Las reflexiones de Eduardo León en “Él no es una causa; es una consecuencia” y de Mario Dávalos en “Un tranvía llamado Alofoke”, aunque parten de ángulos distintos, coinciden en una idea central de mi artículo, “¿Podemos cambiar la política sin cambiar nosotros?”: Santiago Matías (Alofoke) no puede analizarse como un fenómeno aislado ni como la causa principal de nuestra crisis política, sino como una consecuencia de ella.
León aborda el fenómeno desde una dimensión social y ética. Reconoce en Alofoke una trayectoria de superación, visión comercial y capacidad para convertir oportunidades en éxito empresarial. Pero advierte sobre la confusión entre dinero y sabiduría, popularidad y liderazgo, rentabilidad y ejemplaridad. Su reflexión nos obliga a preguntarnos por los valores que una sociedad premia y por qué amplios sectores pueden convertir el éxito visible en credencial suficiente para ejercer autoridad.
Dávalos lleva el análisis al terreno político. Alofoke sería la expresión de un malestar alimentado por la desigualdad, el resentimiento social, la desconexión de las élites y la pérdida de legitimidad de los partidos. Su comparación con Trump puede parecer prematura, pero resulta útil para advertir sobre ciertos métodos: transgresión permanente, confrontación, simplificación de los problemas, omnipresencia mediática y movilización emocional. Su señal de alarma merece atención: subestimar este fenómeno sería tan equivocado como asumir que la estabilidad política dominicana está garantizada para siempre.
Mi reflexión procura complementar ambas perspectivas introduciendo la responsabilidad compartida. El fenómeno no habla únicamente de Santiago Matías, de los partidos o de las élites; también habla de nosotros. Durante demasiado tiempo, muchos ciudadanos han elegido la alternativa considerada menos mala y el voto ha dejado de expresar esperanza para convertirse en un mecanismo de defensa. Ese desencanto puede transformarse en rechazo, indignación o deseo de ruptura. Pero ser nuevo no significa estar preparado; criticar no equivale a gobernar, ni representar el descontento sustituye un programa y una visión de país.
Andrés A. Aybar Báez, en “Alofoke: ¿un caballo de Troya en la política dominicana?”, agrega una posibilidad que tampoco debemos ignorar: aun sin ser una candidatura creada para beneficiar a alguien, su participación podría alterar el equilibrio electoral de 2028, dependiendo de dónde procedan sus votos y cuál bloque resulte afectado. Es una interrogante pertinente, aunque todavía prematura frente al fenómeno social y político de fondo.
León, Dávalos y quien escribe coinciden en una misma advertencia: Alofoke no debe ser demonizado ni consagrado, sino comprendido críticamente. Su irrupción puede cambiar el tablero electoral, pero no garantiza un cambio en la cultura política. Para lograrlo no basta con sustituir a quienes gobiernan: deben transformarse los partidos, las élites, las instituciones y también los criterios con los cuales la ciudadanía elige, premia y legitima a sus dirigentes.
El mismo modelo que describe Dávalos puede invertirse, método por método, en lugar de repetirse. Frente a la transgresión permanente, coherencia con un programa que no cambia según la audiencia. Frente a la confrontación como estrategia, un discurso que sume en lugar de fragmentar, sin renunciar al debate duro cuando haga falta. Frente a la simplificación que distorsiona, claridad real sobre problemas complejos, sin mentir para ganar aplausos. Frente a la omnipresencia mediática construida sobre espectáculo, la misma creatividad mediática del siglo XXI (formatos ágiles, narrativa directa, producción cuidada, uso inteligente de cada plataforma) puesta al servicio de la buena política y no del entretenimiento vacío. Y frente a la movilización emocional que exprime el resentimiento, una que convoque esperanza y propósito compartido. No se trata de imitar a los medios tradicionales ni de pedir permiso a un partido: la misma creatividad que hizo posible a Alofoke está disponible para cualquier liderazgo dispuesto a llenarla de sustancia, no de corrosión ni de simplismo tóxico.
Como observa Carlos Boagaert, ser disruptivo en las herramientas no equivale a ser revolucionario en la finalidad del poder. Alofoke ha ampliado las formas de construir identidad, legitimidad y simpatía, pero hasta ahora no ha demostrado una manera distinta de concebir para qué y cómo se ejerce el poder. En un sistema que durante décadas convirtió militantes en clientes, la popularidad puede transformarse en capital político sin necesidad de un programa y terminar reproduciendo el mismo clientelismo: las mismas ‘boronas’, ahora comunicadas con mayor eficacia. Precisamente por eso, para quienes aspiran a renovar la política, la enseñanza no consiste en copiar ese modelo, sino en aprovechar sus herramientas para construir una alternativa con contenido y ciudadanía.
Tampoco hace falta esperar a ocupar posiciones de poder para comenzar a construir una base social. Desde los barrios se puede escuchar, acompañar y movilizar a la gente alrededor de soluciones concretas, utilizando creativamente las plataformas digitales para dar visibilidad a sus necesidades, sumar voluntades y atraer apoyo. La misma capacidad de convocatoria que hoy alimenta el espectáculo podría emplearse para recuperar una cancha, iluminar espacios comunitarios inseguros, organizar tutorías o conectar jóvenes con oportunidades de capacitación y empleo, mostrando con transparencia el proceso y los resultados. No se trataría de sustituir al Estado, sino de demostrar con pequeñas acciones que otra forma de comunicar y hacer política es posible.
Nuestro país cuenta con una extraordinaria reserva de talento dispuesta a contribuir a un proyecto nacional que convierta el crecimiento en bienestar, la participación en ciudadanía y el poder en servicio. Pero para lograrlo, ese talento no puede permanecer indiferente ni limitarse a observar y criticar desde fuera.
Ese liderazgo no aparecerá por sí solo: debe decidirse a participar y nosotros debemos impulsarlo, respaldarlo y exigirle estar a la altura. Las herramientas y los recursos están disponibles; lo que falta es la voluntad de utilizarlos para construir una política diferente. El cambio empieza por dejar de esperar.
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