Somos la misma humanidad: más de ocho mil millones de personas repartidas entre continentes y países; iguales en dignidad y vulnerabilidad, pero diversas —y no pocas veces divergentes— en culturas, lenguas, religiones, identidades e intereses, así como en historias, aportes y culpas. Somos un concierto disparejo de naciones. Al término de la Guerra Fría, el optimismo fue tal que Francis Fukuyama llegó a postular el «fin de la historia»: la democracia liberal parecía perfilarse como punto de llegada de la gran disputa ideológica. Una suerte de síntesis definitiva —casi escatológica— parecía consumarse. No desaparecieron las guerras, pero, al menos desde la mirada occidental, la guerra mayor comenzó a sentirse lejana y la paz pareció adquirir algo de posesión tranquila.

Aquella tranquilidad se ha resquebrajado. La guerra reaparece como una de las posibilidades existenciales más persistentes de la condición humana: los conflictos se multiplican y, acaso más inquietante, otros se preparan. Cada nueva guerra irrumpe, sacude y conmueve; luego se prolonga, se acumulan los muertos y desplazados, y sus imágenes empiezan a resultarnos familiares. Hasta que otra ocupa el foco. La anterior no termina: comienza a alejarse de nuestra conciencia. Mientras la paz se vuelve más inquieta, cabe preguntarse si nuestra conciencia frente a la guerra no corre, paradójicamente, el riesgo de volverse demasiado tranquila. Penosamente adormecida.

  1. De la posesión tranquila a una paz inquieta

La «paz perpetua» que Kant concibió en su ensayo de 1795 —en Königsberg, la actual Kaliningrado, hoy nuevamente enclave de tensiones entre Rusia y Occidente— nunca dejó de ser horizonte o utopía. Tampoco fue verdaderamente pacífico el mundo de las décadas posteriores a la Guerra Fría. Los Balcanes, Ruanda, Afganistán, Irak, el Congo o Siria bastarían para desmentirlo. Pero algo sí parecía haber cambiado: la guerra abierta entre Estados —y, sobre todo, entre grandes potencias— se había alejado como posibilidad inmediata. En un orden internacional sustentado en el reconocimiento de las fronteras y la integridad territorial, la conquista por la fuerza parecía cosa de tiempos idos. La interdependencia económica y las instituciones multilaterales alimentaban, con todas sus limitaciones, la expectativa de que las diferencias podían contenerse sin desembocar en grandes guerras.

Esa sensación comenzó a resquebrajarse particularmente desde mediados de la década pasada. La guerra convencional a gran escala regresó a Europa; conflictos prolongados se internacionalizaron; la conquista territorial reapareció en el horizonte, mientras el rearme, la disuasión y la preparación para confrontaciones mayores volvían a la retórica y a los cálculos de los Estados. No estamos ante una guerra generalizada, pero tampoco conservamos aquella confianza en que las grandes guerras pertenecían cada vez más al pasado.

Hemos pasado, acaso, de una posesión tranquila a una posesión inquieta de la paz: todavía la tenemos, pero ya no descansamos en ella. La guerra no es un destino inevitable —la utopía kantiana conserva precisamente ese desafío—, pero la historia insiste en recordarnos que sigue siendo una de las posibilidades más persistentes de la condición humana.

  1. El rostro humano de las guerras de hoy

El Comité Internacional de la Cruz Roja contabiliza hoy más de 130 conflictos armados, más del doble que hace quince años. Cinco de ellos bastan para asomarnos a la magnitud del drama.

En Ucrania, más de cuatro años y medio de guerra han dejado, según estimaciones del Centro de Estudios Estrategicos e Internacionales (CSIS), más de dos millones de bajas militares —muertos, heridos y desaparecidos— entre las fuerzas rusas y ucranianas: aproximadamente el 70% correspondería a Rusia y el 30% a Ucrania; entre 525 mil y 600 mil serian muertos. A ello se suman alrededor de 9,6 millones de ucranianos que permanecen desplazados dentro o fuera del país, según ACNUR. En Gaza, más de 74 mil palestinos han muerto desde octubre de 2023 y alrededor de 1.9 millones —la inmensa mayoría de su población— han sido desplazados; el ataque de Hamás del 7 de octubre dejó, por su parte, unos 1,200 muertos y 251 personas secuestradas.

Sudán ofrece quizá la imagen más extrema del desarraigo: alrededor de 13 millones de personas han sido desplazadas por la guerra, cuyo número de muertos sigue siendo imposible de establecer con precisión, aunque algunas estimaciones lo sitúan por encima de los 150 mil. En Irán, la guerra iniciada este año ha dejado miles de muertos y heridos; en su fase inicial, hasta 3.2 millones de personas llegaron a desplazarse. Myanmar, mucho más lejos del foco occidental, arrastra desde 2021 una guerra civil que ha causado alrededor de 100 mil muertes y mantiene desplazadas a más de 3.5 millones de personas.

Son cifras difíciles de abarcar. Y acaso allí comienza otro problema: detrás de cada numero hay personas que tuvieron casa, familia, proyectos; que murieron, huyeron, perdieron un hijo o aprendieron a vivir entre ruinas. La estadística dimensiona la tragedia. No siempre consigue hacérnosla sentir.

  1. Una guerra saca a la otra

Estas guerras no se suceden: se acumulan y, en algunos casos, se entrelazan. Ucrania no solo enfrenta a dos Estados; ha reordenado la seguridad europea, reforzado el papel de la OTAN y devuelto al centro del continente la disuasión —incluso nuclear— como lenguaje estratégico. Gaza desbordó pronto sus fronteras, extendiendo sus repercusiones hacia Líbano, el mar Rojo y otros escenarios de Oriente Medio. E Irán ha añadido otro frente de confrontación directa que compromete a Estados Unidos e Israel, sacude al Golfo y alcanza rutas vitales para la energía mundial, como el estrecho de Ormuz.

Pero mientras el panorama geopolítico se vuelve más complejo, nuestra conciencia parece incapaz de abarcarlo. Cada guerra irrumpe como conmoción; luego se prolonga, pierde novedad y otra ocupa su lugar. La guerra en Ucrania continuaba cuando estalló la de Gaza; Sudán seguía desangrándose casi fuera del radar; Myanmar apenas conseguía entrar a él; y Gaza no había terminado cuando llegó Irán.

Como si un golpe sacara al anterior, una guerra va desplazando a otra de nuestra conciencia. No porque haya terminado ni porque disminuya el sufrimiento, sino porque comienza a parecernos noticia de un periódico de ayer. Las guerras permanecen abiertas; nuestra capacidad de mirarlas parece tener fecha de caducidad.

Epílogo

Las guerras no desaparecen cuando desaparecen de los titulares. Siguen allí los muertos, los heridos, los desplazados; persisten las ausencias y los recuerdos, sigue el sufrimiento, aunque nuestra mirada se haya movido a otra parte. Quizá ese sea otro signo inquietante de estos tiempos: mientras la guerra recupera espacio en el mundo, puede ir perdiéndolo en nuestra conciencia.

Y entonces la pregunta ya no es solo qué está ocurriendo allá afuera, sino qué ocurre en nuestra conciencia ante tanto sufrimiento.

¿Qué nos pasa?

Juan Tomás Monegro

Académico y consultor.

Economista, graduado en México. Académico y consultor. Doctorado en Economía. Ex viceministro de Desarrollo de Industria, Comercio y Mipymes, y ex Viceministro de Planificación en el Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo (MEPyD).

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