Al inicio del siglo XX en toda América Latina proliferaron corrientes de pensamiento que marcaban su diferencia con la América del norte ante la indudable expansión del imperialismo de los Estados Unidos hacia el sur en el campo militar y financiero. Con más de siete décadas de distancia respecto al enfrentamiento con el Imperio español, no se consideraba traición el defenderse de la cultura anglosajona asumiendo la identidad hispánica. El Ariel de Rodó fue un texto clave en esa dirección.

En el caso criollo los arielistas combatían a la invasión de los Estados Unidos y su brutal imposición de una dictadura militar como un hecho que amenazaba con destruir la nación dominicana. Por otra parte, los discípulos de Hostos, que tenían la mayor influencia en el área educativa, enfatizaron los aspectos patrióticos frente a los invasores.

Existía un tercer grupo. En el contexto de la debilidad política e institucional de la República Dominicana en las primeras décadas del siglo XX surge un movimiento de pensadores que son conocidos como los pesimistas. Su tesis es que por diversos motivos la sociedad dominicana carece de factores que le permiten ser una nación soberana y desarrollada. Uno de los más destacados es José Ramón López que escribió un libro titulado La alimentación y las razas.

Miguel Ángel Fornerín comenta ese texto. “En la historia de la República Dominicana ningún otro libro ha tenido más adeptos e influencia en el mundo intelectual que ´La alimentación y las razas´ de José Ramón López (…) el libro surge de la intelectualidad positivista de Puerto Plata. Es en el contexto de una de las zonas de mayor desarrollo dominicano al iniciarse el siglo XX (Puerto Plata y Montecristi) donde se incuba la idea de que para progresar un pueblo necesita de los negocios, buena alimentación y educación, todos ellos presupuestos del movimiento positivista que había inculcado Hostos.

Frente a esa zona desarrollada el resto del país se presentaba habitado por campesinos hambrientos, carentes de educación y produciendo lo necesario para comer en sus conucos. Son esos campesinos, que representaban la mayoría de la población del país, el principal obstáculo para que la República Dominicana se desarrollara según los pesimistas. Formularon la tesis de la inviabilidad de un Estado moderno dominicano por el atraso de la mezcla racial de nuestra población, el clima y hasta la gastronomía criolla, además de la falta de educación. Los campesinos eran los culpables de todos los males del país.

Curiosamente fueron los campesinos del sur y del este del país los que ejecutaron acciones militares contra los ocupantes gringos. La pequeña burguesía urbana se quedó en desfiles, pasquines, escritos en la prensa y unos cuantos viajando por el mundo denunciando la pérdida de la soberanía dominicana a manos del imperialismo norteamericano.

Dos décadas después, en La Habana, Juan Bosch escribió unas palabras iniciales a un libro de Juan Isidro Jimenes Grullón en el verano del 1940. Ese breve texto es una primera aproximación al análisis de la realidad social dominicana por parte de Bosch, la tituló: Los pueblitas. Su argumento, opuesto absolutamente a la tesis de los pesimistas, coloca la responsabilidad del atraso de nuestra sociedad en los habitantes de los pueblos y ciudades (entre ellos los pesimistas) que explotaban el trabajo de los campesinos.

Mientras las tropas norteamericanas desembarcaban un hecho inverosímil ocurrió, uno más de la política dominicana, fue que el Congreso Nacional escogió a Francisco Henríquez Carvajal como presidente frente a la renuncia de Juan Isidro Jimenes Pereyra. La cuestión, cercana al realismo mágico, es que Henríquez Carvajal vivía en Cuba y allá lo mandaron a buscar.

Henríquez el día 31 de julio (del 1916) había regresado al país y tomaba posesión como Presidente Constitucional como afirma Moya Pons. Y señala que Estados Unidos condicionó la aceptación del nuevo presidente si él aceptaba el nombramiento de un experto financiero y el establecimiento de una gendarmería nacional comandada por oficiales norteamericanos (…) o todos los fondos provenientes de las entradas aduaneras serían retenidos.

El gobierno de Henríquez sería un títere en manos norteamericanas si aceptaba esas condiciones, ya que ellos controlarían las finanzas, las aduanas y el ejército. Y concluye su explicación el autor de Manual de Historia Dominicana señalando que Henríquez argumentó continuamente que esas exigencias norteamericanas eran violatorias a la Constitución y a la soberanía dominicana. Ni Henríquez, ni ningún dominicano o dominicana, tenía fuerza para impedir que el gobierno norteamericano implementara sus planes en la parte Este de la Isla de Santo Domingo. De hecho, entre 1916 y 1924 los Estados Unidos controlaron la isla completa.

La impotente figura de Henríquez Carvajal, que era hostosiano y amigo de Jimenes Pereyra, frente al avasallante poder imperialista de los Estados Unidos, mostraba la fragilidad de nuestra nación. Los sectores urbanos dominicanos tragaron en seco aceptando su fatídico destino. Sólo pudieron quitarse la afrenta de ser intervenidos y perder su soberanía mediante una negociación ventajosa al imperio del norte. Lo que nadie sabía en el país en 1924, cuando salían las últimas tropas norteamericanas, era que dejaban los cimientos de una brutal dictadura que duraría tres décadas.

Aunque al momento de esos hechos Bosch pasaba por la niñez y la pubertad, una conexión existencial con el presidente llamado desde Cuba se establecería con su hijo: Pedro Henríquez Ureña. Bosch Gaviño y Henríquez Ureña se hicieron amigos por su interés común por la literatura cuando el segundo estuvo como Superintendente General de Enseñanza del 1932 hasta mediados del 1933. Pedro Henríquez fue quien le aconsejó eliminar la E de su nombre para que, en lugar de firmar Juan E. Bosch, lo dejara en Juan Bosch. Tres décadas después las masas populares dominicanas vocearían delirantes su nombre como Juanbó rumbo al Palacio Nacional, ganando las elecciones del 20 de diciembre del 1962 con cerca del 60% de los votos. ¡Buen consejo le dio Don Pedro!

David Álvarez Martín

Filósofo

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Especialista en filosofía política, ética y filosofía latinoamericana.

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