El más reciente informe Commodity Markets Outlook del Banco Mundial (abril 2026) confirma que el mundo ha entrado en una fase de alta volatilidad estructural en los mercados de energía, fertilizantes y alimentos. La guerra en el Medio Oriente provocó la mayor disrupción de oferta petrolera registrada, con una caída estimada de 10 millones de barriles diarios y aumentos abruptos en los precios del crudo, el gas natural y la urea.

El resultado es claro: el Banco Mundial proyecta un aumento de 24% en los precios de la energía y de 31% en los fertilizantes en 2026, con efectos directos sobre la inflación, el crecimiento y la seguridad alimentaria. Más aún, advierte que este entorno podría elevar la inflación en economías emergentes y agravar la vulnerabilidad fiscal y social.

Para la República Dominicana, este escenario no es externo. Es estructural.

El país importa prácticamente todos los combustibles que consume, con una factura que ha oscilado entre US$5,000 y US$7,000 millones anuales, mientras depende en más de un 80% de fertilizantes importados. Esto nos expone directamente a cada shock de precios internacionales, trasladando sus efectos al costo de vida, al tipo de cambio y a la estabilidad fiscal.

Pero hay una segunda capa de riesgo, menos visible y más peligrosa: la financiera.

El aumento global de precios energéticos presiona la inflación y puede retrasar la baja de tasas de interés en economías avanzadas. El propio Banco Mundial proyecta un aumento de la inflación en economías emergentes hasta 5.1% en 2026. Para países endeudados, esto implica un encarecimiento del financiamiento, mayores tasas y un aumento sostenido del costo de la deuda pública.

Es decir, el shock de materias primas puede transformarse rápidamente en un shock fiscal.

Frente a este contexto, la respuesta no puede ser fragmentada ni coyuntural. La República Dominicana necesita articular un Plan Nacional ante el shock de materias primas, con una visión integral que reduzca vulnerabilidades externas y fortalezca su capacidad productiva.

Ese plan debe descansar sobre tres pilares de innovación estratégica.

El primero es la transformación de la matriz energética, donde los biocombustibles deben jugar un rol clave. En un contexto donde el encarecimiento del petróleo está elevando la demanda de insumos alternativos, el desarrollo del etanol a partir de la caña de azúcar y del biodiesel desde la palma africana no solo es viable, sino estratégico. No se trata únicamente de energía, sino de reactivar cadenas agroindustriales, generar empleo y reducir la exposición a los precios internacionales. Pero esta transformación debe ir acompañada de una decisión igualmente importante: avanzar hacia la electrificación del transporte, que constituye el principal canal de transmisión del shock petrolero hacia la economía. Migrar progresivamente las flotas de transporte público a sistemas eléctricos, incentivar el uso de motocicletas y vehículos de reparto eléctricos, y priorizar corredores urbanos y la logística de alimentos permitiría reducir de manera significativa la dependencia del petróleo importado, al tiempo que aliviaría la presión sobre los subsidios y mejoraría la eficiencia del sistema de transporte.

El segundo pilar es la sustitución inteligente de insumos agrícolas. La crisis global de fertilizantes, con incrementos significativos en la urea, obliga a repensar la dependencia externa. Aquí el país tiene una oportunidad única: transformar el sargazo, hoy visto como una amenaza al turismo, en fertilizante orgánico. Este enfoque no solo reduce costos, sino que convierte un problema ambiental en una ventaja productiva, fortaleciendo la seguridad alimentaria.

El tercer pilar es menos visible, pero igual de determinante: la gestión del riesgo financiero. En un mundo de alta volatilidad, los países no solo deben producir mejor, sino también protegerse mejor. La implementación de mecanismos de cobertura de precios —como hacen economías avanzadas y países como México en el mercado petrolero— permitiría estabilizar el impacto de los shocks en las finanzas públicas. Complementado con una política de subsidios más focalizada y eficiente, esto ayudaría a proteger a los sectores más vulnerables sin comprometer la sostenibilidad fiscal.

A estos pilares debe sumarse un eje transversal: mejorar la eficiencia del uso de recursos. Desde la agricultura de precisión hasta la optimización del transporte de alimentos, cada reducción en costos internos es una defensa frente a los shocks externos.

Lo que plantea el Banco Mundial no es un episodio transitorio. Es un cambio en las reglas del juego global. Más volatilidad, más incertidumbre y más presión sobre energía y alimentos.

En ese nuevo escenario, la diferencia entre los países no estará en su capacidad de evitar los shocks, sino en su capacidad de prepararse para ellos.

La respuesta no es una sola política, sino un ecosistema de innovación: energía más diversificada, transporte más eficiente, agricultura más inteligente, gestión financiera más sofisticada y un Estado que priorice con rigor.

Esa es la diferencia entre un país que sufre los shocks… y uno que los gestiona.

Juan Ramón Mejía Betances

Economista

Analista Político y Financiero, cursó estudios de Economía en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU), laboró en la banca por 19 años, en el Chase Manhattan Bank, el Baninter y el Banco Mercantil, alcanzó el cargo de VP de Sucursales. Se especializa en la preparación y evaluación de proyectos, así como a las consultorías financieras y gestiones de ventas para empresas locales e internacionales.

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