Algun@s historiador@s y/o comentaristas de la historia dominicana nos hablan hoy en día, siguiendo y repitiendo interpretaciones construidas ya desde el siglo 19, de lo supuestamente insignificante que fue la esclavitud vivida por nuestr@s antepasad@s negro-african@s en la colonia que se llamó La Española.
Como complemento de esa idea, se nos presenta la idea-propuesta de que no tenemos que preocuparnos mucho retrospectivamente por el posible dolor vivido por miles de los que nos precedieron generacionalmente en Quisqueya, o en todo caso hasta alegrarnos de que esa esclavitud de negro-africanos (que fue la primera que se practicó en las Américas) fue tan ‘benigna’ que lo que supuestamente nos ha dejado es una cultura social contemporánea donde tod@s nos sentimos y nos tratamos como iguales y con una cercanía humana mayor que en cualquier otra sociedad del continente y del mundo.
Se trata de un argumento y narrativa históricos favoritos de las derechas y ultraderechas dominicanas (y de medio mundo) de hoy en día, empecinadas en que nos imaginemos una integración y armonía sociales que no existe pero que quieren que creamos que existe, de modo que nunca cuestionemos ni resistamos las inequidades, iniquidades, marginaciones, privilegios, exclusiones, jerarquías y diferencias clarísimas de oportunidades que todavía saturan nuestras relaciones sociales.
Es una operación cultural ya mundial que tiene esta variante criollo-dominicana que comentamos, destinada a impedirnos ver la conexión entre la sociedad de nuestr@s predecesor@s y esta que formamos entre tod@s hoy en día, y a impedirnos ver que hoy, como ayer, lo que nos pasa es el resultado de las relaciones de poder que existen entre los que más tienen y los que menos tienen (entre l@s que tienen más recursos, más poder y más oportunidades, por un lado, y l@s que tienen o se les ofrecen menos, por el otro).
Pero ha quedado documentación más o menos abundante, y bastante explícita en todo caso, de lo que fue el mundo social de la esclavitud implantado por nuestr@s antepasad@s colonizador@s europe@s (sobre todo ibéric@s), en su afán de labrarse ‘mejor vida’ del lado americano del Charco a toda costa, contra nuestr@s antepasad@s negro-african@s importados por aquell@s desde Africa como trabajador@s esclavizad@s, destinad@s según la mentalidad europea de entonces a servirles a los colonizador@s cristian@s de por vida como les debían servir las bestias que criaban en los campos de la isla-colonia La Española, y todo supuestamente bendecido por el Dios en el que creían y por la iglesia que, dirigida por sus papas, indoctrinaba esa creencia y se beneficiaba ella misma de esa misma esclavización.
Para quienes se atrevan a mirar evidencias y no creer simplemente en el mito histórico ideológicamente derechista dominicano sobre un pasado de esclavitud supuestamente insignificante, que tanto se promueve hoy en día en RD sin ningún criterio crítico ni riguroso, compartimos aquí un fragmento de documento de Santo Domingo de la década de 1550.
Se trata de la documentación sobre los bienes de uno de los pobladores-colonizadores españoles potentados locales de la época, Francisco Dávila, esclavista como casi todos ellos y con propiedades agropecuarias múltiples trabajadas por africanos negr@s esclavizad@s y sus descendientes en zonas diversas del enorme término municipal de lo que era La Capital por entonces, y que incluían haciendas junto a la cuenca del río Magua (en la actual provincia de Hato Mayor). En un párrafo de su descripción y listado de bienes, Dávila dice lo siguiente:
| [fo. 39r. ] | ~
los negros / 250 . herrad / os todos en el / rostro / / |
yten dozientos E çinquenta negros machos e /
henbras que oy dia tengo e poseo así en / las dichas haciendas como en casa todos herra / dos de mi nonbre en la cara con todo el mun / tiplico [sic] que muntiplicaren [sic] de aquí adelante /
|
Deletreado en un español más contemporáneo, el párrafo diría lo siguiente. En la columna de la izquierda: ‘Los negros, 250, herrados todos en el rostro’. En la columna de la derecha: ‘También docientos y cinquenta negros machos y hembras que hoy día tengo y poseo así en las dichas haciendas como en casa, todos herrados de mi nombre en la cara, con todo el multiplico que multiplicaren de aquí adelante.’
Donde Francisco Dávila comenta sobre sus esclavos que todos estaban ‘herrados de mi nombre en la cara’, se estaba refiriendo a la marca con hierro candente que se les aplicaba ‘en el rostro’ a sus trabajador@s negr@s esclavizados, para dejarles una señal-cicatriz permanente y netamente visible, muy posiblemente con la forma de las iniciales del nombre y apellido de Dávila, para así identificarlos de manera inconfundible, a la manera que se hacía con el ganado, por ejemplo, como propiedad suya y de nadie más.
Asimismo Dávila declara y reivindica en el párrafo su derecho al ‘multiplico’ (el escribiente consignó ‘muntiplico’ en el manuscrito) de es@s esclav@s, o sea, a la prole que pudieran producir con su sexualidad, que heredaba su condición esclavizada según la cultura social y legal de la época, y que a los ‘amos de esclavos’ como Dávila les interesaba que se reprodujeran, como aumento o crecimiento de la cantidad de ‘bienes’, tal y como ocurría con sus vacas, bueyes, caballos, yeguas y demás ‘bienes semovientes’.
Esto quiere decir que al menos en 250 ocasiones, tantas como esclav@s decía tener Dávila, en sus fincas ahí en Hato Mayor y a poca distancia de San Pedro de Macorís, se pasó por el proceso de herrar o marcar en la cara con un hierro candente a tod@s sus trabajadores esclavizad@s, una práctica que al menos desde nuestro punto de vista cultural contemporáneo no tenía nada de benigna sino al contrario, que debió ser dolorosísima durante meses y que marcaba a l@s afectad@s de por vida con una señal imborrable de inferioridad humana y social, como propiedad de otr@s que tenían un poder legal, política y religiosamente respaldado entonces para controlar sus vidas.
Mientras voy leyendo y releyendo el documento que me informa sobre la vida social ocurrida hace cinco siglos en ese paisaje muy cerca del cual yo mismo crecí cuando niño en Macorís del Mar, y mientras voy recordando la forma en que hoy en día la gran mayoría de la gente de esa zona oriental dominicana seguimos siendo tan afro-descendientes como lo era la mayoría ya entonces en el siglo XVI, me detengo a pensar en la facilidad con que cualquier cortadura tiende a producir en la piel negra una cicatriz bastante visible, y no puedo evitar visualizar cómo el herraje con tizón en pleno rostro debía sentirse de parte de aquell@s antepasad@s esclavizad@s nuestr@s que lo padecían, en su doble condición de anuncio facial que le decía al mundo no solamente del dolor físico que con frecuencia conllevaba la condición esclava, sino también de la condición de persona-propiedad-ajena asignada a uno eternamente en aquella sociedad colonial-esclavista dominicana de la que l@s dominican@s de hoy somos hereder@s y descendientes.
El documento, por cierto, está en el Archivo General de Indias de Sevilla, y su signatura o identificación archivística es: AGI, Justicia, 25, N. 1. Está disponible en Internet en el repositorio digital PARES bajo la signatura ES.41091.AGI/23//JUSTICIA,25,N.1
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