Hace casi un siglo, José Ortega y Gasset advirtió, en La rebelión de las masas, sobre una forma silenciosa de decadencia social: el ascenso del "hombre-masa", ese sujeto satisfecho de sí mismo, conformista, incapaz de reconocer límites y, sin embargo, dispuesto a imponer su voluntad sobre aquello que no comprende.
No se trata únicamente del hombre común ni de la ausencia de estudios formales. La ignorancia más peligrosa no siempre camina descalza: a veces lleva toga, birrete, títulos académicos y lenguaje técnico. Puede habitar en quien domina una disciplina, pero carece de responsabilidad ética, sensibilidad cultural y respeto por la memoria colectiva. Puede estar en el experto que conoce mucho de una sola cosa, pero no alcanza a comprender el valor profundo de un sitio sagrado, de una piedra tallada, en este caso de una plaza ceremonial taína en una nación que todavía busca reconocerse en sus huellas más antiguas.
Ortega y Gasset advertía de desigualdad, pero sobre una barbarie más íntima: la de una sociedad que, bajo el disfraz del progreso o de la necesidad, destruye los fundamentos mismos de su civilización. Esa barbarie se manifiesta cuando personas supuestamente "ilustradas" actúan con desfachatez, desconociendo leyes, normas básicas de convivencia y el deber elemental de proteger la memoria histórica visible de un pueblo.
En países de instituciones frágiles, donde la justicia suele parecer un laberinto y las consecuencias se aplican de manera selectiva, esa confusión entre libertad e impunidad resulta todavía más peligrosa. Allí donde el Estado no protege, donde la educación patrimonial es débil y donde la memoria se abandona al azar, la destrucción puede presentarse como desarrollo; una carretera, minería o un desliz como sucedió con las ruinas de la Isabela en la era aquella.
La plaza ceremonial taína de Chacuey
Gracias a Laura Ramos, de Cultura en Dajabón; al profesor Aristóteles Poncerrate; y sobre todo a la estimada Gela de la comunidad de los Indios, quien nos mostró la zona con otros ojos, pudimos mirar Chacuey no solo como un lugar geográfico, sino como un territorio de memoria.
La plaza ceremonial taína de Chacuey estuvo ubicada en el sitio conocido como Los Indios, en la provincia Dajabón. Allí, según relatan César Franco y Peter Ferbel, arqueólogo, director y encargado de arqueología del Archivo Histórico de Santiago, existió un espacio de enorme valor arqueológico y ceremonial. En la misma zona se encuentra el conocido Charco de las Caritas, uno de los testimonios rupestres más significativos de la región.
Aunque el área fue estudiada desde temprano por investigadores como Emile Boyrie de Moya, quien publicó el primer reporte arqueológico de la zona en 1935, estudios posteriores determinaron que en este lugar existió una plaza ceremonial, o batey, perteneciente al último período ostionoide, aproximadamente entre los años 1200 y 1492 de nuestra era.
Antes de la barbarie, Chacuey había sido respetada incluso durante la dictadura. Fue declarada Monumento Nacional en 1969. Sin embargo, en 1980, de manera irracional, fue destruida durante la construcción de la carretera Partido-Dajabón, que terminó cruzando por el corazón mismo de este emblemático lugar, que a criterio de estudiosos fue quizás uno de los espacios arqueológicos más importantes del Caribe por su valor histórico, cultural y patrimonial.
La escena resume, con dolorosa claridad, esa contradicción dominicana entre la riqueza patrimonial y la indiferencia institucional; hoy un play de béisbol reposa sobre las ruinas.
Desde entonces, la zona ha sido estudiada por personalidades locales y extranjeras. De los levantamientos surgieron solicitudes, propuestas y promesas. Pero esas gestiones han quedado suspendidas en el aire, como suele ocurrir cuando la "protección del patrimonio" no coincide con intereses políticos o económicos inmediatos. Muy distinta parece ser la respuesta cuando entran estos en juego. Entonces sí aparecen los expertos, youtubers y voceros defendiendo intereses puntuales y, como arte de magia, aparecen recursos, permisos, estudios fantasmas, discursos y maquinarias. Lo vemos en zonas sensibles del Parque Nacional Jaragua, en Cabo Rojo, próximamente en Trudillé y Playa Blanca, como otros espacios amenazados por megaproyectos turísticos que prometen sol, playa y arena, mientras levantan cajones de concreto sobre paisajes vivos.
No se destruyó solamente un espacio físico: se interrumpió una conversación milenaria entre la tierra, los ancestros y las generaciones futuras.
Para cuidar las áreas protegidas no hay presupuesto suficiente y, cuando aparece el dinero para ciertos proyectos que implican mejoras de infraestructura, o no son muy bien supervisados o los estudios brillan por su ausencia. Tampoco abundan planes maestros con visión de futuro. Y cuando existen, no siempre responden a criterios consensuados ni a una comprensión profunda del territorio. En ocasiones, basta un cargo y buenas intenciones para que se tomen malas decisiones, ya que al estar rodeados por un círculo de asesores que por lo general tienen acentos extranjeros, y otros no dominan todas las aristas que colindan en una obra, terminan decidiendo erróneamente sobre lugares que desconocen en toda su dimensión etnográfica: cultural, histórica y espiritual.
Vivimos creando problemas, o permitiendo que crezcan, para luego importar soluciones empaquetadas y presentarlas como grandes ideas. Copiamos modelos de otros países sin mirar con seriedad nuestro propio contexto. Así, la memoria se convierte en trámite; la protección, en discurso; y el patrimonio y la sostenibilidad, en una palabra hermosa que se pronuncia cuando casi todo ha sido dañado.
De repente aparecen los youtubers, periodistas y, peligrosamente, personas que han dedicado su vida a cuidar y proteger, que son usadas de buena fe y fuera de contexto.
Chacuey, al igual que muchas áreas protegidas, necesita atención urgente. No candado, ni mucho menos teteos ni ruido ni basura. El Charco de las Caritas requiere lo que tantas veces se ha prometido: protección real, seguridad, señalización adecuada, educación patrimonial, apoyo a las comunidades, un museo informativo que explique al visitante lo que allí existió.
No podemos darnos el lujo de permitir que este patrimonio siga deteriorándose por vandalismo o abandono. Los petroglifos de Chacuey no deben seguir relegados al olvido como si fuesen marcas mudas sobre piedras invisibles.
El recorrido por la zona revela un enorme potencial: cultural, turístico y natural. Allí pueden integrarse visitas a obras de ingeniería como las presas, al Monumento al Grito de Capotillo, zonas de observación de aves, cielos nocturnos estrellados, senderos a espacios naturales como el Parque Nacional Nalga de Maco, cuevas con huellas taínas como La Sidra, entre otros puntos de interés.
Chacuey no debe ser visto como una ruina aislada ni como una nostalgia arqueológica. Es una advertencia. Es la prueba de que un país puede perder parte de su alma sin escuchar el estruendo de la pérdida. Basta el trazo de una carretera mal decidida, una institución indiferente, una comunidad no escuchada o una piedra sagrada convertida en obstáculo.
El conformismo, la falta de excelencia intelectual y moral no pueden ser la norma. Una nación que no protege sus vestigios termina caminando sobre sus propios huesos sin reconocerlos. Y cuando la ignorancia se viste de toga y birrete, el daño no solo es material: se vuelve símbolo, herida y condena.
Compartir esta nota