Hace un tiempo atrás, recibí de mi adorada hija mayor la grabación de una predica del Pastor Héctor Salcedo, un verdadero hijo de Dios, de la Iglesia Bautista Internacional (IBI), iglesia donde mi hija se congrega junto a su esposo y todos sus hijos, sin excepción.

Y allí pude escuchar una frase que hizo detenerme a pensar:

“Qué tonto es el ser humano que, por no tener lo que quiere, no disfruta lo que tiene.”

Rápidamente concluí que, aunque la expresión era dura, realmente encierra una verdad que en algún momento todos hemos tenido que vivir.

Y es que pasamos gran parte de nuestra vida persiguiendo sueños, metas, objetivos o como Ud. quiera llamarle. En la mayoría de los casos siempre anhelamos una mejor posición económica, una casa más grande, un vehículo más moderno, un ascenso, un viaje, una cuenta con mayor solvencia bancaria o simplemente que desaparezca algún problema que nos preocupa. Y en eso no hay nada malo. El deseo de progresar es válido, se aprueba, es legítimo, es parte natural de nuestra vida.

El problema surge cuando condicionamos nuestra felicidad a la obtención de aquello que aún no tenemos.

Entonces se presenta una situación que nos impresiona: y es que mientras concentramos toda nuestra atención en lo que nos falta, dejamos de valorar lo que ya tenemos y es parte de nuestra vida.

Muchos sueñan con tener salud hasta que la pierden: pues precisamente porque ésta nos acompaña silenciosamente en la vida diaria, pasa desapercibida mientras está presente en perfecto estado. No pensamos en ella cuando caminamos sin dolor, cuando dormimos bien, cuando nuestra columna vertebral esta sana y nuestros movimientos no los impide nada y no causan dolor, cuando respiramos sin dificultad o podemos hacer nuestras actividades normales. Sin embargo, cuando aparece una enfermedad o una limitación, o cuando no obstante nuestro genero sea masculino, y aparece una protuberancia en una mama, que luego se convierte en un carcinoma ductal, de repente comprendemos el enorme valor que tenía aquello que dábamos por sentado: nuestra salud.

Otros descubren el valor de la familia cuando alguno de sus miembros falta. Hay quienes pasan años persiguiendo éxito profesional sin darse cuenta, de que estaban sacrificando momentos irrepetibles junto a sus hijos, sus padres o sus amigos.

Por eso resulta tan interesante la enseñanza de EL INMENSO APÓSTOL PABLO, Saulo de Tarso, el Apóstol de los gentiles cuando hablaba del CONTENTAMIENTO. No se refería a la resignación ni al conformismo. Tampoco proponía abandonar los sueños o las aspiraciones personales. Lo que enseñaba era algo mucho más profundo: aprender a mantener nuestra paz interior, independientemente de las circunstancias.

Pablo decía haber aprendido a vivir tanto en la abundancia como en la escasez. En otras palabras, comprendió que la tranquilidad no podía depender exclusivamente de las condiciones de los demás, o sea: de los amigos, del vecino, del compañero de trabajo, en fin, del mundo que lo rodea, quizás constituyendo con esto una de las situaciones más difíciles de la vida.

Vivimos en una sociedad que constantemente nos invita a compararnos con los demás. Y como ejemplo de esto tenemos las redes sociales que muestran fabulosos viajes, éxitos, bienes materiales y logros personales que muchas veces generan la sensación de que siempre estamos detrás de alguien y como consecuencia, cometemos el error de dejar de valorar nuestras propias bendiciones, olvidándonos así, que siempre habrá alguien con más dinero, con más realce o más propiedades.

Pero también habrá millones de personas que darían cualquier cosa por disfrutar de algunas de las cosas (Bendiciones) que nosotros hoy ya poseemos.

El contentamiento no significa dejar de crecer o detenerse, todo lo contrario: significa prosperar, pero sin perder la capacidad de agradecer, de reconocer, de devolver.

Significa seguir trabajando sin detenernos por nuestros objetivos, ¡pero sin olvidar que la vida es hoy!, no cuando llegue el próximo ascenso, el próximo negocio o el próximo vehículo nuevo..

Quizás la verdadera riqueza no sea tener todo lo que deseamos, sino en reconocer el valor de aquello que ya tenemos.

Por lo que es muy probable, que el verdadero secreto no consiste en alcanzar todo lo que soñamos, sino en aprender a reconocer que muchas de las cosas que hoy anhelamos ya estuvieron una vez en nuestra lista de sueños y, por la gracia de Dios, terminaron convirtiéndose en nuestra realidad.

¡Bendiciones!

Fausto J. Hernández

Economista INTEC 1987. Doctorado en Economía, Bilbao 1995. Postgrado Matemáticas Puras, INTEC 2002. Máster Neurosicologia Educativa, CEUPE 2022. Profesor Economía Matemática INTEC 2009. Director Regulación y Defensa de la Competencia, Indotel 2005-2010.

Ver más