La búsqueda de un lenguaje universal ha tenido un largo recorrido. Este libro —conmovedor, hermoso e importante— señala la futilidad de tal utopismo. Por ejemplo, muchos anglófonos monolingües y complacientes aprueban el inexorable auge del inglés, esperando ser comprendidos en todas partes, ignorando el hecho de que el mandarín —que cuenta con un mayor número de hablantes nativos en el mundo— podría tener el mismo derecho de convertirse en nuestra «lingua franca».

«Un idioma común por sí solo no nos une ni resuelve los problemas del mundo», escribe la periodista Sophia Smith Galer. «Sin embargo, la diversidad lingüística sí ayuda a que nuestras comunidades se mantengan unidas, al brindar resiliencia, lazos étnicos, enciclopedias, puentes culturales e incluso intervenciones sanitarias».

Las fuerzas que arrastran al mundo hacia una mayor homogeneidad lingüística son poderosas e incluyen el respaldo estatal a las lenguas de mayor peso, los imperativos comerciales y el auge del internet global. Smith Galer identifica diversas formas de «lingüicidio», algunas más brutales que otras. Nos traslada al escenario de cada crimen —desde Omán hasta Ghana y Kurdistán— para explorar las lenguas minoritarias que han resistido, a pesar de la represión y el abandono, y entrevistar a sus hablantes.

No se trata de un ejercicio académico. Smith Galer enmarca sus viajes con la historia sumamente personal de su nonna —o abuela—, quien habla italiano, inglés y el distintivo dialecto de las montañas y valles cercanos a Piacenza, en el norte de Italia, donde creció.

La narración nos cautiva desde el principio. «En el piso de arriba, un idioma está muriendo», comienza Smith Galer, mientras se apresura hacia la cabecera de la emigrante de 93 años en el norte de Londres. La inminente desaparición de lo que la nonna llama simplemente «al dialët» —el dialecto— motiva a la autora a ir en busca de las raíces de lo que resulta ser un idioma con entidad propia y frágil. En el camino, intenta «reparar» su propia relación con el italiano. (Smith Galer aprendió francés y español en la escuela, y añadió el árabe en la universidad).

La historia que narra es profunda y, a menudo, trágica. Si bien How to Kill a Language (Cómo matar un idioma) constituye un oportuno llamado a la acción en favor de la enseñanza y el aprendizaje de las lenguas modernas, sacudió mi complaciente orgullo por haber adquirido el inglés, el francés, el español y el italiano —respectivamente— a través del nacimiento, la educación, el matrimonio y el desarrollo profesional. Los cuatro idiomas emergen, según su relato, como armas de privilegio y poder.

El italiano, por ejemplo —en su variante toscana escrita por Dante—, fue uno de los grandes unificadores del Estado-nación del siglo XIX; sin embargo, su auge, motivado por razones políticas, relegó a un estatus de segunda categoría a otras lenguas autóctonas y a un sinfín de variedades regionales, como el «al dialët». No fue hasta 1999 cuando Italia cedió ante la presión de la Unión Europea (UE) para proteger sus lenguas minoritarias y, aun así, solo reconoció 12 de las 26 existentes.

El inglés se presenta como una especie de invasor colonial lingüístico: un problema profundamente arraigado que resulta «enorme y voraz». En California, es el villano de la historia. Uno de los muchos datos extraordinarios que ofrece este libro es que este estado de EE. UU. albergó en el pasado veinte familias lingüísticas conocidas (toda la Unión Europea cuenta con apenas tres: la eslava, la germánica y la románica) y entre ochenta y noventa lenguas diferentes. Smith Galer se adentra en los bosques del norte de California para rastrear una de ellas: el karuk, la lengua de la tribu indígena que lleva el mismo nombre. En la actualidad, esta cuenta con tan solo doce hablantes adultos.

La desaparición de tales lenguas representa una pérdida de conocimiento científico, afirma ella; sin embargo, preservarlas y, aún mejor, revivirlas «tiene que ver con algo más fundamental y visceral. Es para que no olvidemos quiénes somos».

Smith Galer vincula de manera convincente el destino de las lenguas con amenazas más profundas. Lo más evidente es que la supervivencia del ucraniano está intrínsecamente ligada a la supervivencia de la propia nación. Pero también demuestra que la vitalidad lingüística no es meramente un indicador indirecto del bienestar ni de ese tan trillado concepto conocido como multiculturalismo. El libro argumenta con solidez que la salud de las lenguas está fundamentalmente vinculada a la salud mental y física de las personas que las hablan, así como al patrimonio ecológico y cultural de los lugares donde se hablan dichas lenguas.

El espíritu que impulsa este libro esclarecedor no es, a pesar de su título, la muerte, sino la vida. Transcribir y archivar idiomas moribundos no sustituye el acto de hablarlos. Entre las muchas formas ingeniosas en que se están preservando e incluso revitalizando las lenguas minoritarias se encuentran los «nidos lingüísticos» que conectan a los ancianos con los niños en edad preescolar y los grupos de voluntarios que, con gran dedicación, plasman y preservan en Wikipedia el saber ancestral y las lenguas tribales.

Alguien le dijo una vez al especialista en yidis Max Weinreich que «un idioma es un dialecto con un ejército y una armada». Este libro es una advertencia sobre lo que sucede si los militares vencen, pero también celebra los inicios de una contraofensiva guerrillera.

(Andrew Hill. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web).

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