Durante los años en que serví como embajador de la República Dominicana ante la Santa Sede, adquirí una costumbre que se convirtió en una de las experiencias intelectuales más enriquecedoras de mi vida en Roma.
Visitaba yo regularmente la librería Leoniana, situada muy cerca del Vaticano.
Allí conversaba con frecuencia con Don Gino, un sacerdote de vasta cultura, apasionado por los libros, la historia de la Iglesia y la vida intelectual de la Curia romana.
Aquellas conversaciones nunca eran triviales. Eran auténticas lecciones de historia, de filosofía y de eclesiología.
En una de ellas, Don Gino me contó que san Pablo VI solía insistir en la necesidad de ofrecer buenos libros a los miembros de la Curia romana.
No se trataba de una observación anecdótica ni de una recomendación piadosa.
Era la expresión de una concepción profundamente humanista de la Iglesia.
Papa Pablo VI Montini estaba convencido de que quienes ayudaban al Sucesor de Pedro en el gobierno de la Iglesia universal debían ser hombres de estudio, lectores permanentes, capaces de dialogar con la cultura contemporánea sin renunciar a la riqueza de la tradición cristiana.
Aquellas palabras permanecieron durante años en mi memoria.
Solo mucho después comprendí plenamente su significado cuando estudié el pontificado de Joseph Ratzinger.
Benedicto XVI era precisamente el fruto más acabado de aquella tradición intelectual.
Antes de ser Papa había sido profesor universitario, investigador, teólogo y uno de los más profundos conocedores de san Agustín, san Buenaventura, la patrística, santo Tomás de Aquino y la filosofía griega.
No concebía la fe separada de la razón. Para él, ambas constituían dimensiones inseparables de la búsqueda de la verdad.
Esa formación explica el verdadero sentido del célebre discurso pronunciado el 12 de septiembre de 2006 en la Universidad de Ratisbona.
Han transcurrido veinte años desde aquella conferencia que provocó una de las mayores controversias internacionales del pontificado de Benedicto XVI.
Sin embargo, muy pocas personas leyeron el texto completo.
La inmensa mayoría conoció únicamente un breve párrafo reproducido por los medios de comunicación, aislado de la arquitectura intelectual del discurso y presentado como si constituyera la totalidad de su mensaje.
Comprender Ratisbona exige retroceder muchos siglos.
No basta con recordar los atentados del 11 de septiembre de 2001 o las guerras de Afganistán e Irak.
Es necesario remontarse a los orígenes mismos del Imperio Romano de Oriente, a la historia de Constantinopla y al complejo contraste que durante más de un milenio sostuvieron el cristianismo y el islam.
Cuando el emperador Constantino inauguró Constantinopla en el año 330, no estaba fundando un imperio nuevo.
Estaba trasladando el centro político del Imperio romano hacia Oriente.
La llamada Nueva Roma nació como continuidad del Imperio fundado siglos antes sobre las orillas del Rio Tíber en Roma.
Con el tiempo, los historiadores modernos la denominarían Imperio Bizantino, aunque sus habitantes jamás utilizaron ese nombre.
Ellos se llamaban simplemente romanos, porque se sabían herederos directos del Imperio romano.
Durante más de mil años Constantinopla fue mucho más que una capital política.
Fue el principal centro intelectual del cristianismo oriental.
Conservó el derecho romano, preservó la filosofía griega, protegió miles de manuscritos clásicos y mantuvo viva una tradición universitaria cuando gran parte de Europa occidental atravesaba los siglos más difíciles posteriores a la caída de Roma en el año 476.
Gracias a Constantinopla sobrevivieron las obras de Platón, Aristóteles, Homero, Tucídides, Heródoto y numerosos autores cuya influencia sería decisiva durante el Renacimiento italiano.
Cuando la ciudad cayó en 1453, muchos eruditos bizantinos huyeron hacia Venecia, Florencia y otras ciudades italianas llevando consigo manuscritos griegos que alimentarían el extraordinario renacer intelectual de Europa.
Mientras Bizancio siglos antes de la caída consolidaba esa herencia clásica, surgía en Arabia una nueva religión destinada a transformar profundamente la historia universal.
En el siglo VII, el islam inició una expansión política, militar y religiosa de una rapidez sorprendente.
Siria, Palestina, Egipto y buena parte del norte de África dejaron de pertenecer al Imperio romano de Oriente.
Sin embargo, reducir aquella larga historia a una guerra permanente entre cristianos y musulmanes sería una grave falsificación histórica.
Hubo conflictos militares, sin duda, pero también tratados diplomáticos, relaciones comerciales, intercambios científicos y una intensa circulación de ideas.
El mundo islámico desarrolló una brillante civilización que preservó y comentó buena parte de la filosofía griega.
Pensadores como Al-Farabi, Avicena e Averroes desempeñaron un papel decisivo en la transmisión de Aristóteles hacia la Europa medieval.
Sin esa mediación intelectual sería imposible comprender el desarrollo posterior de la escolástica cristiana y del pensamiento de santo Tomás de Aquino.
Paradójicamente, uno de los golpes más devastadores sufridos por Constantinopla no provino del islam.
En 1204 fueron los propios cruzados occidentales quienes saquearon brutalmente la ciudad durante la Cuarta Cruzada.
Iglesias, monasterios, bibliotecas y tesoros artísticos fueron destruidos o trasladados a Occidente.
Aquel episodio debilitó profundamente al Imperio Romano de Oriente y dejó heridas que aún hoy forman parte de la memoria histórica de las Iglesias oriental y occidental.
Fue en ese escenario donde apareció Miguel VIII Paleólogo.
En 1261 logró recuperar Constantinopla y restaurar el Imperio.
Aquella recuperación fue una hazaña política extraordinaria, pero también marcó el comienzo de la última etapa de Bizancio.
La dinastía de los Paleólogos gobernaría durante casi dos siglos más sobre un Estado cada vez más pequeño, rodeado por nuevas potencias y acosado por crecientes dificultades económicas y militares.
Uno de los últimos representantes de esa dinastía fue Manuel II Paleólogo.
No fue Manuel II solamente un gobernante.
Fue también un intelectual profundamente formado en la filosofía griega y en la teología cristiana.
Mientras el Imperio agonizaba bajo la presión otomana, escribió una serie de diálogos con un sabio persa acerca de la relación entre el cristianismo y el islam.
Fue precisamente uno de esos diálogos el que Benedicto XVI citó en Ratisbona.
El Papa no utilizó aquel texto para condenar al islam.
Lo empleó como punto de partida para desarrollar una reflexión filosófica sobre la relación entre la fe y la razón.
Su tesis fundamental era que actuar contra la razón es incompatible con la naturaleza de Dios. Si Dios es Logos, si Dios es razón creadora, ninguna violencia puede legitimarse auténticamente en su nombre.
La frase de Manuel II que desencadenó la controversia fue interpretada por muchos como si reflejara el pensamiento personal de Benedicto XVI.
En realidad, se trataba de una cita histórica utilizada dentro de una conferencia universitaria para introducir un problema filosófico.
El propio Pontífice manifestó posteriormente su pesar por las interpretaciones surgidas y reiteró públicamente el respeto de la Iglesia católica hacia los musulmanes y hacia el islam.
Nunca retiró, sin embargo, la idea central de su conferencia: la violencia religiosa contradice la naturaleza racional de Dios.
El contexto internacional explica la intensidad de la reacción.
Apenas habían transcurrido cinco años desde los atentados del 11 de septiembre de 2001.
Afganistán e Irak ocupaban diariamente los titulares.
El terrorismo de Al Qaeda alimentaba un clima de temor mundial.
En numerosos círculos intelectuales predominaba la tesis del llamado “choque de civilizaciones”, formulada por Samuel Huntington tras la Guerra Fría.
Según esa interpretación, el siglo XXI estaría dominado por conflictos culturales y religiosos entre grandes civilizaciones.
Benedicto XVI nunca aceptó esa visión como destino inevitable de la humanidad.
Su preocupación era mucho más profunda.
Advertía que Occidente corría el riesgo de reducir la razón a simple racionalidad técnica, olvidando las preguntas morales y espirituales.
Al mismo tiempo, advertía que toda religión se desfigura cuando pretende justificar la violencia en nombre de Dios.
La solución no era el enfrentamiento entre culturas, sino el reencuentro entre la razón y la fe.
Vista dos décadas después, la conferencia de Ratisbona aparece como uno de los textos intelectuales más importantes del pontificado de Benedicto XVI.
No fue un manifiesto político ni un discurso diplomático.
Fue una lección universitaria pronunciada por un profesor convertido en Papa, convencido de que las grandes religiones solo pueden dialogar auténticamente si aceptan que la verdad nunca puede imponerse mediante la fuerza.
Los acontecimientos posteriores confirmarían esa orientación.
Tras la polémica inicial, Benedicto XVI reforzó el diálogo con representantes del islam, visitó Turquía, oró en la Mezquita Azul de Estambul y promovió nuevas iniciativas de entendimiento entre cristianos y musulmanes.
Aquellos gestos demostraron que su objetivo nunca fue alimentar un enfrentamiento religioso, sino abrir un diálogo basado en el respeto mutuo y en la convicción de que la fe auténtica jamás puede separarse de la razón.
Al recordar mis conversaciones con Don Gino en la Leoniana, vuelvo a comprender el sentido de aquella observación de san Pablo VI sobre la importancia de los libros.
La cultura no es un adorno. Es una necesidad para la Iglesia y para toda civilización que aspire a comprender al ser humano.
Benedicto XVI fue uno de los últimos grandes representantes de esa tradición europea que unía Jerusalén, Atenas y Roma; la revelación bíblica, la filosofía griega y el derecho romano; la fe cristiana y la investigación racional.
Su discurso de Ratisbona sigue invitándonos, veinte años después, a rechazar tanto el fanatismo religioso como el empobrecimiento de una razón que olvida las grandes preguntas sobre la verdad, la libertad y la dignidad humana.
Quizá esa sea la enseñanza más profunda de aquella conferencia.
Las civilizaciones no están condenadas a enfrentarse.
Lo que verdaderamente amenaza a la humanidad no es la diversidad de las culturas, sino la renuncia al diálogo, el abandono de la razón y la tentación permanente de utilizar a Dios para justificar la violencia.
Benedicto XVI creyó que otro camino era posible: el camino de la inteligencia, del estudio, de la cultura y del respeto.
Esa convicción, que escuché en las conversaciones con Don Gino en la Leoniana, conserva hoy una extraordinaria actualidad
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