Recientemente se ha recrudecido el conflicto alrededor de los beneficios o perjuicios de la Inteligencia artificial (IA). Una tecnología que está transformando la mente y la cultura de las personas, principalmente de niños y jóvenes en esta región del planeta.
Los hallazgos del psicólogo estadounidense Jonathan Haidt y sus colaboradores, que he citado en otras ocasiones, demuestran que los dispositivos electrónicos, como teléfonos inteligentes, tabletas, consolas de videojuegos, entre otros, usados sin las regulaciones pertinentes, ocasionan que niños aprendan menos y crezcan como en especies de invernaderos virtuales o protegidos que les impiden alcanzar su plena madurez. Frente a este lamentable hecho, tienen mayor vigencia las recomendaciones de la médico y experta pedagoga italiana, María Montesossori, quien abogaba por que los niños crecieran en contacto con el mundo social y natural.
Muchas de estas herramientas alteran el desarrollo intelectual, el aprendizaje, la sociabilidad y el control emocional porque ofrecen recompensas placenteras inmediatas, mediante juegos, videos, conexiones interpersonales, mensajería, y otras, que impactan áreas del cerebro. Empleadas en exceso, están asociadas con trastornos mentales: depresión, la ansiedad, adicciones, las frustraciones, el aburrimiento…
Ante las demandas y los procesos judiciales contra grandes empresas tecnológicas globales en tribunales estadounidenses, y en base a los aportes de psicólogos como Haidt, el magnate Bill Gates, fundador de Microsoft, planteó: “la transición a la era de la Inteligencia Artificial, será uno de los momentos más turbulentos de la historia humana. Podría ampliar la productividad y acelerar las innovaciones científicas pero la transición sería tan rápida, en apenas diez años, que se necesita tiempo de preparación para la agitación social, política y económica que traería, a diferencia de otras revoluciones tecnológicas, que requirieron varias generaciones”.
Según Gates, algunos modelos de IA, pronto igualarán y hasta superarán a la inteligencia humana. Podrían reducir la brecha entre ricos y pobres o provocar la mayor fuente de injusticia, al provocar la desaparición de muchos empleos para siempre, especialmente en la industria de la construcción y la hotelería, y, demás personas, instituciones y gobiernos, con el dominio de la IA, estarían en condiciones de causar más daño a sistemas claves para la salud, la electricidad, el agua, y el transporte entre otros.
En cambio, Elon Musk, el multimillonario y director general de Tesla, entiende que la IA, aumentará el tamaño de la economía mundial entre un 20 – 30%, al agregar anualmente al mercado una enorme cantidad de millones de dólares. Por eso defiende, junto a Mark Zuckerber, el megaempresario y director ejecutivo de Meta, matriz de las influyentes plataformas Facebook e, Instagram, la creación de más centros de datos para producir los chips que necesita la IA y que las empresas operen con una supervisión gubernamental flexible, contrario a las fuertes regulaciones planteadas por Bill Gates.
Sin embargo, en el lado opuesto, aumenta la resistencia al uso de la Inteligencia Artificial, en los ámbitos educativos. Ya decena de países del primer mundo la han limitado. Incluido, el alcalde de New York, Zohan Mandani, quien recientemente, declaró: “Los niños necesitan profesores y conexión humana para aprender y crecer” y la prohibió para los niños de 2 años hasta octavo curso, en las escuelas públicas de la Gran Manzana.
Por tanto, debemos seguir atentos a este debate y al impacto de estas herramientas tecnologicas en la vida y en la salud mental de la población.
*Este artículo puede ser escuchado en audio en Spotify en el podcast Diario de una Pandemia por William Galván
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