La semana pasada el libro El cerebro femenino de Louann Brizendine, neurobióloga y neuropsiquiatra ocupo nuestra atención. Para seguir el debate sobre el tema traigo los planteamientos de Daphna Joel y Cordelia Fine. Joel, neurocientífica israelí que aboga por el neurofeminismo y Fine, psicóloga, neurocientífica británica que aborda críticamente el concepto de neurosexismo.
Brizendine pone énfasis en que el cerebro femenino está profundamente influido por las hormonas; Joel, desarrolla la teoría del cerebro mosaico, formado por una combinación única de características que aparecen con mayor frecuencia en hombres o en mujeres; y Fine, desde el concepto de neuroplasticidad enfatiza las influencias de la educación, la cultura y las expectativas sociales en la diferenciación entre mujeres y hombres.
Tres mujeres y un tema, el cerebro femenino. Joel y Fine ponen el acento en la idea de que la diferenciación entre hombres y mujeres no reside en cuestiones de naturaleza biológica, como afirma Brizendine, sino en la incidencia que los factores sociales y culturales tienen a lo largo del proceso de socialización.
En su teoría el cerebro como “mosaico”, Daphna Joel dice que los estudios de neuroimagen muestran que no existen dos tipos de cerebro distintos, sino que cada cerebro está conformado por una combinación única de características que pueden aparecer con mayor frecuencia en hombres o en mujeres. Su combinación forma un mosaico y no una categoría binaria.
Señala, además, que la mayoría de los cerebros no son ni típicamente masculinos, ni femeninos; que las diferencias cerebrales en promedio son pequeñas y se superponen, poniendo énfasis en los factores sociales, culturales y las experiencias de vida en el continuo desarrollo del cerebro. Más que un determinismo sexual rígido, enfatiza la interacción entre biología y ambiente.
El aporte principal de Cordelia Fine se enmarca en su crítica al uso exagerado o incorrecto de la neurociencia para justificar estereotipos de género, acuñando el concepto de neurosexismo, rechaza que haya evidencias científicas suficientes para establecer diferencias en inteligencia, habilidades o comportamientos entre hombres y mujeres.
En su libro Delirio de género, ella plantea que muchos estudios sobre dichas diferencias se han hecho con muestras no representativas y asumiendo exageradas interpretaciones; al ser altamente neuroplástico, el cerebro cambia con la interacción de factores externos, y que son los estereotipos de género los que influyen en el rendimiento cognitivo.
El debate entre “mente y cuerpo” no es nuevo. Nos viene desde el pensamiento griego y más ampliamente conocida el dualismo asumido por René Descartes que sostenía que la mente (conciencia, pensamiento, etc) y el cuerpo (materia, cerebro) son entidades distintas y separadas, no reducibles la una a la otra.
Esta concepción se sigue manifestando hoy día en muchos ámbitos de la ciencia del comportamiento. Los supuestos asumidos respecto a la relación mente-cuerpo ha dado pie a diferentes concepciones para explicar el comportamiento humano, desde las concepciones radicalmente conductistas a las radicalmente psicoanalista o fenomenológicas.
La psicología oriental, en cambio, tiende a rechazar el dualismo asumiendo una postura monista o una dualidad complementaria, donde los opuestos son interdependientes y no excluyentes. Hablamos de un pensamiento milenario que ha ido acercándose constante y paulatinamente con el pensamiento occidental.
En el taoísmo, el yin y el yang son fuerzas que se necesitan y transforman mutuamente, no se conceptualizan como opuestos en lucha. La salud mental, por ejemplo, es el equilibrio entre ambas fuerzas y, por supuesto, no supone la eliminación de una como condición para alcanzarla. En lugar de separarlas, la suponen como aspectos de una misma realidad energética o experiencial.
Un libro que considero importante respecto al tema es del destacado biólogo molecular Bruce Lipton, La Biología de la Creencia, donde su autor describe las rutas moleculares a través de las cuales nuestras células se ven afectadas por nuestros pensamientos, debido a los efectos bioquímicos de las funciones cerebrales.
Según él, nuestros genes y el ADN no controlan nuestra biología, sino que es el ADN el que está controlado por las señales procedentes del medio externo celular, entre las que destacan los poderosos mensajes provenientes de nuestros pensamientos positivos o negativos. No por otra razón, la Psicología Oriental señala, que en nuestra mente reside la salud o la enfermedad.
Como organismo total somos el producto de la interacción dialéctica entre nuestro ser biológico, social, espiritual, cultural e histórico. Todos estos elementos interactúan en una danza prodigiosa que nos va conformando, constituyendo y haciéndonos lo que somos. Mente y cuerpo se solapan constantemente incidiendo uno sobre el otro.
La ciencia y las teorías científicas, como toda forma de pensamiento o conocimiento, no se escapan al problema de las ideas y creencias sobre las cuales se construyen. Porque presuponemos que existe un orden en la naturaleza y en la sociedad, andamos en búsqueda de las regularidades que postularíamos, finalmente, como leyes científicas.
Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, como médico y científico natural, asumió la causalidad como principio fundamental en el proceso psicoterapéutico, pues bastaría con eliminar el trauma inconsciente para superar la angustia o histeria. Esa misma ley, aunque parezca mentira, no se aplica en el mundo subatómico de la física, pues los eventos en el mismo no parecen seguir un orden de causa y efecto.
Aunque la ciencia, bajo el principio de la simplicidad, es decir, partir de la menor cantidad de presunciones posibles, procura darnos cuenta de las cosas, tampoco debería hacerlo sobre la base de negar todos los factores o variables que determinan la realidad de esas cosas mismas. Un cuerpo no se desplaza solo por la fuerza ejercida, sino también por su volumen, peso y la fricción.
En el tema que nos ocupa, cerebro femenino y cerebro masculino, hay que ser más cuidadoso en las posturas asumidas, evitando que estén solo motivadas por razones ideológicas, reconociendo que existen influencias biológicas, pero también, culturales y sociales, que van dando forma, por su plasticidad, a las características de nuestros cerebros.
De todas maneras, no deja de ser fascinante ese mundo de las neurociencias que intenta comprender todo el sistema nervioso, esa red de miles de millones de células y estructuras que se organizan para darle vida a cada sensación, pensamiento, emoción y comportamientos que nos expresan de una manera u otra.
Aunque en un principio fue una disciplina mayormente vinculada a la biología, hoy en día, la neurociencia, se constituye en una ciencia interdisciplinar y quizás más, multidisciplinar que reúne a científicos de la química, la física y la matemática; la ingeniería y la informática, la medicina, como la psicología y la filosofía, todos juntos tratando de comprender algo tan cerca y a la vez tan lejano aún de nuestra comprensión.
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