Siempre recuerdo a mi abuela materna, Conchita Ottenwalder Mallol, repetir una frase que de niña apenas entendía: "candil de fuera y oscuridad en su casa". Como ocurre con muchos refranes populares, uno no comprende realmente su profundidad hasta que la vida termina colocándolo frente a nuestros ojos una y otra vez.

Hoy esa frase parece describir con precisión una parte importante de la realidad política y social que vivimos. Existe una tendencia cada vez más marcada a valorar más lo externo que lo propio, a deslumbrarse con lo recién llegado mientras se invisibiliza a quienes han permanecido construyendo desde dentro.

Y quizás pocos escenarios reflejan mejor esa realidad que la política moderna.

La renuncia del senador Taveras al PRM no debe analizarse únicamente como un hecho aislado ni como una simple diferencia política. Más allá del episodio personal, el acontecimiento posee una enorme carga simbólica sobre la realidad de los partidos políticos modernos y sobre una práctica que se ha vuelto cada vez más frecuente en América Latina: las alianzas de conveniencia y los saltos oportunistas hacia las organizaciones que se perciben momentáneamente ganadoras.

La política dominicana atraviesa una transformación profunda. Los grandes liderazgos doctrinarios han ido desapareciendo y, con ellos, también se han debilitado los ideales partidarios que durante décadas sirvieron como punto de identidad emocional y política para miles de militantes. Hoy, en muchos casos, la política parece haberse reducido a una lógica de supervivencia, acceso al poder y cercanía administrativa.

Y es justamente ahí donde la frase de nuestros abuelos adquiere sentido.

Muchas organizaciones parecen haberse convertido en "candiles de fuera": iluminan hacia afuera, incorporan figuras coyunturales, celebran adhesiones momentáneas y priorizan el impacto mediático inmediato, mientras lentamente dejan en oscuridad a sus propias estructuras, a los dirigentes que sostuvieron el proyecto en tiempos difíciles y a quienes construyeron territorialmente las bases de esas victorias.

Los partidos dejaron de ser comunidades ideológicas para convertirse, muchas veces, en plataformas electorales.

Es válido recordar que el presidente Luis Abinader llega al poder en un contexto excepcional. El desgaste acumulado de un partido con 16 años gobernando, la crisis emocional y económica provocada por el covid-19, la utilización de una biopolítica del miedo por parte de los sectores del poder y, además, las divisiones internas dentro del propio partido gobernante de entonces crearon las condiciones perfectas para el ascenso del PRM.

Pero ganar el poder y consolidarlo son cosas muy distintas.

Y es precisamente ahí donde aparece uno de los grandes desafíos de los gobiernos modernos: la relación entre el partido, sus estructuras históricas y el llamado "sector externo".

La realidad política dominicana demuestra que una parte importante de quienes más se beneficiaron del triunfo del PRM no necesariamente provenían de sus bases tradicionales. Muchos llegaron desde alianzas coyunturales, desde otros partidos o desde sectores externos que encontraron en el cambio político una oportunidad de crecimiento personal y administrativo.

Paradójicamente, varios de esos sectores también han sido los más cuestionados, los menos conectados emocionalmente con la identidad partidaria y, en algunos casos, los menos comprometidos con la defensa orgánica del proyecto político.

Eso obliga a una reflexión incómoda pero necesaria.

Los partidos políticos no sobreviven únicamente con figuras mediáticas ni con adhesiones oportunistas de último minuto. Sobreviven gracias a sus estructuras. A los hombres y mujeres que construyen liderazgo territorial durante años, que defienden una organización aun en tiempos difíciles y que desarrollan un sentido de pertenencia que no depende exclusivamente de ocupar una posición.

Porque quien llega por conveniencia, muchas veces se marcha también por conveniencia.

Las estructuras partidarias tradicionales tienen defectos, desgastes y conflictos internos, pero poseen algo invaluable para cualquier gobierno: arraigo político, disciplina territorial y capacidad de sostener narrativas incluso en tiempos de crisis.

Cuando un partido comienza a sustituir sistemáticamente a su militancia histórica por figuras externas sin integración real, corre el riesgo de vaciarse ideológicamente y convertirse únicamente en una maquinaria electoral temporal.

Y las maquinarias sin identidad terminan fracturándose.

La política actual parece premiar la inmediatez. El candidato que suma coyunturalmente. El dirigente que "conviene" electoralmente. El líder que se mueve hacia donde sopla el viento del poder. Sin embargo, la historia política demuestra que los proyectos más duraderos son aquellos capaces de equilibrar apertura y lealtad, renovación y estructura, crecimiento y pertenencia.

Los partidos necesitan abrirse. Eso es inevitable y saludable. Pero abrirse no puede significar desplazar ni invisibilizar a quienes sostuvieron el proyecto antes de que fuese poder.

Porque al final, los gobiernos pasan, las coyunturas cambian y las alianzas se rompen. Lo único que realmente permanece es la estructura política que, aun sin cámaras ni titulares, sigue defendiendo un partido cuando deja de ser conveniente hacerlo.

También resulta necesario abrir un debate más profundo sobre la naturaleza de la representación política en los sistemas partidarios. Cuando un senador, diputado o alcalde alcanza una posición electiva bajo la bandera, la estructura y el respaldo de un partido, resulta difícil desligar completamente esa posición de la organización que hizo posible su llegada. Aunque jurídicamente el curul pertenezca a la persona electa, políticamente existe una deuda moral y una representación colectiva que trasciende al individuo.

El voto ciudadano, en la mayoría de los casos, no se deposita únicamente sobre un nombre, sino también sobre un proyecto político, una identidad partidaria y una estructura que moviliza confianza. Por eso, cuando se producen renuncias de dirigentes que ocupan cargos obtenidos bajo una organización determinada, inevitablemente surge el debate sobre si la representación debe responder exclusivamente a intereses personales o también al compromiso político asumido con quienes construyeron esa victoria.

De lo contrario, la política corre el riesgo de convertir los partidos en simples vehículos temporales de ascenso individual, debilitando aún más las estructuras democráticas y profundizando la percepción ciudadana de que las lealtades ideológicas han sido sustituidas por conveniencias circunstanciales.

Rossina Matos

Educadora

Educadora, amante de la lectura y de lo correcto, defensora y activista de derechos humanos, correctora de estilo.

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