Como es habitual, en la pasada Semana Santa un sector de la Iglesia social se manifestó sobre lo que entiende el estado de situación de la sociedad dominicana en sus perspectivas social y política. Y, como es recurrente, con punzantes y consistentes críticas a la sistémica condición de desigualdad y agobio en que discurre la cotidianidad de la gente, a las inaceptables exclusiones sociales y políticas que lanzan a la desesperanza a vastos sectores sociales, principalmente los pobres. Son los términos en que por décadas se expresa ese sector del catolicismo, esta vez en un contexto nacional e internacional particular que obligan a una reflexión colectiva e interpela a los sectores políticos y económicos que se reparten el poder en las diversas instancias del Estado. No solo a estos, sino a quienes se lo disputan.
Llamo iglesia social, la que se expresa en diversas encíclicas que condenan las condiciones de miseria y explotación de millones de seres humanos a través de lo que ella hoy llama capitalismo salvaje, la que condena la hipocresía e inacción de aquellos que cobijados en su grey saliendo del oficio religioso tratan como esclavos y explotan inmisericordemente a sus trabajadores, a esa valiosa solera eclesial que desde siglos se ha mantenido y que expresan sus fieles más consecuentes: aquellos que en verdad han asumido la defensa del oprimido, que codo a codo se mantienen junto a los sectores más pobres y vulnerables (hay ricos que a cierta edad y en determinadas situaciones también son vulnerables) y de donde salen sus mejores herejes….
Esa Iglesia social arriba definida, se diferencia del catolicismo político que, contrario a sus institucionalmente limitadas prerrogativas, arbitrariamente pretende confundirse con las instituciones políticas y con el Estado para, a través de un sector de la clase política decididamente pusilánime, obligar todos los ciudadanos, creyentes o no, a aceptar dogmas religiosos que, como tal, son estrictamente de la esfera de lo privado. Nada que ver con lo público. Se diferencia del catolicismo ideológico/cultural irrespetuoso de toda expresión o forma de religión o espiritualidad que, con indiscutible legitimidad, practican millones de seres humanos en todo el mundo. Es el sector al que se subordina el poder, en esta como en las últimas Semana Santa, para perseguir, hostigar y prohibir expresiones religiosas o de espiritualidad como el gagá.
En los referidos sermones, se señalaron algunos lastres de la sociedad dominicana y del sistema político que, desde hace décadas, lejos de solucionarse se agravan en términos tangibles e intangibles, por ejemplo: la necesidad de un uso racional de los recursos, de evitar los efectos de la gran crisis que vive el mundo, que ante dificultades que producen las guerras de agresión de las grandes potencias, "los únicos que están obligados a sacrificarse son los de abajo, los más pobres". Condenan la "falta de oportunidades de empleo y mejores salarios e incertidumbre" fundamentalmente de la población joven. Además, a la corrupción, el debilitamiento de la democracia y una cotidianidad que se sufre básicamente en la esfera de la salud, entre otras falencias del sistema.
La angustia expresada en esos sermones no es solo la de esos religiosos de la Iglesia social, es también la de vastísimos sectores sociales en todas las esferas de la sociedad, conscientes de la permanencia de estos lastres acentuados por la incapacidad de ponernos de acuerdo de manera efectiva sobre temas cardinales del sistema político, por la incompetencia en el manejo de lo público, la voraz acumulación de riqueza de algunos y la lujuria política de otros (la lujuria, además de por la carne, también existe por el poder, advierte Umberto Eco). Cierto es que no todo es negativo, como sociedad hemos mejorado en cuestiones importantes, pero la permanencia y acentuación de algunos lastres determina una percepción, y en gran medida realidad, de que no vamos por buen camino.
En la generalidad de encuentros, colectivos o de singulares interlocutores, esa percepción es irrefrenablemente asociada a la próxima fecha del calendario electoral del país: las elecciones del 2028. En esos encuentros, se expresan reiteradamente la magnitud de los problemas que en diversos órdenes y de carácter endémicos padece el país, agravados por el momento crítico que vive el mundo y por la desconfianza que sobre la capacidad para enfrentarlos tienen de las fuerzas políticas tanto del sistema, como las que se piensan alternativas. Quizás sea esta desconfianza, cada vez más angustiante y acentuada, independientemente de estar o no basada en datos reales, una de las principales amenazas para el futuro del país.
Es en ese sentido, es recurrente la pregunta sobre si el liderazgo que tenemos y más específicamente, si quienes conducirían el país después de los resultados electorales de la fecha arriba referida serían capaces de enfrentar exitosamente los graves problemas que, por décadas, cada Semana Santa denuncia la Iglesia social dominicana. Son cuestiones claves sobre las que tenemos que reflexionar, además sobre los actos de destrucción de las infraestructuras básicas de algunos países del medio oriente, con un saldo mortífero de cientos de miles de niños e inocentes masacrados por las bombas lanzadas por los escuadrones de exterminio de seres humanos que gobiernan en Israel y los EE. UU.
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