Tengo una rodilla que lleva tiempo llamándome la atención. Sé que debo ir a revisármela. Sé también que seguir posponiéndolo puede convertir un problema manejable en uno mucho mayor. Sin embargo, al pensar en concertar la cita médica, lo primero que me preocupa es el trabajo. ¿Cuánto tiempo tendré que faltar? ¿Podré regresar ese mismo día? ¿Y si tengo que ausentarme más de una vez?
Lo curioso es que el razonamiento contiene su propia contradicción. Si no me ocupo de la rodilla ahora, porque no quiero faltar al trabajo, podría terminar empeorándola hasta obligarme a faltar durante mucho más tiempo; y, como si aquello no fuera lo suficientemente absurdo, también me he descubierto pensando que necesito terminar una novela coreana que estoy leyendo.
Cuando lo pensé detenidamente, tuve que reírme. Gregor Samsa probablemente me habría entendido perfectamente. En La metamorfosis, Franz Kafka construye una de las situaciones más extraordinarias de la literatura. Gregor despierta una mañana y descubre que se ha transformado en una criatura monstruosa. Uno imaginaría que su primera reacción sería el terror. ¿Qué me ha sucedido? ¿Qué soy? ¿Voy a morir? ¿Existe alguna manera de volver a ser quien era?
Sin embargo, esas no son sus principales preocupaciones. Gregor piensa en el tren, en su jefe, en su horario y en que llegará tarde al trabajo. Un hombre acaba de sufrir una transformación inexplicable y, antes de preocuparse por sí mismo, se preocupa por incumplir sus obligaciones. Ahí está el absurdo de Kafka, y, para mi sorpresa, ahí estaba yo también.
Obvio que una rodilla adolorida no puede compararse con la tragedia de Gregor Samsa, pero detrás de ambas situaciones existe un mecanismo inquietantemente familiar: algo sucede con nuestro cuerpo y, en lugar de preguntarnos primero qué necesitamos, comenzamos a calcular cómo aquello afectará todo lo que se espera de nosotros.
Nos han enseñado que ser responsables significa presentarnos, cumplir, producir, resolver y no dejar pendientes, y que todo eso tiene valor. El problema comienza cuando olvidamos incluirnos entre nuestras responsabilidades, porque existe una paradoja que rara vez reconocemos: podemos ser tan responsables con todo el mundo que terminemos siendo profundamente irresponsables con nosotros mismos.
Vamos a trabajar enfermos; posponemos una consulta médica; dormimos menos para terminar una tarea; ignoramos el cansancio porque todavía queda algo pendiente. Nos convencemos de que podemos aguantar un poco más. Después, siempre después. Después, descanso; después, hago la cita; después, me ocupo de mí. Sin embargo, el cuerpo no necesariamente conoce nuestros calendarios.
Tal vez esa sea una de las razones por las que Gregor Samsa resulta tan extrañamente reconocible más de un siglo después. Kafka llevó la situación hasta el absurdo para mostrarnos una conducta que, en una escala mucho menor, hemos aprendido a considerar completamente normal. Gregor no piensa primero en sí mismo. Piensa en lo que Gregor tiene que hacer y esa diferencia es enorme.
Poco a poco podemos comenzar a confundir nuestra identidad con nuestras funciones: la que trabaja, la que estudia, la que cuida, la que resuelve, la que responde y la que siempre puede hacer una cosa más, hasta que llega un momento en que resulta difícil recordar quién existe debajo de todas esas obligaciones.
Pero Kafka lleva la pregunta aún más lejos. Gregor no solamente trabaja. Su salario sostiene económicamente a su familia. Ser útil no es simplemente algo que hace; se ha convertido en una parte fundamental de su lugar en ella. Cuando deja de producir, también cambia la manera en que los demás lo perciben.
Entonces, La metamorfosis deja de ser solamente la historia fantástica de un hombre convertido en una criatura monstruosa. Se convierte en una pregunta profundamente humana: ¿Qué queda de nuestro valor cuando dejamos de ser útiles para los demás? Vivimos en una sociedad extraordinariamente interesada en saber qué hacemos. ¿En qué trabajas? ¿Qué estudiaste? ¿Qué has conseguido? ¿Qué estás haciendo ahora? ¿Qué viene después?
Medimos vidas por puestos, títulos, productividad, responsabilidades y logros. Incluso nosotros mismos podemos terminar por utilizar esos parámetros para medir nuestro propio valor, pero hay una pregunta mucho más sencilla que hacemos con menor frecuencia: ¿Cómo estoy? Entonces quizá la dificultad no consista solo en formularla, sino en detenernos lo suficiente para escuchar la respuesta.
Mi rodilla, evidentemente, no ha leído a Kafka, pero lleva algún tiempo intentando explicarme algo que Gregor Samsa descubrió demasiado tarde: nuestro cuerpo no existe para transportar nuestras obligaciones de un lugar a otro. También nosotros somos una responsabilidad.
Cuidarnos no significa abandonar nuestros deberes. En ocasiones, constituye precisamente la manera más sensata de seguir cumpliéndolos. Ir al médico puede significar faltar unas horas al trabajo, pero no ir puede significar terminar faltando semanas. Descansar hoy puede permitirnos continuar mañana. Detenerse hoy no siempre significa rendirnos, pues a veces significa evitar rompernos.
Por eso, es posible que La metamorfosis continúe hablando con tanta fuerza a generaciones que viven pendientes de calendarios, notificaciones, responsabilidades y listas interminables de cosas por hacer, porque detrás de su criatura imposible Kafka escondió algo dolorosamente cotidiano: la facilidad con la que un ser humano puede acostumbrarse a colocarse al final de su propia lista.
Tal vez la verdadera metamorfosis no comience cuando Gregor Samsa despierta convertido en algo que ya no reconoce, sino que pudo haber comenzado mucho antes, cuando aprendió a pensar primero en todo aquello que debía hacer y, solamente después, en sí mismo.
Entonces, esta vez intentaré aprender algo sobre Gregor. Haré la cita, revisaré la rodilla, y sí, también terminaré la novela coreana. De todos modos, he decidido cambiar el orden de prioridades porque Gregor Samsa ya hizo lo suficiente por ambos.
“Metamorfosis”, de Franz Kafka, está disponible en español en Amazon.
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