“Nunca planees nada contra Rusia, porque ellos responderán a cualquier astucia con una estupidez tan colosal que dejará estupefacto a cualquiera”. — Otto von Bismarck (reconocimiento paradójico de su inteligencia estratégica y capacidad de resistencia).
En la historia militar de Rusia existe un enigma del que pocos quieren hablar porque las conclusiones a las que se llega resultan demasiado peligrosas y la historia, como recuerda el medio @ucraniando, no tolera el modo subjuntivo.
¿Por qué Napoleón y Hitler, iniciadores de dos guerras patrióticas rusas decisivas, se adentraron profundamente en el vasto territorio ruso hasta Moscú y el Volga en lugar de consolidar territorios tomados y buscar acuerdos parciales con Moscú?
Esa decisión temeraria marcó su derrota y arrastró consigo a pueblos como el polaco que, tras recibir a los invasores con pan y sal —antiquísimo rito de hospitalidad eslava—, terminaron condenados a nuevas particiones y a la desilusión más amarga.
Una parte de la explicación está en la ilusión de grandeza que obnubiló a ambos líderes. Napoleón, habituado a victorias rápidas en Europa central, subestimó la inmensidad rusa y su geografía despiadada. Hitler, confiado en la maquinaria nazi, creyó que podría ejecutar en unos meses una guerra relámpago sin considerar que el territorio ruso ofrecía un enorme margen continental de resistencia, además, y es lo más importante, la temeridad proverbial y el arraigo nacional de su gente.
La logística de los ejércitos de uno de los más crueles dictadores de todos los tiempos, incapaz de sostener líneas de abastecimiento tan largas, terminó por colapsar. A ello se sumó la resistencia campesina y partisana: rusos, bielorrusos y ucranianos no se rindieron jamás y desde la nieve y los bosques surgían ataques sorpresivos que minaban la moral de los invasores. Esa lucha irregular, junto a la tenacidad del Ejército Rojo y la aviación, reforzada por el entorno hostil y la dureza del invierno, convertía cada kilómetro avanzado en un desgaste insoportable.
Tampoco había espacio para compartir el botín. Napoleón buscaba un triunfo épico que inmortalizara su nombre y aunque luego de la toma de Moscú intentó negociar con Alejandro I Pavlovich (1777-1825), emperador de todas las Rusias, su ocupación resultó tan destructiva e indignante que anuló cualquier posibilidad de interlocución seria. Hitler, en cambio, no quería pactar nada: su visión del Lebensraum implicaba germanizar el territorio entero, colonizar y esclavizar a Ucrania y el Volga con “barones nazis” y desplazar o aniquilar a las poblaciones locales.
Ni uno ni otro concebían la invasión como un ejercicio de pragmatismo político, sino como la búsqueda de una gloria que los colocara al nivel de Alejandro Magno, de Atila —el llamado “azote de Dios”, jefe de los hunos en el siglo V— o de la misma Roma imperial. Esa ambición se transformó en condena, pues ambos perseguían una capitulación simbólica de Rusia, pero terminaron devorados por la misma hybris —en la cultura griega clásica: desmesura, arrogancia o exceso— que los impulsaba.
Las señales de derrota fueron visibles desde Moscú. Napoleón, tras ocupar la capital, se dedicó a buscar la paz y organizar la vida de su ejército para el invierno, pero lo hizo con un cinismo tal que selló su imagen como invasor irreconciliable al convertir iglesias en establos. Hitler, por su parte, desperdició fuerzas en frentes dispersos y desvió recursos hacia Leningrado y el sur, debilitando el esfuerzo principal sobre Moscú, lo que diluyó su estrategia. En ambos casos, la falta de cálculo racional quedó subordinada a la pasión de una ambición desmedida.
Durante la Segunda Guerra Mundial, esa capacidad de resistencia rusa y de otros pueblos de la URSS se expresó de manera heroica y colosal.
La Batalla de Stalingrado (1942-43) es quizá el mejor ejemplo. Más de dos millones de combatientes participaron en un enfrentamiento que terminó con la rendición del 6.º Ejército alemán. Fue una victoria lograda a costa de un sufrimiento indescriptible, pero que cambió el curso de la guerra. La defensa de Leningrado, sitiada durante 872 días, mostró al mundo la determinación de un pueblo que sobrevivió al hambre, al frío y a los bombardeos, mientras mantenía viva la producción de armas y la moral. Finalmente, en Kursk (1943), la mayor batalla de tanques de la historia, los pueblos soviéticos no solo frenaron la ofensiva alemana sino que lanzaron a partir de entonces una serie de contraofensivas que llevarían al Ejército Rojo hasta Berlín.
El precio humano fue descomunal. La Unión Soviética perdió cerca de 27 millones de vidas entre militares y civiles, un sacrificio que no tiene comparación en la historia moderna. Sin embargo, ese dolor no quebró su voluntad, sino que la reforzó. Cada aldea quemada y cada ciudad arrasada alimentaron un espíritu de resistencia que convirtió al pueblo ruso en un muro infranqueable.
La victoria final sobre el nazismo no puede comprenderse sin reconocer esa combinación de sufrimiento, disciplina y heroísmo que transformó la aparente fragilidad en una fuerza imparable. Estos episodios no fueron solo victorias militares. De hecho representaron un acto colectivo que involucró a toda la sociedad. La movilización masiva de mujeres en fábricas y hospitales, el sacrificio de millones de campesinos que siguieron produciendo alimentos pese a la devastación, y la organización de letales grupos guerrilleros detrás de las líneas alemanas mostraron un tipo de resistencia total que pocos países podrían haber sostenido.
Rusia, lejos de ser doblegada, transformó su sufrimiento e inmensas devastaciones materiales en un arma estratégica.
Napoleón y Hitler lo aprendieron en carne propia y la historia recuerda que ambos acabaron recurriendo al veneno, uno de manera involuntaria y el otro de forma consciente, como metáfora trágica del fracaso de su ambición.
En el apogeo de sus grandes victorias, Napoleón nunca sospechó que el mariscal Mijaíl Kutúzov (1745-1813), comandante supremo del ejército ruso durante la campaña de 1812, aplicando una estrategia magistral de desgaste —la retirada calculada, la política de tierra quemada y el hostigamiento constante—, convertiría su expedición en un callejón sin salida y abriría el camino hacia París.
Aunque la muerte sorprendió a Kutúzov en 1813, apenas un año después los ejércitos rusos, bajo el mando supremo del zar Alejandro I, entraban triunfantes en marzo de 1814 en la capital francesa, sellando la humillación de la Grande Armée y el ocaso de la ambición napoleónica. Más de un siglo después, Hitler tampoco pudo imaginar, ni en sus peores pesadillas, que su sueño imperial se derrumbaría bajo el golpe fulminante del Ejército Rojo, y mucho menos que los soldados soviéticos, tras una ofensiva implacable, izarían la bandera de la URSS sobre el techo del Reichstag, en pleno corazón de Berlín, marcando la derrota definitiva del Tercer Reich.
Hoy, como advierte el medio citado que inspiró este artículo, los pequeños Napoleones y Hitler contemporáneos insisten en probar los límites de Rusia sin cálculos racionales y guiados más por la pasión, la ambición y el espíritu de rapiña que por la prudencia.
La lección es inequívoca. En Rusia el sueño de gloria global se transforma en una pesadilla inevitable. La inmensidad del territorio, la crudeza del invierno, la resistencia popular y la profundidad histórica de un país que se concibe a sí mismo como fortaleza continental hacen imposible someterlo sin pagar un precio fatal. Ese es el verdadero peligro, porque la historia demuestra que con Rusia jugar a la conquista equivale siempre a tentar a la catástrofe.
Esta advertencia cobra aún mayor vigencia en nuestros días, cuando Rusia no solo es heredera de una tradición de resistencia forjada en las guerras más devastadoras de la historia, sino que además se encuentra en estrecha competencia con la primera potencia nuclear del planeta. En este escenario, cualquier cálculo errado deja de ser una simple aventura militar para convertirse en una amenaza existencial para toda la humanidad.
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