Tal vez para algunos, esta crónica pudiera encontrar asidero en la réplica "no me lo contaron, estuve allí", con la que un testigo omnisciente de primera línea intenta reivindicarse cuando algún incrédulo pone en entredicho su testimonio o en la coletilla-cliché: "Esta película está basada en hechos reales", que colocan previo al inicio en algunas películas hollywoodenses para engatusar a la audiencia. Pero como casi nunca he creído que los testigos de primera línea ni los hechos en sí mismos son garantía de veracidad, aquí prefiero apelar a mi interpretación o más bien mi versión muy personal, lejos de trincheras ideológicas y discursos demagógicos, de lo que experimenté siendo parte de la muchedumbre que el pasado jueves se dio cita al partido de fútbol entre Dominicana y Haití.

Lo ocurrido esa noche fue muy significativo, ya que traspasó los ámbitos de un partido donde debían primar esencialmente el canon y rituales de la tradición futbolera, cuidando que elementos exógenos ajenos a este deporte lo desvirtuaran, enturbiando su esencia. Pero por otra parte, habría que ser demasiado ingenuo o desconocedor de una historia de largo aliento, para dar por sentado que esos atavismos ancestrales colmados de crispaciones y resquemores, entre dos pueblos que ocupan la misma isla, ya son cosas del pasado y que quedarían al margen en este festinado y esperado encuentro. Por el contrario, como fantasmas que hibernan a la espera de ser convocados por el eterno retorno, esas reminiscencias coparon, como si siempre hubieran habitado allí, el campus del Centro Olímpico.

Por suerte, para la credibilidad del fútbol, sus 17 reglas hicieron posible que dentro de la cancha los jugadores de ambos bandos respetaran las decisiones emanadas por los jueces que arbitraron el partido, donde pocas de las infracciones señaladas encontraron animosidades o gestos levantiscos. De no haber sido por ello, las cosas hubieran calado a dimensiones mayores muy lamentables y penosas. En el terreno de juego el fútbol fue fiel a lo que prescriben sus lineamientos. Los jugadores compitieron con gallardía y entrega. Allí no estuvo el problema.

Otra era la atmósfera de lo que transcurría fuera de la cancha. Desde luego que Emile Durkheim no estuvo entre los fanáticos y probablemente nunca fue amante de este deporte ni jamás pateó una pelota de fútbol, pero si le consultamos acerca de lo que definió en sus estudios sociológicos como anomia, respondería de manera resuelta sin titubeos: “Se refiere a un estado, sistema o conducta caracterizados por la falta de normas, la pérdida de su capacidad reguladora o el debilitamiento de las reglas sociales”. Definición ideal para ponerle palabras y describir la experiencia que allí se fraguaba. Fue notorio que fuera del terreno de juego hubo ausencia de autorregulación por parte de la fanaticada, pero sobre todo fue evidente la inoperancia de parte de los dispositivos externos de seguridad dispuestos para controlar y poner orden a los desmanes y acciones beligerantes del público.

En vista de la abrumadora presencia de la afición seguidora del seleccionado visitante, muy bien ganada por su tradición futbolística y que además vienen de haber participado en el pasado mundial de fútbol, no faltarán, quienes buscando un chivo expiatorio, cargarán toda la responsabilidad de las tropelías a la fanaticada haitiana. Pero aquí cabría preguntar, qué trabajo se hizo desde la Federación Dominicana de Fútbol, estratégica y logística. Cuál es su cuota de responsabilidad, para impedir que los de afuera vinieran a “aguarle la fiesta”, siendo ellos dueños de casa y sabiendo que esta era una oportunidad única, desde luego perdida, para hacer de esa noche una gran fiesta del fútbol. Muy por el contrario, lo que vi fue una falta de autoridad e incompetencia que parecen estar inoculados en nuestro ADN cultural e institucional. Pero lamentablemente, vivimos tiempos que en lugar de mirar hacia dentro para enmendar fallos y desatinos, es mucho más fácil apelar a teorías conspiranoides.

El sentido común dice que en un evento de esta magnitud, el orden y la seguridad no puede estar en manos de soldados portando armamentos militares como si fueran a proteger la frontera de una posible invasión extranjera. Al parecer perdieron de vista que se trataba de un partido de fútbol. Y era obvio que la seguridad y el orden que se requería para garantizar el buen desempeño del evento era de otro tipo. Fui de los muchos, aún habiendo comprado sus taquillas, que accedimos a las gradas sin que nadie validara nuestro acceso. Otros que no tenían entradas, pescaron en río revuelto y entraron igual. No hay que ser un gurú de Silicon Valley para advertir que esa pesquisa no se podía hacer con un fusil entre las manos, sino que requería de un personal especializado y tecnología.

Como era de esperar, teniendo a mano el pronóstico proporcionado por entradas vendidas, alrededor de 23, 000 almas, de un lado y otro, se congregaron en el Estadio Olímpico Félix Sánchez, lo que de alguna manera implicó que por un interregno relativamente breve cesaran las miradas a las pantallas de los celulares para dar paso a una experiencia cara a cara con una vecindad marcada por una convivencia prácticamente irreconciliable. Siendo esta una oportunidad histórica de confraternidad que fue desaprovechada, tirada por la borda. Y desde luego que como en un bazar de querellas y reproches hubo de todo: ánimos caldeados, desenfrenos, animosidades, pero sobre todo observé, contrario a las comparaciones que ponen el acento en las diferencias, dos pueblos que tienen algo en común: la exuberancia del desorden y la estridencia.

Para los nacionales haitianos que viven del lado Este de la isla, esa noche el Centro Olímpico se convirtió en uno de los pocos espacios de libertad donde pudieron bailar, brincar, gritar y ondear sus símbolos patrios sin sentirse intimidados por "la camiona". Posiblemente lo vivieron como lo más cercano a la experiencia de un palenque. Además que impedírselo o censurar hubiera sido un acto mezquino y de brutal prepotencia. Y aunque hubieran intentado silenciarlos, habría sido difícil yugular el grito de gol, en cuatro oportunidades, de una fanaticada que de manera abrumadora y entusiasta se aposentó en las tribunas del estadio como si su equipo estuviera jugando de local y no de visitante, cosa que al parecer la Federación Dominicana de Fútbol no atinó en ponderar antes de lanzarse a la aventura improvisada de organizar dicho encuentro en suelo del seleccionado nacional.

Cuando la encargada del arbitraje dio por finalizado el partido, la pizarra marcaba un justo y merecido 4-1 a favor del seleccionado haitiano, margen que ya había anticipado que gran parte de la fanaticada dominicana abandonara las gradas antes del silbato final. No tengo idea si los que nos quedamos hasta finalizar el ritual lo hicimos animados por cierto optimismo o una especie de masoquismo. Pero la verdad que me luce que permanecía allí simulando ser un buen perdedor.

Mientras observaba al equipo haitiano festejando junto a su fanaticada, busqué un regateo para relativizar la derrota del equipo dominicano, ilusionándome que en un próximo partido esa brecha en el resultado podría ser remontada. Pero eso no tiene nada de complicado, se resuelve en 90 minutos en una cancha de fútbol. El verdadero dilema es cómo buscarle la vuelta a este mal vivir, a esta historia interminable de desencuentros y malquerencias. Parafraseando al reconocido sociólogo francés, Alain Tourain, me queda rondando la desesperanzadora y desconcertante pregunta: ¿Podremos vivir juntos?

J. Alberto Rodríguez

Sociólogo

Profesor universitario. Curioso e incansable oteador de quimeras evanescentes. Coleccionista de amigos y afectos. Melómano empedernido que apenas toca la puerta para que lo dejen entrar donde alguien escucha buena música. No me imagino la vida sin el cine, la literatura, y sin esa familia que me conforta.

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