En La Habana, a finales de los 80, en una reunión en un centro de investigación, planteé que Cuba podía aprovechar la embrujante atmósfera de la perestroika impulsada por Gorbachov en la ex URSS en esos años, e iniciar un proceso de reformas democratizadoras del sistema. Como respuesta, el jefe del centro hizo una evasiva, larga y vacua perorata. Un miembro del centro, que poco después salió del país, apostilló algo así: "el punto más alto de la democracia es el pueblo en armas". Huera bravata. Yo recogía el sentimiento de varios sectores que percibían que ese país necesitaba una reorientación. Perdió esa y otras coyunturas para reorientar su rumbo. Hoy, en su peor momento y casi absolutamente colapsada, juega su última carta.

El embrujo de la perestroika llegó a China y la juventud la abrazó con pasión y decisión, expresándolo en la multitudinaria manifestación en la plaza de Tiananmén en 1989, brutalmente aplastada por Deng Xiaoping con decenas de muertos. Admitiendo su error, poco después este dejó el poder. Pero ya había plantado las bases de las reformas que han conducido al país a su primacía económica mundial. La dirección cubana se interesó por ese proceso, principalmente su ala militar, pero no pasó de ahí. Los cambios estructurales hechos por China y Vietnam, que han situado sus respectivas economías entre las más dinámicas y pujantes del mundo, quizás impresionaron a la dirección cubana, pero esta mantuvo su inmovilismo suicida.

El abominable cerco a Cuba por casi 60 años, con la presente administración norteamericana, ha alcanzado niveles de inmoralidad y de saña criminal para hacerle daño al pueblo con manifiesta intención de que este se alce contra el régimen. Como acto de resistencia, el régimen ha propuesto algunos cambios en la esfera económica, abriéndose con mayor amplitud al capital cubano en el exilio y estimulando actividades económicas de carácter privado, etc., al tiempo de iniciar un diálogo con el Gobierno norteamericano para encontrar acuerdos en torno al cerco que palien las penurias del país. Pero eso es insuficiente, debe abrirse a un profundo cambio estructural del sistema.

Por consiguiente, los llamados a la solidaridad con Cuba y los generosos envíos de barcos con ayuda de todo tipo son insuficientes dada la magnitud del cerco y del colapso de las infraestructuras básicas: energía, agua potable, industria y agricultura, impactando en las esferas claves de la salud y hasta en la educación, con la consiguiente ampliación de la pobreza. En ese estado de cosas, limitarse a la retórica de "resistencia" manteniendo el inmovilismo, a lo sumo solo pospondría el colapso total del régimen. Solo la dirección del país y algunos incondicionales parecen ciegos ante los signos de una inminente y absoluta tragedia. Para evitarla, el único e imprescindible recurso es el cambio de rumbo.

La dirección china sintió que el sistema no funcionaba y cambió los rieles; los vietnamitas no esperaron el desastre y, con su proverbial intrepidez e ingenio, también los cambiaron. Podría discutirse sobre la naturaleza y futuro de esos regímenes, pero funcionan y sacan a millones de personas de las garras de la pobreza. Sectores del exilio cubano, con sus particulares razones, desean una invasión que barra el régimen. No son conscientes de que la democracia no se importa ni se exporta, la construyen los pueblos con su historia, su cultura política y respetando la diversidad. Ejemplos: Chile, España, Sudáfrica. Nada bueno puede Cuba esperar de un imperio que durante décadas la saqueó, torturó y prostituyó con gobiernos represivos y corruptos.

Lo mismo podríamos decir los dominicanos de ese imperio. Aquí, en su primera invasión creó las bases para una dictadura que duró 30 años y, en su segunda, en 1965, ahogó en sangre el intento de restablecer el gobierno de la constitución más democrática de nuestra historia, al cual antes había contribuido a derrocar. A pesar de las amenazas contra Cuba, al estar el Gobierno norteamericano inmerso en una guerra contra un Irán que resiste, que en este caso significa vencer, le resulta muy complicado abrirse otro conflicto bélico a solo 90 millas de su frontera. Tampoco propiciar un caos en la isla que provoque una estampida humana hacia su territorio difícilmente controlable.

Eso posibilita el diálogo, lo único que le queda a un régimen sin capacidad de producir los alimentos básicos, los bienes y los servicios elementales para su población. El fin del bloqueo es sumamente importante, pero lo es más establecer un sistema productivo superior al de sus países circundantes y más allá. Algo imposible si la cúpula dirigente mantiene una ortodoxia fallida en otras experiencias y un sistema productivo que apenas produce un poco más de un 10 % de los alimentos que demanda la población, obligándola a vivir esencialmente de la caridad pública internacional. Los tiempos de la burbuja, los del financiamiento de la ex URSS y de Venezuela, jamás volverán.

Por consiguiente, apoyar a ese país contra las agresiones de EE. UU. es un imperativo moral y político, pero defender acríticamente un sistema cuyo balance de 60 años son esos resultados, más que insensatez, es ceguera política. A su dirección debe exigírsele que, en esta coyuntura como última carta, inicie una reforma económica conjugada con una política que, para ser sostenibles, deberán ser profundamente estructurales.

César Pérez

Sociólogo, urbanista y municipalista

Sociólogo, municipalista y profesor de sociología urbana. Autor de libros, ensayos y artículos en diversos medios nacionales y extranjeros sobre movimientos sociales, urbanismo, desarrollo y poder local. Miembro de varias instituciones nacionales y extranjeras, ex director del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y ex dirigente del desaparecido Partido Comunista Dominicano, PCD.

Ver más