Hay personas que mueren una sola vez. Otras, sin embargo, continúan viviendo durante años en algún registro, nómina, expediente o una base de datos. Ya no respiran, no trabajan, no producen ni cobran, pero, administrativamente, siguen ahí. Nicolai Gogol comprendió hace casi dos siglos el enorme poder —y el absurdo — que puede esconderse detrás de esa contradicción.
Publicada en 1842, Almas muertas parte de una idea tan extraña que parece concebida para provocar una sonrisa. Pavel Ivánovich Chichikov recorre distintas propiedades rurales del Imperio ruso, intentando adquirir algo aparentemente inútil: los nombres de siervos ya fallecidos. ¿Por qué comprar muertos? Porque para la burocracia todavía están vivos.
En la Rusia de Gogol, los siervos quedaban registrados oficialmente; los propietarios continuaban respondiendo por ellos hasta que un nuevo censo actualizara la información. Entre una realidad y la siguiente actualización administrativa podía abrirse, por tanto, un espacio extraordinario: un hombre podía haber desaparecido físicamente del mundo y continuar existiendo perfectamente sobre el papel. Chichikov descubre el valor de esa contradicción y ahí comienza la genialidad de Gogo. El muerto no tiene valor porque este vivo. Tiene valor porque un documento lo afirma.
De repente, un nombre puede separarse del ser humano al que perteneció y adquirir una existencia propia. Puede contarse, transferirse, acumularse y utilizarse. La persona desaparece, pero el dato permanece. Resultaría fácil considerar aquello una extravagancia de la Rusia del siglo XIX si nuestra época no hubiera perfeccionado precisamente el arte de convertir a los seres humanos en información.
Hoy somos números de identificación, expedientes, historiales, registros, cuentas, perfiles, estadísticas y casillas dentro de innumerables sistemas. Necesitamos esa organización; una sociedad moderna difícilmente podría funcionar sin ella. El problema comienza cuando confundimos el registro con la realidad que pretende representar, porque ningún sistema, por sofisticado que sea, elimina una antigua debilidad humana: alguien puede descubrir el espacio existente entre lo que dice el papel y lo que verdaderamente ocurre y aprovecharlo.
Eso es precisamente lo que hace Chichikov. Por eso, Almas muertas no es solo una sátira sobre una burocracia antigua. Es también una extraordinaria reflexión sobre la capacidad humana para encontrar valor económico donde el sistema ha perdido contacto con la realidad.
Casi dos siglos después disponemos de computadoras, registros civiles electrónicos, cruces de bases de datos, auditorías, sistemas bancarios y mecanismos de verificación que Gogol jamás habría podido imaginar y, sin embargo, continuamos encontrando historias de fallecidos que permanecen en nóminas, pensiones que siguen asociadas a personas muertas, empleados cuya existencia resulta difícil de comprobar y registros que tardan en reconocer algo que la realidad ya resolvió definitivamente. Cambió la tecnología; la contradicción sobrevivió.
Pero quizá Gogol escondió una pregunta aún más perturbadora en el propio título de su obra: ¿quiénes son realmente las almas muertas? A primera vista parecen ser aquellos siervos fallecidos cuyos nombres Chichikov pretende comprar. Sin embargo, los muertos no diseñaron el negocio, no falsificaron la realidad, no encontraron la brecha administrativa ni intentaron enriquecerse con ella. Todo eso pertenece a los vivos. Entonces el título comienza a adquirir otro significado.
Quizás las verdaderas almas muertas no sean necesariamente aquellas que dejaron de respirar, sino aquellas que continúan caminando, negociando y prosperando después de haber permitido que la ambición silencie su conciencia. Ahí la sátira de Gogol deja de pertenecer exclusivamente a la Rusia imperial.
La burocracia puede cometer errores. Un registro puede quedar desactualizado; una computadora puede conservar información incorrecta. Pero ninguno de esos instrumentos posee moral. Las personas sí. Por eso existe una diferencia fundamental entre encontrar una falla y aprovecharse de ella; entre descubrir que alguien muerto continúa apareciendo como vivo y utilizar esa ficción para obtener un beneficio; entre un error administrativo y la decisión consciente de convertir ese error en una oportunidad.
Quizás ahí resida una de las razones por las que Almas muertas continúa resultando tan actual.
Gogol no necesitó imaginar máquinas capaces de almacenar millones de nombres. Le bastó comprender algo mucho más permanente: siempre que exista una distancia entre la realidad y lo que una institución cree que es la realidad, alguien puede intentar instalarse en esa distancia. Y mientras existan seres humanos dispuestos a hacerlo, Chichikov seguirá viajando.
Ya no necesitará recorrer las propiedades rurales de la Rusia del siglo XIX. Puede llevar traje y corbata; puede sentarse frente a una computadora; puede esconderse detrás de una nómina, una cuenta, un formulario o un expediente perfectamente sellado. Los sistemas cambian, los nombres cambian y las épocas cambian, pero Gogol nos dejó una pregunta que todavía merece respuesta:
Cuando los muertos continúan vivos sobre el papel, ¿quiénes son realmente las almas muertas?
La historia posterior parece haberle otorgado innumerables pasaportes. En distintos lugares del mundo se les ha llamado ghost workers, empleados fantasmas, pensionados inexistentes o, simplemente, nombres que permanecen convenientemente vivos en una nómina. En Nigeria, por ejemplo, sucesivos procesos de depuración llegaron a identificar decenas de miles de trabajadores fantasmas; en otros países de África, censos y auditorías han tenido que comprobar algo tan elemental como que quien recibe un salario público verdaderamente existe, está vivo y ocupa el puesto por el que se le paga.
Los métodos cambian y las tecnologías se perfeccionan, pero el principio resulta inquietantemente parecido al negocio imaginado por Chichikov: alguien descubre que el Estado reconoce administrativamente una existencia que la realidad no confirma y convierte esa contradicción en dinero.
Nuestro país tampoco ha escapado a esa realidad. La República Dominicana ha conocido, en pleno siglo XXI, casos de personas fallecidas que permanecían vinculadas a pensiones o a nóminas públicas. No se trata de afirmar que cada error administrativo sea corrupción, sino de reconocer que también nosotros hemos sido víctimas de sistemas susceptibles de ser explotados cuando la supervisión falla y la ambición encuentra una puerta abierta.
Quizá porque la esencia del ser humano y algunas de sus ambiciones siguen siendo las mismas. Cambia el escenario y el disfraz. Lo que antes podía ocultarse entre censos, libros y sellos del Estado hoy puede esconderse entre contraseñas, bases de datos, transferencias electrónicas y sistemas administrativos aparentemente modernos. La tecnología puede cerrar muchas puertas, pero no puede sustituir la conciencia. Tal vez ese sea el aspecto más inquietante de Almas muertas: Gógol no estaba escribiendo únicamente sobre una deficiencia administrativa de la Rusia imperial. Estaba escribiendo sobre la extraordinaria capacidad humana para adaptar la ambición a cualquier sistema que encuentre.
Por eso Chichikov no pertenece a 1842. Él pertenece a cualquier época en la que alguien descubra que puede enriquecerse gracias a una persona que existe en los documentos, aunque haya desaparecido de la realidad. Entonces, finalmente, comprendemos la ironía del título. Los muertos nunca fueron quienes debían preocuparnos. Eran los vivos.
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