El 31 de marzo de 1985, el crítico, ensayista y profesor uruguayo, Emir Rodríguez Monegal (1921-1985), presentó una ponencia titulada “Jorge Luis Borges, autor de Fernando Pessoa”, convirtiéndose en el primer estudio en tratar esta vertiente en la obra de ambos escritores. El estudio partía de la premisa, según la cual, ambos se habían conocido en alguna calle de Lisboa, en 1923, cuando el escritor argentino se encontraba en dicha ciudad, de viaje turístico, en espera de retorno a Argentina.  Para esa fecha, Borges tenía 24 años y Pessoa 35. Borges ya había publicado Fervor de Buenos Aires (1923), y su nombre se conocía en los círculos hispánicos como fundador del Ultraísmo (1918), en tanto que Fernando Pessoa (1888-1935) ya era archiconocido como un poeta futurista.  Rodríguez Monegal se pregunta: “Si Pessoa y Borges se hubieran llegado a conocerse en algunos de esos encuentros frustrados de 1923, ¿de qué habrían discutido?” Para Monegal, entre ambos escritores existen múltiples destinos comunes.  Primero, ambos fueron educados en inglés y segundo, los dos eran de origen semita, es decir, tenían ascendencia judía.  (Borges hablaba del origen portugués de su apellido que, en inglés, significa burgués). En ambos, hay lecturas comunes:  Robert Browning, John Keats, Edgar Allan Poe, Shakespeare y Walt Whitman. En el ámbito filosófico y religioso, ambos tenían una búsqueda por el ocultismo, la cábala judía y la mística hebrea.

Para Borges, el verdadero autor de un texto literario es el lector, siendo así que este es uno de los autores del texto.  Por eso dice: “Todo lector que lee una línea de William Shakespeare es William Shakespeare”. En su obra literaria está latente la idea del lector como autor, donde reside una poética del lector. Para Borges, el texto no es de nadie ni ha sido escrito por nadie, sino que es “del lenguaje y la tradición”. En su cuento, Pierre Menard, autor del Quijote, desarrolla la idea del lector en tanto autor, según la cual, Pierre Mernard, lector, se propuso la tarea de reescribir el Quijote. En Borges, el autor desaparece, tras la máscara de la escritura y del texto.  Tanto en él como en Pessoa está el concepto nihilista del autor, en el que éste desaparece: no existe. Otra clave borgiana sobre la extinción del autor está en su ensayo, Kafka y sus precursores, retomado por algunos teóricos de la postmodernidad, según la cual, “cada autor crea a sus precursores”. De ese modo, invierte el decurso diacrónico del devenir entre la tradición y la actualidad literaria, entre la clasicidad y la contemporaneidad. Pessoa, para ocultar su identidad, crea a los heterónimos, personajes que constituyen lo que él mismo llamó “el drama en gente”, y que no son seudónimos, sino nombres diferentes para nombrar diversas facetas, registros, tonos y estilos, de su obra poética.  En cambio, en Borges no están los heterónimos, pero sí hay una pérdida de la identidad, una despersonificación (igual que en Pessoa), que desemboca en una postura panteísta.  Pessoa quiere ser todo y nada; Borges, quiere ser el otro, que no es más que el mismo.  Por eso, uno de sus libros de poesía se llama El otro, el mismo.  La obra de Borges es homónima y la de Pessoa, heterónima, en la que en la raíz de ambas radica la necesidad interior que tenían de despersonalizarse. El poeta portugués quería liberarse de las voces poéticas que, según él, “escuchaba dentro de sí mismo”; en tanto que, en la obra de Borges, están los seudónimos, como “Honorio Bustos Domecq”, autor de cuentos policiales –en colaboración con su amigo y destacado escritor, Adolfo Bioy Casares– así como lectores que son autores como Pierre Menard, Herbert Quain, entre otros. O Borges como personaje de algunos de sus cuentos, o en su poema Borges y yo.

Tanto en Borges como en Pessoa hay un acto de fingimiento. En la obra poética del autor de la Oda marítima (1915) hay un espíritu fingidor.  Pessoa dice: “El poeta es un fingidor que finge que es dolor el dolor que siente de veras”. Y Borges dice: “Yo no sé lo que soy.  Tal vez no sea nadie.  A lo mejor una ilusión producto de la bondad de ustedes” (En Los lectores, 1969). En su obra literaria, Borges parece fingir, en ocasiones, que es el autor de una obra sin serlo o le atribuye a otros la creación de su propia obra. Es decir, que en su obra, hay un juego imaginario, entre la metáfora y la palabra, entre la fantasía y la lectura, la invención y la recepción de sus obras.  De ahí la práctica del palimpsesto, la intertextualidad, la glosa, la reescritura y la lectura como acto de escritura y de creación verbal –y que son algunos signos característicos de la postmodernidad.  Otra clave de junturas textuales, de la obra literaria como un todo, que trasciende la noción misma de género y en la que el cuento, la poesía y el ensayo devienen en un género anfibio, está en la obra de Borges.  Por eso, sus cuentos narran y poetizan; sus poemas narran y ensayan y sus ensayos, narran y poetizan.  O sea: le dio a la poesía el hilo conductor de su obra en prosa, al cuento y al ensayo, de modo tal que la metáfora atraviesa toda su obra literaria.

Borges niega la noción del yo, negando la paternidad y la autoría de sus propios textos porque quería ser olvidado.  Dice: “La meta es el olvido yo he llegado antes”.  Se niega a ser padre de sus textos, negando su personalidad individual. De ahí que siempre se consideró el hijo, nunca el padre de sus textos, y aún en la vida personal y real, se negó a tener hijos (o no pudo). En su obra literaria, no está la mujer, sino la madre: pocas veces el amor y nunca el erotismo (solo en su poema Amorosa anticipación, de 1925, hay visos de amor). Rodríguez Monegal refiere también que similar situación acontece en Pessoa (tampoco nunca se casó ni tuvo relación heterosexual de pareja alguna, excepto algunas cartas a Ofelia). Fernando Pessoa inventa los heterónimos precisamente para negar la paternidad de sus obras. Así, Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Alberto Caeiro aparecen como creadores de la obra homónima de Fernando Pessoa.

Existe una anécdota que le contó Leyla Perrone Moses a Emir Rodríguez Monegal. Dice Monegal: “En una visita que hizo el poeta Augusto de Campos a Borges en Buenos Aires, le preguntó fatalmente si había leído a Fernando Pessoa. Como de costumbre, Borges contestó que no (“Siempre me preguntan por él”, dijo como con lástima), y le pidió que le recitara algo.  Augusto se acordaba solo de un texto, tópicamente llamado Autopsicografía; y se lo dijo de memoria. “Corazón, qué linda palabra”, dijo Borges, como único comentario.

El 2 de enero de 1985, estando Borges en Ginebra, aproximadamente un año antes de morir, le escribe una carta a Fernando Pessoa. Este texto le fue pedido a Borges para la exposición “Fernando Pessoa, poeta plural”, que fue realizada en París, con motivo del cincuentenario de la muerte del poeta portugués.  Para esa ocasión, Borges escribió un texto que aparecería en un libro-homenaje. La carta dice así:

“La sangre de los Borges de Moncorvo y de los Acevedo (o Azevedo) sin geografía puede ayudarme a comprenderte, Pessoa. Nada te costó renunciar a las escuelas y a sus dogmas, a las vanidosas figuras de la retórica y al trabajoso empeño de representar a un país, a una clase o a un tiempo.  Acaso no pensaste nunca en tu sitio, en la historia de la literatura. Tengo la certidumbre de que te asombran y de que los agradeces, sonriente. Eres ahora el poeta de Portugal. Alguien, inevitablemente, pronunciará el nombre de Camões.  No faltarán las fechas, caras a toda celebración. Escribiste para ti, no para la fama. Juntos hemos compartido tus versos, déjame ser tu amigo”.

En tanto que la obra de Pessoa es heterónima, es decir, hecha por diversos autores, la de Borges es apócrifa, firmada por sus lectores, que son los otros. “La teoría de los heterónimos y los postulados borgeanos de la composición apócrifa se nutren en la convicción de que es la alteridad y no la mismidad nuestro destino”, dice Santiago Kovadlogg, en su ensayo Borges y Pessoa: las íntimas coincidencias. Ambos constituyen dos escritores paradigmáticos, dos espirituales fundadores de la modernidad en las letras universales.

Dijo el premio Nobel portugués, José Saramago, que Borges, Kafka y Pessoa son los escritores más grandes del siglo XX. Leonardo Sciascia, escritor italiano, también dijo alguna vez que Borges es el escritor más grande del presente siglo.  Borges y Pessoa ven en la cábala y en la filosofía, métodos reflexivos, no un sistema de fe.  Ambas devienen ejercicios intelectuales, estrategias discursivas que buscan no la comprensión y el dominio de lo real, sino una aproximación al mundo vital.  Borges concibe a la filosofía como una de las formas de la literatura fantástica (también lo dijo de la Biblia).

Su universo literario está alimentado por la filosofía, la metafísica y la teología, marco imaginario sobre el cual se erige su obra artística. Extrajo de ellas todas sus posibilidades poéticas, su esencia creadora. Mientras que en Pessoa hay un mundo verbal en el que predomina un elogio a lo hermético y a lo oculto, en Borges, ese mundo depara en laberintos, bibliotecas, números, espejos, cifras, tigres, libros, relojes, cifras, etc. Si algún procedimiento técnico o rasgo común de sus poéticas se observan en ambos poetas, acaso reside en el recurso de la “enumeración caótica”. La explicación descansa en que fueron discípulos tardíos de su maestro Whitman, el inventor de esa estrategia de escritura poética. Además, tanto el argentino como el portugués construyeron un mundo poético muy personal y alimentado por la sabiduría.

EN ESTA NOTA

Basilio Belliard

Poeta, crítico

Poeta, ensayista y crítico literario. Doctor en filosofía por la Universidad del País Vasco. Es miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y Premio Nacional de Poesía, 2002. Tiene más de una docena de libros publicados y más de 20 años como profesor de la UASD. En 2015 fue profesor invitado por la Universidad de Orleans, Francia, donde le fue publicada en edición bilingüe la antología poética Revés insulaires. Fue director-fundador de la revista País Cultural, director del Libro y la Lectura y de Gestión Literaria del Ministerio de Cultura, y director del Centro Cultural de las Telecomunicaciones.

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