En el vasto escenario de la generación eléctrica mundial, los recursos primarios —gas natural, petróleo y carbón mineral— aún dominan, tejiendo un entramado complejo de dependencia y vulnerabilidad. La historia de estos recursos revela no solo su papel en la matriz energética, sino también las tensiones y crisis que emergen cuando su equilibrio se ve alterado por eventos impredecibles.
Una porción significativa de la electricidad global proviene del carbón mineral, representando entre el 35 y 41% de la producción. Este recurso, arraigado en la historia industrial y en decisiones políticas y económicas, refleja una realidad que ha moldeado el desarrollo de las naciones a lo largo del tiempo.
China se destaca como el gigante indiscutible en la producción de carbón, con un 45,4% del total mundial, alcanzando en ocasiones más de cuatro mil millones de toneladas anuales. No solo lidera en producción, sino que también es el mayor importador y consumidor, simbolizando una dependencia que trasciende las cifras y revela su papel central en el mercado energético global.
Le siguen en importancia la India, Indonesia, Estados Unidos y Australia. La suma de estos cinco países concentra entre el 70 y el 80% de la producción mundial, consolidando un monopolio geográfico que refleja las dinámicas de poder y control en la industria energética.
La historia reciente de China ilustra la fragilidad de esta dependencia. En la segunda mitad de 2021, una inesperada temporada de inundaciones en las regiones carboníferas de Shanxi y Shaanxi desató una crisis sin precedentes. Las minas quedaron sumidas en el caos, en un momento en que la demanda se intensificaba por la recuperación económica en el tramo final del impacto del covid.
Por otro lado, la invasión de Rusia a Ucrania puso en evidencia la vulnerabilidad de Europa Occidental y las repercusiones que tiene, más allá de las fronteras, la desestabilización de un mercado energético basado en recursos críticos como el gas natural.
En el análisis de la situación energética de la República Dominicana, se revela una nación que, pese a carecer de yacimientos de gas natural, carbón mineral y otros combustibles, ha logrado sortear con éxito los períodos de crisis internacionales que han producido desabastecimiento en países más desarrollados. La clave de su resiliencia radica en una estrategia de diversificación y en la inversión en infraestructura de almacenamiento y transporte de gas natural para generación eléctrica.
En este contexto, la expansión de la red de gasoductos en el Este, la construcción de un nuevo tanque de almacenamiento, la instalación de una unidad flotante de regasificación en Pepillo Salcedo y la licitación para una terminal gasífera en Manzanillo representan pasos decisivos hacia una infraestructura robusta y diversificada. Estos avances fortalecen la capacidad de recepción y almacenamiento, reduciendo la dependencia actual de una única fuente o región.
Es importante recordar que la central de ciclo combinado de AES en Boca Chica, construida en terreno virgen, greenfield, entre 2001 y 2003, incluyendo su terminal gasífera, demuestra que no es necesario un emplazamiento brownfield, como dicen algunos críticos, para desarrollar ciclos combinados y terminales de gas en corto plazo. La decisión de instalar las plantas y una terminal en Manzanillo responde a una estrategia de desarrollo nacional, buscando fortalecer la generación en el Cibao y áreas circundantes, además de crear capacidad adicional para recepción y almacenamiento de combustible. La visión es clara: diversificación y resiliencia en el sistema energético del país, un paso hacia mayor autonomía y la estabilidad futura.
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