Existen conductas humanas que vemos repetirse entre las gentes con las que tratamos y que terminan pareciendo una segunda piel. Se adhieren al cuerpo y al carácter como si hubiesen nacido con nosotros. Caminan a nuestro lado, adoptan nuestro buen o mal humor, se vuelven costumbre, gesto, defensa. Entre esas conductas hay una que me parece especialmente reveladora y, a la vez, profundamente ridícula: darse importancia.
Muchas personas viven envueltas en esa coraza. La importancia se les convierte en armadura. La llevan apretada al pecho como un hierro protector que recibe las balas de las críticas, amortigua las heridas del juicio ajeno y les permite atravesar el mundo con una falsa sensación de superioridad. A veces esa importancia se exhibe de modo ruidoso; otras veces se disfraza de modestia, de timidez estudiada, de falsa discreción. Pero en ambos casos cumple la misma función: proteger una fragilidad interior que no sabe cuánto vale y que, por eso mismo, necesita inflarse ante los demás.
Darse importancia puede parecer un sello de clase, un aprendizaje social, una forma de prestigio incorporada desde temprano. Pero también es, con demasiada frecuencia, una expresión de hipocresía. Cuando no tenemos una idea serena de nuestro propio valor, nos esforzamos en difundir que una persona brillante es amiga nuestra, que tratamos a gente influyente, que entramos en ciertos espacios, que somos reconocidos por quienes cuentan. No basta con ser; hay que parecer importante por proximidad, por reflejo, por contagio.
Y lo que he dicho arriba, hasta ahí no es tan negativo si se reduce a simples ínfulas. El problema estriba cuando caemos en una de las formas más miserables de esta conducta. En ocasiones, alguien desea tanto mostrar que se codea con una persona talentosa o libre que termina sacrificándola en la conversación. Dice, por ejemplo: «Sí, fulana es mi amiga, una mujer brillante, pero ya tú sabes cómo es…», y añade luego una insinuación cruel, una acusación sin pruebas, una maledicencia que hiere. Lo importante no era la verdad, ni la amistad, ni la justicia. Lo importante era que quedara claro el vínculo: «yo tengo acceso a esa persona», «yo pertenezco a ese círculo», «yo puedo hablar de ella porque la conozco». Así, la importancia propia se construye sobre el prestigio ajeno, incluso a costa de destruirlo.
Eso ha ocurrido históricamente con hombres y mujeres famosos, con artistas, con pensadores polémicos, con personas valientes que han gastado su vida de manera auténtica. A ellos les debemos habernos transformado en mejores personas. El imaginario social suele atribuirles conductas que no poseen, y quienes repiten esas historias muchas veces no buscan comprenderlos ni juzgarlos con justicia: buscan darse importancia a través de ellos. «Es mi amigo», «yo la conozco», «a mí me contó», «yo sé cómo vive». Poco importa que la afirmación sea falsa o cruel. Lo que se persigue es el brillo prestado.
La persona que se da importancia no solamente inventa intimidades con personas conocidas para parecer privilegiada, habla de su edad como si la vejez fuera patente automática de sabiduría, se presenta como indispensable en todos los espacios. Pero, repito, la más horrible y frecuente es la que, para parecer importante, sacrifica la reputación de un amigo o una amiga, enarbolando la mutua amistad. También esas personas suelen ser pioneras, nuestras presentes o pasadas guías de acción y de pensamiento.
Por eso me parece que darse importancia es una forma de mala fe. No solo porque implique fingimiento, sino porque expresa una huida de sí. Quien se da importancia se reviste de elementos que no es: títulos, bienes, relaciones, fama prestada, cercanía con el poder, exhibición de influencias, alarde de salario, desfile de contactos, exageración de méritos, solemnidad en el trato. Todo eso funciona como máscara. Se quiere valer por lo que se posee, por lo que se muestra o por quienes se frecuenta, en vez de valer por lo que se es y por lo que se hace. La mala fe, entendida existencialmente, no consiste simplemente en mentirle a otro; consiste más hondamente en mentirse a sí mismo, en huir de la libertad propia, en no querer asumir la desnudez difícil de existir sin adornos. Y quien se da importancia huye precisamente de esa desnudez. No soporta presentarse ante los demás sin escudo, sin insignias, sin una pequeña teatralidad del yo. Necesita la escenografía de la relevancia.
Un filósofo francés identificado por muchos con la libertad dijo alguna vez, en sustancia, que el poder le hacía reír y que no lo deseaba, y que frente a un vendedor de yogur no sentía distancia porque lo consideraba igualmente importante. Esa observación conserva una fuerza moral extraordinaria. Nos recuerda que la dignidad no depende de la inteligencia de nuestros relacionados, del rango, del brillo social ni de la cercanía con las élites. La dignidad humana no necesita pompa. El ser humano vale antes que sus ornamentos.
¿Qué ganamos mostrando sin descanso los títulos adquiridos, el salario, los bienes poseídos, la amplitud de nuestras relaciones? ¿Qué ganamos con dejar claro que tenemos «un millón de amigos»? A veces se actúa como si una multitud alrededor garantizara la plenitud, o incluso un entierro impresionante por concurrido. Pero la ironía es obvia: rígidos en el ataúd, ya no sabremos nada de esa escenografía final. Lo decisivo no era parecer importantes, sino haber sido humildes y empáticos.
Tal vez por eso prefiero pensar que vale más el conocimiento que la ostentación, más la bondad que el prestigio, más la sencillez que la ceremonia, más la salud del alma que la posesión de bienes y contactos. Nunca he resistido la diplomacia. Darse importancia no agranda a nadie: apenas recubre de prejuicio la desnudez inocente que haría posible un trato franco con el otro.
Cuando nos damos importancia, huimos de nosotros mismos. Y en esa huida corremos un doble riesgo: no llegar nunca a ser lo que podríamos ser, o quedar atrapados en la rigidez de un personaje. Ahí radica, justamente, su parentesco con la mala fe: en preferir el disfraz a la verdad difícil de la libertad.
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