A lo largo de mi andar en mi clase de Sociología Urbana, he terminado haciendo de su programa una especie de extensa conferencia sobre la ciudad en la historia. Asumo la idea de que, a partir del estudio de lo urbano, de alguna manera se puede construir la historia de las ideas y luchas políticas. En breve, la historia del desarrollo de las fuerzas productivas y de las estrategias de las fuerzas del trabajo para enfrentar el desenfreno suicida con que la componente del capital va engullendo espacio y territorio para su reproducción, en un sostenido proceso de destrucción/construcción de nuevas áreas. El núcleo urbano inicial se expande a través de la incorporación de sus entornos rurales y del espacio y del territorio.
En este proceso, no solamente se destruyen los asentamientos humanos del perímetro urbano, sino también suelo de vocación agrícola juntamente con la cultura e identidad de la población allí radicada. En ese sentido, espacio y territorio constituyen una construcción social en la que las luchas por su apropiación jalonan la historia. La naturaleza de los grupos y clases sociales que participan de ese proceso, en su forma, va cambiando a través del tiempo; la profundidad y la diversidad de las transformaciones científicas y tecnológicas en los procesos productivos impactan de manera decisiva tanto en la composición como en la conciencia de la fuerza del trabajo, incidiendo en sus formas de lucha y también, posiblemente, en su esencia.
El escenario principal de las luchas de esa fuerza estaba limitado al ámbito del lugar en que se producía: el taller, la fábrica y, de alguna manera puntual, en la producción agrícola. El dinamismo del desarrollo tecnológico y científico sobrepasó el ya estrecho ámbito del lugar del trabajo y se expandió en la ciudad primero y en todo el mundo después. Este proceso se acentuó profunda e indeteniblemente mediante la producción en serie, en la que un trabajador tendía a actuar en una sola fase de la fabricación de un producto, no en todas como era antes. Es el conocido fordismo, implementado por la industria automovilística del empresario norteamericano Henry Ford. En la época moderna, este método ha alcanzado niveles insospechados transformándose en lo que se conoce como virtualización del trabajo.
Vale decir, la existencia de fábricas virtuales de un mismo producto, cuyas partes están diseminadas en la ciudad de uno o de varios países, en las que los trabajadores no se conocen y posiblemente nada tienen que ver con lo que le pase al uno o al otro. De ese modo se divide o fragmenta el proceso productivo, obteniendo la fuerza del capital mayores niveles de productividad y logrando, además, la fragmentación y el debilitamiento de la fuerza del trabajo. La territorialización de la política, iniciada en los años ochenta, en que, de las fábricas, las luchas sociales se llevaron mayormente a los espacios urbanos, contribuyó a que se pensara que esas luchas podían constituirse en la mejor forma de incidir en los procesos de configuración de las ciudades.
Con esta visión se apostaba al papel de los movimientos sociales como sujetos con capacidad de incidir profundamente en la lógica de la construcción del espacio desde una perspectiva inclusiva. Algunos llegaban a la exagerada creencia de que los movimientos sociales urbanos constituían el sujeto de transformación social, sustituyendo a una clase obrera que no logró llegar a la cita de la revolución. A pesar del valor de esos movimientos en los años ochenta e inicio de los noventa, a su invaluable papel movilizador por la inclusión social, a su significativo aporte a la comprensión de la ciudad y lo urbano, así como su lucha contra gobiernos represivos, poco a poco fueron perdiendo fuelle, hasta ver reducida su presencia significativamente. Desapareciendo prácticamente como tales.
La producción del espacio tiene una impronta esencialmente especulativa; se orienta por la transformación de suelo no edificable de vocación agrícola en edificable, mediante toda forma de especulación edilicia y de corrupción apañada y/o impulsada por políticos, convirtiendo áreas naturales en mera "materia prima para la producción del espacio". Un bien inicuamente convertido en mercancía de esencia especulativa. Pero con esa finalidad no solamente destruyen los entornos rurales de los asentamientos urbanos, sino que destruyen y convierten en mercancía la naturaleza toda como nueva forma del desarrollo capitalista. Es precisamente esta lógica lo que determina nuevas formas de luchas sociales en defensa de la naturaleza.
En ese sentido, se elevan a 2.253 el total de asesinatos y desapariciones de entre 2012 y 2024 de militantes ambientalistas a nivel mundial, según Global Witness. El año pasado se registraron en América Latina más de 120 asesinatos de esos militantes. Y es que hay un cambio de escenario de lucha de los movimientos sociales; aquí lo demuestra el sostenido crecimiento del movimiento ambientalista, cuya potencialidad y legitimidad se evidenció en su lucha contra el intento de construcción de una mina extractiva en San Juan. El presidente Abinader reconoció la pertinencia y legalidad de esa lucha al ordenar el cese de los aprestos mineros en esa provincia.
Pero las ciudades siguen concentrando los mayores niveles de pobreza, desigualdad y de corrupción en su gestión. Como escenario de lucha aún conservan su potencialidad. Hacerla real es la cuestión.
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