Hablar de Cuba en el Caribe no es solamente hablar de una isla. Es hablar de uno de los territorios más simbólicos de la historia moderna de América Latina y del mundo. Pocas naciones han vivido durante tanto tiempo bajo presiones externas tan intensas y, al mismo tiempo, han logrado construir un imaginario internacional tan poderoso alrededor de la dignidad, la soberanía y la resistencia.
Más allá de simpatías o diferencias políticas, Cuba representa un fenómeno histórico, cultural y humano imposible de ignorar. Comprenderla exige observar no sólo sus procesos económicos o ideológicos, sino también las dimensiones éticas y espirituales que han sostenido a su pueblo y su revolución. Desde esa perspectiva surge la idea del “amor a escala social”: una forma colectiva de compromiso humano que trasciende lo individual para convertirse en proyecto histórico de grandes cambios desde el punto de visto compasivo.
Cuba es la isla más grande del Caribe insular, con aproximadamente casi 110,000 km² y una geografía compleja marcada por su forma alargada de más de mil kilómetros. Esa condición territorial la conecta estrechamente con el resto del Caribe y el continente. Desde la ciudad de Cancún en la península de Yucatán, en México, apenas la separan menos de 300 kilómetros a ciudad Sandino del occidente cubano. En algunos puntos, la isla es tan estrecha que basta recorrer unas decenas de kilómetros para pasar del Atlántico al mar Caribe. De Cayo Hueso (Key West) a la Habana un poco más de 160 km y de Punta Maisí al Puerto de San Nicolás en Haití, no llega a cien kilómetros. Geográfica e históricamente, Cuba está entre nosotros y requiere de todo el apoyo como nación soberana y hermana.
La isla mayor del arco antillano posee hoy una población aproximada de los diez millones de habitantes. Durante siglos fue mucho más que una colonia española: constituyó la principal Capitanía General del Caribe y el eje político-militar del imperio español en la región. Desde Cuba se administraban estratégicamente territorios como La Florida, Luisiana, Puerto Rico y Santo Domingo, mientras se defendían los intereses imperiales españoles frente a británicos, franceses, holandeses y otras potencias emergentes.
La Capitanía de Cuba funcionó como contención de los demás imperios europeos y, posteriormente, como barrera frente a la expansión de los Estados Unidos, nación que ya perfilaba tempranamente sus aspiraciones imperiales en América.
Históricamente, tras el triunfo de la revolución haitiana, todo el peso del poder mundial cayó sobre Haití mediante bloqueos, sanciones, guerras e indemnizaciones, buscando destruir aquel ejemplo de independencia y emancipación social y racial, tal como lo definiera Juan Bosch. La antigua colonia francesa dejó de ser la gran productora azucarera del mundo y Cuba pasó a ocupar ese lugar. La isla se convirtió entonces en la “niña bonita” del imperio español en América.
Su crecimiento económico durante los siglos XIX y primera mitad del XX fue extraordinario, sustentado en un régimen esclavista-capitalista, como lo definiera Juan Bosch, y luego en el desarrollo dependiente del capitalismo moderno. Sin embargo, ese auge produjo enormes desigualdades: la riqueza, los servicios y la dignidad social quedaron concentrados en una pequeña minoría, mientras la mayoría del pueblo permanecía excluida.
Ese escenario explica, en gran medida, el impacto de la Revolución de 1959 encabezada por los hermanos Castro, “Che” Guevara y Camilo Cienfuegos. A partir de entonces, Cuba orientó gran parte de sus esfuerzos hacia el desarrollo humano y la construcción de un proyecto social que le ha permitido resistir presiones externas únicas y crueles durante décadas. Allí comienza a tomar forma lo que podría llamarse “amor a escala social” y el rompimiento de una “frontera imperial” de casi 4 siglos, como escribió Juan Bosch.
El amor a escala social
Lo que Cuba se ha empeñado en construir para su pueblo ha sido desde una cultura del amor colectivo y constituye, antropológicamente hablando, uno de los fenómenos sociales más interesantes de América Latina y el mundo. Aunque su modelo no necesariamente sea replicable para otros países, ni siquiera el modelo a seguir, pero sí, representa el ejemplo de una experiencia histórica singular.
El concepto puede entenderse desde la perspectiva de la teología de la liberación, corriente que concibe un amor que trasciende lo individual y se proyecta hacia la humanidad, la justicia social y la naturaleza. No se trata únicamente del afecto personal o familiar, sino de un compromiso ético con la transformación de la sociedad. Para los pensadores de la teología de la liberación, la verdadera espiritualidad implica actuar en favor de los demás.
Entre quienes desarrollaron estas ideas, salvando las diferencias ideológicas e históricas de cada realidad que representan con relación a Cuba, destacan figuras como Ernesto Cardenal (Nicaragua,1925-2020), Sergio Méndez Arceo (México, 1907- 1992) el presbiteriano Sergio Arce Martínez (Cuba, 1924-2014), Leonardo Boff (Brasil, 1938), y Frei Betto (Brasil, 1944), entre centenares de teólogos de diferentes denominaciones que hacen reflexiones de sus realidades a partir de la fe. Desde esa visión, el amor a escala social posee incluso una dimensión subversiva, porque desafía estructuras basadas en la exclusión y el egoísmo.
Cuba es, indiscutiblemente, “la isla fascinante”, como la llamó el escritor dominicano Juan Bosch. A pesar de todas las dificultades que ha enfrentado, el amor a escala social ha mantenido viva la idea de Cuba en el corazón de muchos pueblos del mundo, más allá de las narrativas contradictorias existentes sobre su proceso histórico.
La nación cubana nació prácticamente con una daga sobre el pecho. Tras independizarse de España luego de treinta años de guerras, sufrió inmediatamente la subordinación política derivada de la Enmienda Platt, impuesta por Estados Unidos después de la guerra hispano-cubano-estadounidense de 1898.
La Enmienda Platt, aprobada en 1901 a propuesta del senador Orville H. Platt, obligó a Cuba a aceptar severas limitaciones a su soberanía como condición para el retiro de las tropas estadounidenses. Entre sus disposiciones se legitimaban todos los actos realizados por Estados Unidos durante la ocupación militar y, además, se establecía el derecho estadounidense a ocupar territorios para bases navales. (La Enmienda Platt, en https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/6/2525/15.pdf.).
De allí proviene la ocupación de Guantánamo, sostenida hasta el presente. El artículo VII de dicha enmienda, establecía que Cuba vendería o arrendaría tierras necesarias para estaciones navales estadounidenses “con el fin de preservar la independencia de Cuba y proteger a su pueblo”. Aquella contradicción histórica marcó profundamente la relación entre ambos países.
Cuba había derrotado durante décadas a uno de los ejércitos más poderosos de su tiempo, enfrentando a más de 200,000 soldados españoles en guerras iniciadas prácticamente con machetes. Fue la lucha de Carlos Manuel de Céspedes, Antonio Maceo, el dominicano Máximo Gómez y la visión luminosa de José Martí. Más tarde, en el siglo XX, la isla volvería a enfrentarse a la presión de la mayor potencia mundial contemporánea.
Durante más de sesenta y cinco años, Cuba ha vivido bajo bloqueo económico, aislamiento y agresiones de diferentes tipos. Para muchos, la intención ha sido provocar el colapso de un modelo político y social considerado desafiante para el orden de injusticias.
Sin embargo, la isla ha respondido apelando al discurso del “amor eficaz”, el amor colectivo y solidario que Ernesto Cardenal describía como el amor de todos los amores en sus Cánticos cósmicos (1989).
El poeta español Federico García Lorca escribió a sus padres en 1930, mientras se encontraba en Cuba, que si algún día se perdía lo buscaran en Andalucía o en Cuba, según escribe Carmen Alemany Bay de la Universidad de Alicante, España (https://cvc.cervantes.es/literatura/lorca_america/lorca_cuba.htm.). Aquella frase reflejaba la intensidad espiritual y humana que percibió en la isla.
Lamentablemente, García Lorca fue asesinado por fuerzas intolerantes y autoritarias durante la Guerra Civil española. En cierta forma, las mismas corrientes ideológicas que históricamente han intentado destruir experiencias humanas alternativas, que continúan viendo con hostilidad cualquier proyecto que coloque la solidaridad colectiva en el centro de la vida social.
En una próxima entrega será necesario concretizar la profundidad de ese “amor a escala social” expresado en la educación, la salud, el internacionalismo y la construcción de comunidad, así como en las contradicciones y desafíos que hoy enfrenta la sociedad cubana en medio de un mundo cada vez más desigual y fragmentado.
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