Los dos textos recientes más relevantes de la cátedra papal son las encíclicas Dilexit nos (2024) de Francisco y la primera de León XIV Dilexi te (2025). ¿Qué aportan ambas a la identidad de una universidad católica? ¿Tienen que tomarse en cuenta a la hora de discernir el perfil del egresado de nuestras universidades?

Hablar del Corazón de Jesús, y al decirlo tengo en mi memoria el cuadro del Corazón de Jesús que tenía mi madre en su habitación, puede sonar “conservador” para las nuevas generaciones, en especial a los que crecimos al amparo de la Teología de la Liberación. Esto nos permite develar la hondura de la reflexión de Francisco que es capaz de colocar esa imagen al alcance de quienes lo consideramos cosa de los viejos.

Y Francisco propone recuperar el Corazón de Jesús frente al hecho de “convertirnos en consumistas insaciables y esclavizados por los engranajes de un mercado al cual no le interesa el sentido de nuestra existencia”. ¿Razón de ese argumento? Que el corazón es lo que nos permite superar el modelo social en que vivimos y que pervierte nuestra existencia mediante el engaño, la apariencia y el disimulo.

Francisco se acerca a la reflexión filosófica actual señalando que “en este mundo líquido, es necesario hablar nuevamente del corazón. Pero nos movemos en sociedades de consumidores seriales que viven al día y dominados por los ritmos y ruidos de la tecnología, sin mucha paciencia para hacer los procesos que la interioridad requiere” La referencia a Zygmunt Bauman es clara. Frente a una sociedad de apariencias Francisco nos convida a volver a las preguntas esenciales para todo ser humano: ¿Quién soy? ¿Qué sentido tiene mi vida? Incluso quién soy frente a Dios.

El texto nos confronta con la experiencia más humana y honda que podemos alcanzar. Francisco nos convoca a cultivar una profunda espiritualidad personal. Es el eje central de una existencia lúcida y responsable, de la posibilidad de una vida llena de sentido y servicio. La espiritualidad personal no es, ni puede ser, aislamiento del servicio a los demás, especialmente los más pobres, contrario a eso, una vida espiritual personal fortalece nuestra actitud de servicio y clarifica la forma correcta de servir.

De hecho, toda formación universitaria es una preparación para el servicio. Nadie se hace médico para curarse a si mismo, ni abogado para abordar las cuestiones legales que le afecta, ni ingeniero civil exclusivamente para hacer su casa. Toda titulación universitaria pretende ser una garantía de que somos capaces de servir a los demás de una manera profesional.

El otro texto, Dilexi te, profundiza en el tema. Su eje fundamental es que el amor a los pobres no es solo asistencialismo, sino un encuentro real con Jesucristo, reconociendo a los pobres como sujetos de su propia liberación y la carne de Cristo. Es una invocación a lo que hemos aprendido del Concilio Vaticano II, el encuentro de los obispos latinoamericanos en Medellín y la Teología de la Liberación.

Frente al neoliberalismo como ejercicio económico que únicamente favorece el enriquecimiento de los más ricos y trata a las mayorías como basura, descartables, objetos prescindibles que no merecen salud, educación o justas pensiones, León XIV coloca el acento en el amor a los pobres, en los descartados, enfatizando que es en el encuentro con ellos donde podemos contemplar el rostro de Cristo, su carne, tal como lo enseñan los evangelios. El “cristianismo” trumpista no es palabra de Dios, sino ideología mundana, sendero de muerte, que promueve la frivolidad, el racismo y la misoginia, y sobre todo la indiferencia hacia el destino de los más pobres.

Señala León XIV que “la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia”. Y en el seno de la Iglesia ha de interpelar a las universidades que se consideran católicas. Si la formación profesional ha de ser significativa en ese contexto, y que no sea un trampolín para hacerse rico (como usualmente ocurre) debe formar profesionales comprometidos con la erradicación de la pobreza y defensores a ultranza de la dignidad de todo ser humano en toda circunstancia.

La pobreza no es un asunto lateral o coyuntural, afirma León XIV: “Los pobres no están por casualidad o por un ciego y amargo destino. Menos aún la pobreza, para la mayor parte de ellos, es una elección. Y, sin embargo, todavía hay algunos que se atreven a afirmarlo, mostrando ceguera y crueldad”. La academia católica no puede ser espacio para propagar ideologías que humillen a los más pobres o cultive una aberrante indiferencia al sufrimiento de los más pobres, usualmente apelando a la farsa de una supuesta libertad de elección que únicamente está disponible para una minoría.

En la próxima y última entrega sintetizaré todo lo elaborado en estos 5 artículos.

David Álvarez Martín

Filósofo

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Especialista en filosofía política, ética y filosofía latinoamericana.

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