin lugar a dudas, Estados Unidos está atravesando una de sus peores crisis después de la segunda guerra mundial, con consecuencias insospechables para el resto del mundo, en particular los países latinoamericanos y del caribe como la República Dominicana.
De manera que, sin importar desde que perspectiva se mire –izquierda, centrista o de derecha, progresista o conservador- hay que recordar que los que pasa en Estados Unidos afecta a la República Dominicana por muchas razones: porque es nuestro principal socio comercial, el refugio donde residen la mayor cantidad de dominicanos en el exterior, el territorio de donde se envían la mayor cantidad de remesas para las familias pobres dominicanas y, el lugar donde, históricamente, se ha desarrollado una comunidad de dominicanos que han echado raíces y participan como ciudadanos en las actividades económicas, sociales, políticas y culturales en esta nación.
De manera que nuestra intención es destacar varias etapas que nos ayuden a entender las raíces y complejidad de la crisis actual de Estados Unidos. Sin embargo, antes de proceder, hay que aclarar varias cosas. La primera es que la noción de crisis, no significa una etapa terminar, que se esté produciendo la muerte del capitalismo, sino que, el capitalismo (estadounidense) está atravesando una transición hacia un esquema más nacionalista y proteccionista. Segundo, que cualquier intento de pensar la presente crisis, siempre será parcial e insuficiente, por las características y complejidades de ese país: su condición de potencia hegemónica mundial y de Estado-nación. Como también, por supuesto, por la subjetividad, limitaciones y preferencias político-ideológico del autor.
Por tanto, vamos a partir de varias conjeturas. Primera conjetura. Donald Trump no es la causa de la crisis, sino una consecuencia del incremento de la desigualdad social, la desconfianza en las instituciones políticas tradicionales, el deterioro de capital o la cohesión social y, el giro conservador que ha experimentado la cultura de los Estados Unidos en las últimas cuatro décadas. Segunda, la presente crisis, no es exclusivamente económica, sino, fundamentalmente, política, social y cultural y, tercera conjetura, la salida o “superación” de la crisis, no vendrá del exterior, de los gobiernos autoritarios de China o Rusia –como han señalados algunos- sino de la capacidad de organización, innovación y movilización de la sociedad civil estadounidense, los movimientos sociales, la opinión pública, los partidos, líderes y ciudadanos democráticos y progresistas.
(1) Hay que entender que el liderazgo autoritario (antidemocrático) y conservador de Donald Trump no es la causa, sino la consecuencia del malestar generado por a) el descontento sociopolítico producido por la implementación de las políticas neoliberales, b) la globalización económica y las precariedades del mundo del trabajo, c) el individualismo y la falta de cohesión e integración social en la esfera civil y d) del auge del fundamentalismo cultural (religioso y nacionalista) en los Estados Unidos.
El líder, es decir, el representante de una causa, unos principios, valores, un movimiento político o cultural que las personas o las masas están dispuestas a seguir, nunca surge en el vacío, sino bajo determinadas condiciones sociales históricamente estructurada, no elegida por él, pero que tiene el poder, el potencial, de reproducir mediante su capacidad de acción e intervención en la sociedad.
En este caso, Donald Trump no es más que la cabeza visible de un malestar, una crisis o trauma social que se viene consolidando en los Estados Unidos desde la década del ochenta. Trump, se ha fortalecido porque ha contado con el apoyo institucional del Partido Republicano, un descontento generalizado por las condiciones socioeconómicas, una retórica nacionalista y neopopulista que ha capitalizado el descontento de los ciudadanos. Su capacidad de actuación, performer y su discurso nacionalista, han conectados con los mayores temores, incertidumbres y emociones de los grupos sociales afectados por las crisis.
Este descontento social ha sido promovido y amplificados por los medios de comunicación convencionales y las plataformas digitales, convirtiendo a Donald Trump en un mesías, un salvador, una “superestrella” de la política a nivel mundial. De manera que la llegada de Trump al poder, está relacionada –no determinada- con la evolución de las crisis de determinadas condiciones sociales histórica y estructuralmente determinadas.
(2) Segunda conjetura: la crisis no es exclusivamente económica. Después de la era del baby boom: desde la segunda guerra mundial, hasta mediado de los setenta, tres décadas de desarrollo económico, democracia liberal, cohesión social y progresismo cultural en la sociedad estadounidense, el gobierno de Jimmy Carter tuvo que enfrentar la crisis del petróleo a nivel mundial (1978-79), y la humillación política de la prolongada toma de la embajada estadounidense en Teherán Irán en 1979.
En este contexto, de crisis económica, y desconfianza política, se produce la llegada de Ronald Reagan a la presidencia de los Estados Unidos. Reagan, al igual de Trump, surgió con la promesa de resolver la crisis económica, restaurar el dominio imperial y, la confianza de los ciudadanos en las instituciones políticas estadounidenses. Un “outsider del sistema político tradicional”, un hombre del mundo del espectáculo, nacionalista, conservador que, iniciaría la aplicación de las políticas económicas neoliberales, el desmonte de las políticas sociales del Estado de bienestar y, encabezaría el movimiento cultural conservador en los Estados Unidos.
A partir de los años ochenta, Ronald Reagan se constituyó en el representante de las políticas económicas del laissez faire del economista Milton Friedman y la figura más significativa del conservadurismo cultural de los Estados Unidos. A Reagan, se le relaciona con la defensa de los que el sociólogo norteamericano Samuel Huntington definió como los rasgos principales de la identidad nacional de los estadounidenses: Blanco, Anglosajón y Protestante (WASP). Desde este punto de vista, las minorías étnica-raciales como los negros, hispanos, hindús, asiáticos se estigmatizarían como un obstáculo para la estabilidad, la integración y la cohesión social de la sociedad estadounidense.
En los Estados Unidos, Ronald Reagan inauguró una transición conservadora, caracterizada por a) la hegemonía del mercado frente al Estado, b) reducción de las políticas públicas de protección del Estado a los trabajadores y, c) de oposición al progresismo cultural, en contra de los movimientos sociales que luchan por la legalización del aborto, los derechos de los homosexuales, del humanismo laico, de los derechos civiles de las minorías raciales, en oposición a la educación secular e inclusive a la música popular rock y la cultura Hippies.
A principio de la década del noventa, bajo la presidencia de George Bush (padre), se produjo la caída del Muro de Berlín, la desintegración de la Unión de República Socialista Soviética (URSS) y, se inició la era de la globalización. La caída de la Unión Soviética representó el triunfo del capitalismo sobre el socialismo y la llegada de un Mundo Unipolar dominado por los Estados Unidos, los que Francis Fukuyama llamaría el “El fin de la historia” y el triunfo de la democracia liberal en el mundo.
En esta coyuntura, se incrementaron y aceleraron los flujos transfronterizos de bienes, industrias, capitales y personas alrededor del mundo. Los que el sociólogo Anthony Giddens llamó un “mundo desbocado y sin fronteras”. Una economía abierta y deslocalizada y, sin lealtades nacionales. Pero, como veremos en el próximo artículo, esta confianza en la globalización cambio rápidamente y, pasamos de un exacerbado optimismo a un pesimismo inmovilizador.
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