“David se volvió Goliat” es una metáfora que, en términos históricos, parecía impensable en el imaginario colectivo. Israel, en su nacimiento, era el pequeño David rodeado de amenazas de grandes y pequeños pueblos. Pero con el paso del tiempo ese David se armó hasta los dientes y se transformó en una potencia militar regional. La ocupación de territorios palestinos, el control militar y la expansión de asentamientos han alterado profundamente la balanza. Hoy, quien alguna vez fue símbolo de supervivencia y resistencia aparece también como un poder militarmente dominante en la región.

Las acciones de ocupación, los bloqueos y los desalojos han marcado la vida cotidiana de los palestinos durante décadas. Pero al mismo tiempo, el conflicto no puede entenderse únicamente desde una lógica bilateral. Las grandes potencias han influido constantemente en el tablero. A veces han contribuido a escalar las tensiones; otras han administrado equilibrios precarios que rara vez abordan las raíces del problema. Estados Unidos, Europa, Rusia y diversos actores regionales han proyectado intereses estratégicos, militares y geopolíticos que con frecuencia han relegado el sufrimiento humano a un segundo plano.

En ese contexto, la dimensión militar del conflicto resulta central. Israel posee una poderosa industria armamentista propia, pero continúa dependiendo de importaciones para sistemas estratégicos como aviones de combate, misiles y tecnologías de defensa aérea. Según datos del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), entre 2019 y 2023 aproximadamente el 69 % de las armas importadas por Israel provinieron de Estados Unidos, mientras Alemania aportó cerca del 30 % e Italia alrededor del 1 %.

En el comercio global de armas, Israel representa cerca del 1.9 % de las importaciones mundiales, aunque simultáneamente figura entre los principales exportadores de tecnología militar. Esta estructura refleja una dependencia estratégica particularmente fuerte de Washington y, en menor medida, de la industria militar europea.

El respaldo estadounidense es especialmente significativo. Desde 2019 ambos países mantienen un acuerdo de asistencia que garantiza 3.8 mil millones de dólares anuales, de los cuales 3.3 mil millones se destinan a financiamiento militar y 500 millones al desarrollo de sistemas de defensa antimisiles como Iron Dome y Arrow. Esta ayuda equivale aproximadamente al 16 % del presupuesto militar israelí.

Tras el inicio de la ofensiva guerrerista de Israel en Gaza en 2023, el Congreso estadounidense aprobó paquetes extraordinarios que elevaron el apoyo total a entre 6.8 y casi 18 mil millones de dólares en el primer año del conflicto, superando ampliamente el monto regular. En perspectiva histórica, Israel es el mayor receptor acumulado de ayuda exterior de Estados Unidos, con más de 150 mil millones de dólares recibidos desde mediados del siglo XX, en su mayoría destinados al ámbito militar.

La persistencia del conflicto también produce beneficios para diversos actores. En el plano económico, empresas de defensa y seguridad, tanto israelíes como de países proveedores, obtienen contratos multimillonarios de armamento, drones, sistemas de vigilancia y tecnologías antimisiles. En el plano político, varios gobiernos utilizan el conflicto para reforzar alianzas estratégicas, justificar mayores presupuestos militares o consolidar su influencia geopolítica en Medio Oriente. Incluso en el plano interno, actores políticos en ambos lados pueden capitalizar el conflicto para movilizar identidades nacionales, reforzar narrativas de seguridad o consolidar apoyo doméstico.

Como principio ético y político irrenunciable, resulta necesario tomar distancia de toda forma de terrorismo, venga de donde venga y se justifique con la ideología que se justifique: sea de derecha, de izquierda, nacionalista, religiosa o de cualquier otra naturaleza. La violencia deliberada contra civiles, el odio entre pueblos y la glorificación de la guerra no pueden constituir caminos legítimos para resolver conflictos humanos. La defensa inequívoca de la paz, la convivencia y el respeto a la dignidad de todas las personas debe afirmarse como un compromiso irrenunciable.

La solidaridad entre los pueblos, la cooperación internacional y las relaciones bilaterales basadas en la justicia, el derecho y el reconocimiento mutuo deben orientar el horizonte de la convivencia global. Frente a las lógicas de aniquilación o dominación, la única salida verdaderamente humana y sostenible es la construcción paciente de acuerdos, la protección de la vida y el compromiso con una paz justa y duradera.

Por eso, los ataques del 7 de octubre de 2023 perpetrados por Hamás contra civiles en una fiesta y en otras localidades dentro de Israel, son moral y políticamente condenables y deben ser rechazados sin ambigüedad. Ninguna causa política puede justificar la violencia deliberada contra población civil.

Pero esos acontecimientos no pueden convertirse en una excusa del Estado de Israel para la destrucción indiscriminada ni para profundizar prácticas que el pueblo palestino viene denunciando desde hace más de medio siglo, como son la ocupación prolongada, expansión de asentamientos, bloqueos y operaciones militares que han provocado enormes pérdidas humanas y una crisis humanitaria persistente. Condenar el terrorismo y, a la vez, exigir el respeto al derecho internacional y la protección de los civiles debe ser un principio coherente y universal.

Sin embargo, aun reconociendo ese entramado de intereses y presiones externas, la responsabilidad última no puede diluirse en la geopolítica. Recae, en última instancia, en las decisiones humanas concretas y en la voluntad política de quienes conducen el destino de ambos pueblos. El futuro no se construirá únicamente con superioridad militar ni con muros cada vez más altos, sino con liderazgos capaces de imaginar una convivencia distinta.

Aquí el papel del liderazgo es decisivo. Los pueblos suelen cargar con las inercias del miedo, la memoria herida y la desconfianza acumulada. Solo liderazgos con visión histórica y coraje moral pueden romper esos ciclos. Liderazgos que no se alimenten del agravio perpetuo ni del cálculo electoral inmediato ni de la sangre de los pueblos, sino de una comprensión más profunda de lo humano y de la responsabilidad histórica que implica gobernar en medio de un conflicto prolongado.

Ese horizonte no es únicamente político; también es profundamente humano. Se trata de dejar de ver al otro como una amenaza permanente y comenzar a reconocerlo como un igual en dignidad. No se trata de quién posee más fuerza militar ni quien es David o Goliat, sino de quién es capaz de ceder, de construir puentes y de imaginar un futuro donde la convivencia sea posible.

Las grandes tradiciones espirituales de la región recuerdan precisamente esa dimensión ética. En la tradición cristiana se expresa en el espíritu de Jesús, centrado en la compasión radical, el amor al prójimo y la reconciliación incluso en medio del conflicto. Pero ese llamado no pertenece exclusivamente al cristianismo. El Corán también convoca a la misericordia, a la justicia y al trato digno hacia el otro, insistiendo en que la verdadera piedad se manifiesta en la equidad y en la contención frente a la injusticia.  El judaísmo invoca la acogida a otros pueblos.

Por eso, judíos, cristianos y musulmanes, pese a sus diferencias teológicas y a sus historias conflictiva, comparten un humus moral común que podría servir de base para una ética de la coexistencia. Recuperar ese sustrato no es un ejercicio ingenuo de espiritualidad abstracta, sino una necesidad política de primer orden.

Tal vez la pregunta decisiva de nuestro tiempo no sea quién tiene más poder sobre la tierra disputada, sino quién será capaz de inaugurar una nueva imaginación moral en la región. Si el David que se volvió Goliat encuentra la grandeza en la contención y el exterminio, y si del lado palestino emerge también un liderazgo comprometido con la vida y no con la lógica de la aniquilación, entonces la historia, siempre abierta, podría comenzar a girar.

La paz duradera nunca ha nacido de la humillación permanente del adversario. Nace, más bien, cuando los gigantes descubren que su verdadera estatura se mide por la justicia que son capaces de practicar y por la humanidad que se atreven a reconocer en el rostro del otro.

Bernardo Matías

Antropólogo Social

Bernardo Matías es antropólogo social y cultural, Master en Gestión Pública y estudios especializados en filosofía. Durante 15 años ha estado vinculado al proceso de reformas del sector salud. Alta experiencia en el desarrollo e implementación de iniciativas dirigidas a reformar y descentralizar el Estado y los gobiernos locales. Comprometido en los movimientos sociales de los barrios. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, la Universidad Autónoma de Santo Domingo –UASD- y de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales –FLACSO-. Educador popular, escritor, educador y conferencista nacional e internacional. Nació en el municipio de Castañuelas, provincia Monte Cristi.

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