Hace poco más de un mes inició esta serie examinando la economía dominicana desde dos ejes estrechamente vinculados: crecimiento y empleo. Las tres entregas previas mostraron una expansión destacable de la actividad económica y una dinámica sostenida de creación de puestos de trabajo en República Dominicana, pero también evidenciaron que ese dinamismo no se traduce proporcionalmente en empleo de calidad ni en mejoras consistentes de los ingresos laborales. Para completar el diagnóstico resulta imprescindible incorporar una tercera dimensión: cómo se distribuye el ingreso que la economía genera.

Antes de entrar en el análisis de la desigualdad conviene recordar —como punto de partida— cómo se genera aquello que luego se reparte. El producto resulta de la combinación de dos factores clásicos: trabajo y capital. De esa interacción surge la producción y, de ésta, el ingreso, siendo el empleo el principal canal a través del cual el crecimiento se traduce en ingresos para los hogares. Una vez generado el producto, el ingreso se distribuye entre los factores: salarios para el trabajo; excedentes, utilidades y rentas para el capital.

  1. De la producción al ingreso: trabajo, capital y reparto

Este marco básico permite ordenar el debate. No hay mejor política social que un empleo decente y de calidad, como se ha sostenido a lo largo de la serie, porque es a través del trabajo que la mayoría de los hogares accede al ingreso. Sin embargo, el crecimiento económico no garantiza por sí solo ni empleos de calidad ni una distribución equitativa del ingreso. Todo depende de cómo se organiza la producción, qué sectores lideran el crecimiento y cómo se reparte el valor generado entre trabajo y capital.

Cuando el crecimiento se apoya en actividades de bajo valor agregado, alta informalidad o limitada capacidad para elevar ingresos laborales —como ocurre en buena medida en la economía dominicana—, el empleo puede expandirse sin traducirse en mejoras sustantivas del bienestar. A ello se suma que, si una proporción creciente del ingreso se concentra en rentas del capital, utilidades empresariales o ingresos financieros que no se distribuyen ampliamente, el crecimiento puede volverse socialmente polarizador. De ahí que la pregunta relevante no sea solo cuánto crece la economía, sino cómo se reparte el fruto de ese crecimiento y por qué mecanismos llega —o no llega— a la mayoría de la población.

Desde este marco, la pregunta ya no es solo cómo crece la economía, sino qué revela ese crecimiento cuando se observa a través de los indicadores sociales. La evolución de la pobreza, la desigualdad y los ingresos permite evaluar hasta qué punto el patrón productivo y el reparto del valor generado se han traducido en mejoras sostenidas del bienestar. Sin embargo, estas métricas —basadas en encuestas de hogares— capturan solo una parte del fenómeno distributivo, lo que obliga a leer sus resultados con cautela y a situarlos dentro de un análisis más amplio sobre empleo, ingresos laborales y apropiación del excedente.

  1. Pobreza, desigualdad y los límites de la medición convencional

Al observar la evolución de la pobreza general, la pobreza extrema y la desigualdad a lo largo de las últimas dos décadas y media —medida esta última a través del índice de Gini— la evidencia muestra reducciones estadísticamente significativas tanto en la pobreza —general y extrema— como de la desigualdad en la República Dominicana. Estos avances constituyen un logro social relevante. Sin embargo, la lectura de la desigualdad a partir del Gini no agota el análisis distributivo y será contrastada, más adelante, con aproximaciones alternativas que ofrecen una visión distinta del reparto del ingreso. La trayectoria observada ha coexistido con un mercado laboral caracterizado por alta informalidad, bajos salarios y una capacidad limitada para generar ingresos laborales suficientes y sostenidos para amplios segmentos de la población.

A ello se suma que, aunque el índice de Gini refleja una mejora moderada de la desigualdad medida a partir de encuestas de hogares, esta evolución no agota el análisis distributivo. Estas mediciones —indispensables para el análisis social— capturan con mayor precisión los ingresos laborales y ciertas transferencias, pero subestiman de manera sistemática los ingresos más altos y los retornos del capital, como utilidades empresariales, rentas financieras y dividendos. En economías donde estos componentes ganan peso, la imagen resultante es necesariamente parcial.

En este contexto, es posible que la pobreza disminuya y que los indicadores tradicionales de desigualdad muestren mejoras, sin que ello implique una transformación sustantiva del patrón distributivo. La reducción de la pobreza refleja, en buena medida, el impacto del crecimiento económico, los ajustes salariales y las políticas públicas orientadas a aliviar privaciones básicas, pero estos avances pueden coexistir con una estructura productiva y laboral que limita la capacidad de amplios sectores para acceder a ingresos de mayor calidad.

Así, el progreso social observado no necesariamente se traduce en un reparto más equilibrado del ingreso entre trabajo y capital. Una parte relevante del ingreso adicional puede concentrarse en segmentos que no dependen del empleo como principal fuente de ingresos, sin que ello se refleje plenamente en los indicadores habituales. Conviene señalar, no obstante, que la evolución de la pobreza y de algunos indicadores distributivos también ha estado influida por factores exógenos al sistema productivo, como el crecimiento de las remesas y la expansión de los programas de transferencias monetarias, cuyo impacto sobre el bienestar de los hogares no necesariamente se traduce en una transformación del patrón de generación y reparto del ingreso. Esta brecha entre la mejora social registrada y la persistencia de desequilibrios distributivos plantea la necesidad de ampliar el enfoque analítico, incorporando herramientas que permitan observar con mayor claridad quiénes se apropian del crecimiento económico y por qué vías.

  1. Un nuevo lente para mirar ingresos, trabajo y capital

Con el objetivo de superar las limitaciones de las mediciones tradicionales de la distribución del ingreso —basadas principalmente en encuestas de hogares—, estimaciones recientes para la República Dominicana, elaboradas por el World Inequality Lab en coordinación con la CEPAL, introducen un cambio relevante de enfoque. A partir de la metodología de Cuentas Nacionales Distribucionales, estas estimaciones combinan encuestas de hogares, registros tributarios y cuentas nacionales, bajo una premisa central: ninguna fuente, por sí sola, logra capturar adecuadamente la totalidad del ingreso ni su distribución efectiva.

Las encuestas de hogares siguen siendo esenciales para describir el mundo del trabajo, pero tienden a subestimar los ingresos altos y, en particular, los ingresos del capital. Los registros tributarios permiten observar con mayor precisión la cúspide de la distribución, mientras que las cuentas nacionales hacen visible el ingreso total generado y su reparto entre trabajo, capital, empresas y Estado. Al reconciliar estas fuentes, el nuevo enfoque incorpora explícitamente el papel del capital —incluidas las utilidades no distribuidas—, clave para entender la desigualdad en una economía cada vez más compleja y concentrada.

Los resultados modifican de manera sustantiva la imagen habitual. Con una mejor captura de los ingresos altos y del capital, la desigualdad aparece significativamente mayor que la sugerida por las mediciones basadas en el índice de Gini. Según estas estimaciones, el 10% más rico concentra más de la mitad del ingreso nacional, mientras que el 1% superior capta más de una quinta parte, ubicando al país entre los de mayor concentración del ingreso en América Latina y el Caribe.

Este hallazgo no contradice necesariamente la trayectoria descendente del Gini observada en años recientes, pero sí introduce una distinción clave: la desigualdad puede disminuir en términos de tendencia y, al mismo tiempo, mantenerse elevada en términos de nivel. El ajuste no sugiere un aumento súbito de la desigualdad, sino que revela que una fracción relevante del ingreso, concentrada en la cúspide, permanecía fuera del campo de observación.

Epílogo: del diagnóstico al desafío pendiente. La incorporación de este nuevo lente obliga a repensar el vínculo entre crecimiento, empleo y distribución del ingreso. El desafío no es únicamente crecer ni limitarse a generar puestos de trabajo, sino transformar la forma en que se produce y se reparte el valor generado. Una economía puede expandirse, reducir la pobreza y mostrar mejoras laborales, mientras una parte significativa del ingreso adicional se concentra fuera del ámbito del trabajo.

El contraste entre las mediciones convencionales y las nuevas estimaciones no invalida los avances observados, pero sí revela sus límites. Más que un debate estadístico, plantea una pregunta de fondo: ¿qué tipo de crecimiento necesita el país para que la expansión económica se traduzca en bienestar más amplio y sostenible?. Alinear crecimiento, empleo de calidad y una mejora progresiva de la distribución emerge así como una idea-fuerza para orientar políticas públicas, decisiones empresariales y demandas sociales. Sobre esta base se apoyará la próxima y última entrega de la serie, con una mirada puesta no solo en el diagnóstico, sino en los caminos posibles de transformación.

No se trata solo de cuánto crece la economía, sino de cómo y para quién.

Juan Tomás Monegro

Académico y consultor.

Economista, graduado en México. Académico y consultor. Doctorado en Economía. Ex viceministro de Desarrollo de Industria, Comercio y Mipymes, y ex Viceministro de Planificación en el Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo (MEPyD).

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