Ante los indetenibles y cada vez más inquietantes problemas económicos, políticos, bélicos y de las peligrosas amenazas del futuro que tiene el mundo ante sí, en diversos sectores nacionales, incluyendo el actual gobierno, comienzan a despuntar propuestas sobre cómo prepararnos para ese futuro. Figuras de diferentes ramas del conocimiento, de diversas trayectorias, adscripciones a perspectivas y posiciones ideológicas/políticas, coinciden en la necesidad de enfrentar este tiempo mediante la formulación y acometimiento de reformas estructurales en el plano de la economía. Al mismo tiempo, el gobierno ha hecho un llamado para un acuerdo nacional para enfrentar el impacto de la situación mundial en nuestra economía, sin que falten otras propuestas de reformas en otras áreas.

Al igual que en otras partes del mundo, esos sectores se movilizan en búsqueda de respuestas a un mundo patas arriba por los efectos de los diferentes conflictos armados en los que algunos, como los desencadenados por Israel en Gaza y ahora en el Líbano, tipifican como holocaustos. Esta circunstancia tiene como contexto la guerra que por la hegemonía política, ideológica y cultural enfrenta a las corrientes ultraderechistas de diversos matices contra la liberal/progresista y socialistas con sus diferentes gradaciones. Es lo que algunos llaman guerra de las ideas, de cuyo desenlace dependerá el destino del mundo y en la que, de cara al futuro, a la naturaleza que este podría tener, las posiciones y alianzas que forjen países y corrientes del pensamiento serán determinantes.

Por consiguiente, los alcances, contenidos y orientación que tengan las diversas iniciativas de reformas y/o acuerdos para enfrentar los nubarrones que se ciernen sobre el mundo no pueden soslayar una posición en torno a los conflictos bélicos y frente a las luchas por las opciones o hegemonía política y cultural arriba referidos. De igual modo, tampoco pueden sustraerse de las iniciativas de reformas discutidas en los últimos cuatro o cinco años, muchas de ellas en estado avanzado en su proceso de discusión. De ese modo se evitaría caer en esa perniciosa costumbre nuestra: casi siempre partir de cero al momento de impulsar cualquier nueva iniciativa. Entre las reformas postergadas o discontinuadas: la fiscal, que es vital y mientras más se acercan las fechas fatales del calendario político más se aleja la posibilidad de hacerla.

Por otro lado, cuando algunos hablan de reforma económica estructural se refieren a que esta tiene como objetivo cardinal una democratización de las cargas y del gasto para enfrentar el principal mal de la sociedad dominicana: las profundas y ancestrales desigualdades sociales, las exclusiones y las limitaciones en el ejercicio de derechos laborales y sociales, cuyas perversas manifestaciones son tan diversas como los factores que las provocan y acentúan. Sin recursos, crecerán esas desigualdades, pero no bastan solo los dineros; hacen falta otras reformas y una responsabilidad del Estado para impulsar los derechos ciudadanos al acceso de los servicios básicos para el discurrir de la cotidianidad y limitando los factores que lo encarecen mediante iniciativas sociales y políticas.

Esa es una responsabilidad política de todas las partes, y la manera más efectiva y sostenible de un acuerdo nacional para mitigar los efectos perversos que sobre la economía del país producen los conflictos bélicos regionales de impacto internacional. Pero no son solo estos conflictos los que producen incertidumbre y afectan el desenvolvimiento de la economía de nuestro país y en todo el mundo; es también el clima de violencia, de odio de todo tipo, de negación del principio de convivencia pacífica basado en el respeto a reglas vinculantes en todos los órdenes, de justificación irresponsable de explotación indiscriminada de los recursos naturales, de negación de derechos humanos inalienables que impulsa un variopinto movimiento internacional del odio y la violencia.

Cierto que es en la economía donde más visibles e inmediatos se reflejan los efectos que producen las acciones militares y la política de irrespeto a la soberanía nacional de algunos países. Pero no olvidemos que en el origen de esas acciones la referida internacional juega un papel de primer orden y es una fuente de sostenido peligro a la convivencia civilizada entre las naciones y entre los ciudadanos de una nación. Es una realidad cuya importancia y peligro algunos sectores no soslayan, sino que forma parte esencial en su agenda de lucha política. Por ejemplo, dentro de poco se reunirán en Madrid los prestigiosos presidentes Lula, Sheinbaum, Petro y otros jefes de gobierno y de Estado europeos, expresidentes y líderes de otras regiones para identificar propuestas conjuntas de cara al futuro de sus países.

Esto último lo pongo como ejemplo de una mirada colectiva del momento que vive el mundo actual, con la cual se busca una articulación de acciones concretas para enfrentar en perspectiva global las amenazas del futuro. Aquí, las iniciativas para enfrentar la presente coyuntura mundial tienen actores más diversos y objetivos más puntuales y modestos, pero si no tienen un enfoque adecuado, evitando ineludibles realidades, los acuerdos a que se lleguen no pasarán de ser meras anécdotas. Solo eso. Esto interpela a los partidos, sin importar signos, conminándolos a dejar sus habituales cotorreos y sentarse a discutir seriamente problemas que son realmente nacionales.

César Pérez

Sociólogo, urbanista y municipalista

Sociólogo, municipalista y profesor de sociología urbana. Autor de libros, ensayos y artículos en diversos medios nacionales y extranjeros sobre movimientos sociales, urbanismo, desarrollo y poder local. Miembro de varias instituciones nacionales y extranjeras, ex director del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y ex dirigente del desaparecido Partido Comunista Dominicano, PCD.

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