El presunto autor del tiroteo que sumió en el caos la cena de prensa celebrada el sábado por la noche en Washington apenas había sido detenido cuando ya una multitud de influenciadores del movimiento MAGA estaba culpando a los demócratas del tiroteo.

"Ellos son el partido del terrorismo", escribió en X Matt Walsh, un destacado comentarista conservador. "La violencia política proviene de un solo lado. ¿Cuánto tiempo más permitiremos que estas personas le declaren la guerra al país?".

Pero los ataques que están convulsionando la política estadounidense están dirigidos a personas de ambos bandos de la división partidista. Los funcionarios electos de los dos partidos principales corren cada vez más riesgo de ser blanco de extremistas dispuestos a tomar las armas en busca de alcanzar sus objetivos políticos.

William Braniff, director del Laboratorio de Investigación e Innovación sobre Polarización y Extremismo (PERIL, por sus siglas en inglés) de American University, afirmó que existe una "clara línea de tendencia" en la sociedad estadounidense: un gran aumento de los delitos de odio; de los intentos de asesinato; de los actos de terrorismo; y de otras formas de violencia premeditada.

Él atribuye esto a un "tóxico entorno informativo" lleno de "empresarios del conflicto que se enriquecen haciéndonos enojar los unos con los otros". La situación se ve agravada por una "pérdida de confianza en las instituciones democráticas que facilita ver la violencia ilegal como una solución".

El más reciente episodio de este tipo de incidente tuvo lugar en el salón de baile del Washington Hilton el sábado por la noche, cuando la élite mediática y política de la capital se encontraba reunida para la cena de corresponsales de la Casa Blanca.

El presidente Donald Trump y altos funcionarios fueron conducidos a un lugar seguro después de que un presunto hombre armado irrumpió a través de un control de seguridad y disparó contra los guardias. El sospechoso, identificado por los medios estadounidenses como Cole Tomas Allen —un hombre de 31 años de California—, fue posteriormente neutralizado por las fuerzas del orden público.

La reacción ante el tiroteo reflejó las profundas divisiones y la mutua desconfianza que afectan cada vez más al cuerpo político estadounidense. Las teorías conspirativas se difundieron rápidamente, sugiriendo que el incidente había sido "manipulado", un engaño diseñado para impulsar la agenda política de Trump o para reforzar su argumento a favor de demoler el ala este de la Casa Blanca y reemplazarla con un nuevo y enorme salón de baile.

Pero el tiroteo sin duda confirmó el estatus de Trump como uno de los presidentes que más atentados ha sufrido en la historia estadounidense. En julio de 2024, una bala de un potencial asesino le rozó la oreja en Butler, Pensilvania; luego, en septiembre, un hombre fue arrestado en el Trump International Golf Club de West Palm Beach donde se encontraba escondido entre los arbustos y armado con un rifle.

En declaraciones realizadas poco después de ser sacado rápidamente del escenario el sábado por la noche, Trump dijo que tales complots contra su vida eran un riesgo laboral. "No hay profesión más peligrosa", dijo él, añadiendo que era incluso más arriesgado que ser piloto de carreras o jinete de toros.

Ya ha habido atentados contra presidentes anteriormente. Los presidentes estadounidenses Abraham Lincoln, James Garfield, William McKinley y John F. Kennedy fueron asesinados mientras ocupaban el cargo. Ronald Reagan recibió un disparo de John Hinckley Jr. en 1981 frente al Washington Hilton, el mismo hotel donde ocurrió el incidente del sábado.

Pero el atentado contra Reagan fue un hecho aislado, perpetrado por un hombre con problemas mentales que posteriormente pasó décadas bajo tratamiento psiquiátrico. Lo que distingue a la última ola de asesinatos y tiroteos es que cuenta con el respaldo de una creciente aceptación pública del uso de la violencia para alcanzar fines políticos.

Robert Pape, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Chicago, señaló que las encuestas anuales que ha realizado durante los últimos cinco años para medir el apoyo a la violencia política en la sociedad estadounidense han revelado que "decenas de millones de estadounidenses expresan cierta apertura al uso de la fuerza en la política".

La idea de atacar físicamente —o incluso asesinar— a los oponentes ideológicos se está "normalizando", según él, y añadió que los medios sociales estaban "echándole leña al fuego".

La situación podría empeorar aún más. "Todo esto apunta a que las elecciones de otoño serán las elecciones de mitad de período más peligrosas de nuestras vidas", dijo él.

Los republicanos —aún de luto por el activista conservador Charlie Kirk asesinado a tiros en Utah el pasado mes de septiembre— insisten en que la izquierda es plenamente responsable del recrudecimiento de la violencia.

"Cada mes, un demócrata intenta asesinar a Trump. Luego, los liberales lo celebran y lo intentan de nuevo", escribió Benny Johnson, un podcastero de MAGA, en X. "No se puede vivir en paz con quienes te quieren muerto".

Otros acusaron a los medios de comunicación liberales. Kari Lake —excandidata a gobernadora y a senadora por Arizona, así como leal partidaria de Trump a cargo de supervisar medios financiados por el Gobierno como la Voz de América— acusó a personas como Jake Tapper, de la CNN, de haber "pasado una década difundiendo mentiras absolutas sobre el presidente Trump".

Pero los demócratas señalan que los políticos liberales también han perdido la vida en la ola de violencia. La representante estatal de Minnesota, Melissa Hortman, fue asesinada a tiros en su casa en junio de 2025 en lo que las autoridades describieron como un "asesinato por motivos políticos".

Mientras tanto, los críticos de Trump sostienen que no es el Partido Demócrata, sino el propio presidente, quien es el culpable de la creciente propensión a la violencia en la política estadounidense.

Los expertos jurídicos, por ejemplo, han señalado que los feroces ataques de Trump contra los jueces que bloquearon algunas de las políticas de su administración han provocado un gran aumento en el número de amenazas contra miembros del poder judicial. El Servicio de Alguaciles de EE. UU. registró 564 amenazas creíbles dirigidas a 396 jueces federales durante el año fiscal 2025, el cual finalizó el 30 de septiembre.

En noviembre del año pasado, varios legisladores demócratas solicitaron la intervención de la Policía del Capitolio de EE. UU. ante lo que calificaron como publicaciones "intimidatorias, amenazantes y preocupantes" por parte de Trump. Él los había acusado de "conducta sediciosa punible con la pena de muerte" a raíz de un vídeo que publicaron en el que instaban a las fuerzas armadas estadounidenses a desobedecer órdenes ilegales.

Jennifer McCoy, politóloga de la Universidad de Georgia, explicó que Trump había seguido una estrategia de "perniciosa polarización" que había creado un ambiente propicio para actos de agresión. "Desde el principio, él demonizó a sus oponentes, identificó enemigos a quienes culpar de todos los problemas que enfrenta el país y vilipendió a ciertos grupos, ya fuera el partido opositor o grupos de inmigrantes como los somalíes", dijo ella. "Esta es una cultura política que parece dar permiso para ciertas formas de violencia".

(Guy Chazan. Copyright The Financial Times Limited 2026 © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web).

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